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miércoles, 24 de junio de 2015

Requisitos para ser una persona normal






Ficha técnica, sinopsis, críticas (Pinchad aquí)

Comentario


Hay una palabra que define el sentimiento que nos ha provocado la opera prima de Leticia Dolera: decepción. Nos gusta mucho Leticia como actriz y nos alegra comprobar que su imagen en REc 3 (Paco Plaza, 2012) con elegante traje de Rosa Clará, que ella misma se encarga de recortar de la forma más brusca con la sierra mecánica de la que se sirve para descuartizar zombies, ha cruzado el Atlántico y ha ocupado un lugar en el imaginario de los aficionados al cine de terror gamberro, que caracteriza el film del valenciano. Para su opera prima opta por el género indie, con el objetivo de denunciar la triste situación por la que están pasando los treintañeros españoles, cargados de premios, títulos universitarios y masters, que no pueden permitirse el lujo de disfrutar de una casa propia, porque les falta lo fundamental: un salario con el que hacer frente a su alquiler, lo que les obliga a volver al hogar familiar, para disfrutar de una habitación cómoda, comida caliente y asistencia sanitaria, pero carecen de hobbies, amigos, pareja y como consecuencia no se sienten felices. O al menos eso dice María de las Montañas y Borja, porque tristes, tristes, no se les ve, siempre pegados a sus libros de auto-ayuda, auto-engañándose.

Pero para expresar esta situación tan delicada no recurre al realismo mágico, ni al universo fantástico, ni tan siquiera al extrañamiento que provoca una distancia entre el espectador y el que narra, propia de directores como Jean-Pierre Jeunet o Wes Anderson, sino que como afirma José Manuel Cuellar" todo lo fía al cariño y a la dulzura con la que ha rodado un filme que está muy dentro del cine indie norteamericano, el puro, el auténtico, no el que luego se ha ido enfangando de engreída pedantería y pseudointelectualidad." (Crítica de «Requisitos para se una persona normal: Entrañable ejercicio de cariño con trozos de dulzura. Diario ABC). No cabe duda de que este crítico ha realizado la lectura que más se aproxima al auténtico background del film, que bajo una capa superficial de feel good movie, amable, simpática, insustancial y frívola nos muestra a unos treintañeros que no parecen sufrir demasiado con su situación, que siempre encuentran la forma de salir bien parados porque tienen recursos para ello, que saben sacar partido de la peor coyuntura, vestidos, si es necesario de galleta para hacer publicidad de un modesto comercio, sin que parezcan sufrir el más mínimo arañazo en el trayecto hacia un desenlace romántico, que ha ido dejando en el camino a hipsters guaperas, con pantalones que dejan ver gran parte del pie, hasta el tobillo, sin calcetines, chaquetas con mangas remangadas (valga la redundancia) y camisetas cool. Gran parte de la historia se ubica en una tienda de Ikea, en la que trabajan Borja y el hermano de María de las montañas, un joven con el síndrome de Down, que se enamora y publica a los cuatro vientos sus sentimientos y su orientación homosexual, con tal inocencia que podría provocar vergüenza del hombre y la mujer normales en cuyo equipo quiere entrar la hermana, y al que se siente orgulloso de no pertenecer el joven. Pero a la vez el chico ejerce un férreo control de los posibles amantes de su hermana y no se priva de intervenciones desabridas orientadas a espantarlos. Sólo su compañero de trabajo, Borja, goza de sus simpatías.Maniqueísmo sin tapujos.

La historia de la katana y la mutilación de un compañero de Instituto por parte de María de las Montañas es un excusa naïf para dificultar la integración de la treintañera en el grupo de sus iguales, que han conseguido un estatus y cumplen las siete condiciones que ella se marca para ser normal. La inundación de la pantalla con letreros que cumplen funciones diferentes evoca películas de Jason Reitman como Hombres, mujeres y niños (2014), Bienvenidos a Zombieland de Ruben Fleisher (2009) y otras mucho más incisivas que el cine indie en el que decide militar, al menos en esta película Leticia Dolera, muy lejos de la mirada incisiva e irónica de Wes Andersom o  Jean Pierre Jeuntet, mucho más agresivos, no sólo en lo que se entiende generalmente por guión, sino en la forma, la fotografía, la saturación del color, en ocasiones burlona y muy crítica con la sociedad de la que forman parte estos autores, de la que dan un visión demoledora a la vez que condescendiente, en cierta medida, porque es la suya, la que vivieron en su infancia, en la que recibieron una formación afrancesada, cuando el idioma de la ciencia y la tecnología estaba a punto de dar la batalla decisiva a la lengua del ancien regime, que todavía algunos recuerdan con nostalgia. Recordemos los discos de Francoiçe Hardy que se llevaba en su escapada la protagonista de Monrise Kingdom, que tiene una réplica mucho menos sensible y emotiva en el refugio que busca la madre de la protagonista en el garage de su casa para recordar a su marido, al que añora, a pesar de que la maltrataba físicamente,y al que evoca escuchando una antigua cinta de cassette de música francesa, que incluye fragmentos de las voces de sus hijos pequeños.


El minimalismo de la decoración del set, el color pálido de su fotografía y la música machacona y monótona de una mujer que interpreta una canción indie de letra religiosa, apoyada en una guitarra acústica, y en los momentos de mayor emoción en algún otro instrumento, no sólo te saca de tus casillas, sino que ofrece al espectador un lugar privilegiado para, desde su butaca, observar cómo se comportan los chicos y chicas educados en colegios privados, al parecer católicos.¿Es esta el indie auténtico y puro de que habla José Manuel Cuéllar, y no el enfangado de engreída pedantería y pseudointelectualidad. Claro que estos calificativos nos ayudan poco a distinguir unas películas de otras, las puras de las enfangados, ya que, a nosotros, nos parecen todas iguales. Se puede decir, sin embargo, que a pesar de que el género indie nos parece soso y sin sustancia, Leticia Dolera homologa su cine al que se hace en otros lares, incluida la meca del cine, y se aparta del cine casposo y costumbrista que se hace en nuestro país.


 

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