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miércoles, 29 de abril de 2015

El bosque de luto. Críticas y Comentario.






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Ficha técnica:

Título original:  Mogari no mori.
País: Francia/Japón.
Año: 2007.
Duración: 110 minutos.

Dirección: Naomi Kawase.
Guión: Naomi Kawase.
Dirección de Fotografía: Hideyo Nakano.
Música: Masamichi Shigeno.
Edición: Yuji Oshice, Tina Baz.
Dirección artística: Toshihiro Isomi.

Productor : Naomi Kawase.
Productor ejecutivo Hengameh Panahi.
Productor asociado: Christian Baute, Syunji Dodo.
Compañías: Vértigo.DeAPlaneta Home Entertainment.

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Intérpretes:

Shigeki Uda: Shigeki,
Machiko Ono: Machico,
Makiko Watanase: Wakako,
Kanako Masuda: Mako,
Yoichiro Saito: marido de Machico.

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Sinopsis:

Shigeki vive en una pequeña residencia de jubilados. Se siente cómodo y feliz con los otros residentes y sus cuidadores. Machiko, una de las empleadas, le presta una atención muy especial. Tras el cumpleaños del anciano, la joven decide regalarle un paseo .

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Críticas:


Naomi Kawase, (Nar, Japón 1969) realiza un tipo de cine de carácter documental, y entre sus filmes destacan dos, que apuntan en la dirección de la ausencia de una figura paterna, ya que su padre la abandonó cuando era niña, y el amor a la abuela que la acogió. Marcada por esta carencia dedicó Embracing a su padre, y Katatsumori a la mujer que hizo de madre. Nos interesa esta cineasta para profundizar en el conocimiento de la sensibilidad femenina ante fenómenos de marginación y desempoderamiento de grupos humanos, ya sea por factores económicos, estéticos o de edad. "El bosque del luto" a la que en principio se llamó Mogari, periodo o lugar dedicado al luto por un ser querido, es el filme elegido con esta finalidad.

La historia se ubica en la región de Sawara, próxima a Nara, ciudad natal de Naomi, en una agradable residencia de ancianos. Shigeki vive perfectamente integrado y muy bien cuidado, hasta el momento en que, transcurridos ya treinta y tres años tras la muerte de su mujer, debe ya poner fin a su luto. Machiko, una joven que arrastra también la pena de haber perdido trágicamente a su hijo, decide realizar una excursión con el anciano por el campo, pero una avería en el coche le hará vivir profundas experiencias vitales: el agua del río nunca retorna a su fuente; la moviola es inaplicable a la vida. Lo primero que nos atrapa son esos planos generales, filmados con cámara fija y suave e imperceptible travelling, que captan impactantes paisajes de un verde brillante, soberbios. inmensos, en los que la presencia del hombre es apenas una linea imperceptible, que desparece tras setos delicadamente trabajados que atraviesan ligeras colinas onduladas e invitan a la serenidad y la reflexión.

La naturaleza salvaje puede ser domeñada por un trabajo del hombre incesante, delicado, de jardinería, prácticamente inagotable, obra inmensa hecha sin prisa, en un tiempo que ya no cuenta. En el bosque sin cultivar el tratamiento técnico cambia, predomina la cámara al hombro que genera un ambiente más propicio a la intriga y el sobresalto. El cuidado y la calidez humana se combinan con la maestría y dominio de la técnica cinematográfica de esta mujer para construir una de las metáforas más hermosas que podemos ver en la pantalla, y una tremenda lección para los altivos y los soberbios. Doris Dorrie ya nos dio una muestra del interés de las mujeres cineastas por el edadismo en Cerezos en flor trasladándose a Japón para reconciliar a un hombre consigo mismo tras la muerte de su mujer; ahora, una japonesa en su propio territorio nos cuenta una historia de hombres y mujeres que encierran en sus cuerpos envejecidos sus deseos y tribulaciones humanas, frente al desprecio de que son objeto en demasiadas ocasiones en nuestro mundo occidental,víctimas de todo tipo de olvidos y desprecios en los medios privados y públicos.

Almodovar en Mujeres al borde de un ataque de nervios coloca a su madre como presentadora de un telediario,en una imagen subliminal y provocadora. El recurso a tanto precedente cinematográfico, prueba el esfuerzo de muchos cineastas, hombres y mujeres, por cultivar el amor y respeto a los demás, libres de prejuicios. Shigeki busca desesperadamente la tumba de su mujer y cuando la encuentra saca el cargamento de su mochila, compuesto de diarios y una cajita de música. Excarva en el suelo, y, acurrucado en la improvisada tumba, muere. Es perturbador el calor humano que Machiko desprende, cuando ve a Shigeki, aterido de frío, casi inane. Se desprende de la ropa y le calienta con su propio cuerpo, le reconforta con ese roce de su piel joven contra la de él, calor del que están privados los ancianos. Al principio Shigeki se pregunta cómo sabe que está vivo; un plano de Machiko nos la muestra inmersa en la misma reflexión, incapaz de abrirse a los demás. Alfa y Omega de la vida unidos por la misma tragedia íntima.

Una voz en off recita un epílogo: Mogari es el periodo dedicado al luto, recordando a los seres queridos. También es el sitio sagrado para llorar su muerte. Según dice la etimología de la palabra moagari es el final del luto". Cuando se proyectó este film a los jóvenes, lo presentamos con esta leyenda: "En nuestro IES hemos dedicado algunas jornadas a la reflexión sobre el trato que nuestros alumnos dan a sus mayores y hemos procurado inculcarles el amor por ellos, arrancarles el miedo a la vejez, a las arrugas, a la dificultad del movimiento. Todo llega, pero a su tiempo; como dice otro personaje femenino, Wakako, no hay reglas formales, todo se arregla con el tiempo. Nosotras añadimos, todo se arregla con educación. Exquisita. como lo que propone Naomi Kawase.




 

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