Páginas vistas en total

martes, 16 de junio de 2015

Whiplash




::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::


Ficha técnica, sinopsis, crítica (Picha aquí)

Comentario:

Da la impresión de que 'Whiplash' ha sido la película peor interpretada de la historia del cine que no distingue entre leer música y hacer música, entre tener feeling o acertar en el tempo que te marca quien considera a cada instrumentista una pieza de un conjunto; sólo en la última secuencia, cuando el joven protagonista, Andrew, interpretado por Milles Teller,  se deja arrastrar por sus sentimientos se convierte en un músico de verdad, al que no le hace falta la escritura para dar una muestra de genialidad ante la mirada complacida del profesor-ogro, un tal Fletcher (J.K.Simmons), interpretado por J.K.Simmons, y es el ritmo que marca su batería el que de verdad dirige la banda, sin necesidad de la mirada vigilante del director. Y es que, por mucho que el director del film, Damien Chazelle intente hacer patente en el making of  sus conocimientos técnicos sobre la materia, y hable de agarre con la mano izquierda o agarre conjunto de las baquetas (sólo hay que ver a la baterista de White Stripes, Mega White, tocar con una sola mano para entender de qué va la cosa), no es precisamente arte lo que transmite su película, en la que vemos a un músico negro con rastas tocando con dos palos y tres cubos de plástico marcando el ritmo y los tiempos como pocos de los que vemos encima de un escenario. 

La cuestión es muy otra: la validez del sistema de aprendizaje conductista, muy apreciada por la buuguesía y la clase empresarial, que se refleja en los hipervalorados informes PISA, y que tiene una traducción en el lenguaje popular: "La letra con sangre entra." Y aquí es tanta la sangre que vemos en ejercicios excesivos, accidentes automovilísticos para llegar pronto a una cita con el maestro, porque uno se ha olvidado cualquier cosa, e incluso suicidios, que es obvio que el producto de este tipo de enseñanza, cuyo recurso fundamental es la disciplina, son seres sumisos o tan rabiosos que apenas se puede hablar de arte en el sentido renacentista, sino en el clásico, el del oficio en el que uno se ejercita hasta lograr buenos productos, sin discordancias, ni imperfecciones. Esta formación es muy discutible, y, cualquiera que haya tenido a un músico a dos metros de distancia habrá entendido que la búsqueda de la perfección (se logre o no) y la inseguridad que la acompaña o nace del propio artista o no se puede insuflar desde el exterior.

En el afán de conectar con una cultura superior, desde parámetros demasiado burgueses, las cámaras se detienen por unos instantes, como sin darle importancia, ante un cine en el que se proyecta Rififi, una película de Jules Dasin, un cineasta acusado de comunista por el Comite de Actividades Antiamericanas, durante el maccarthismo, denunciado por Arthur Miller. Un guiño a los intelectuales de la Costa Este de Estados Unidos. Este es el tono que intentan mantener quienes creen que pagando los mejores colegios, en los que profesores con autoridad se impondrán a sus hijos, todos acabarán siendo Charly Parker, quien estuvo a punto de morir decapitado cuando su baterista Jo Jones le lanzó un platillo a causa de la deficiencia de su actuación, lo que lo obligó a cambiar de actitud y tomarse su trabajo en serio. Luego se frustran cuando sus hijos no sólo no son 'cutres' como,- según ellos-, Jimmy Hendrix (espero que se entienda bien la ironía), sino que se quedan en simples Justin Bieber.

Damien Chazelle hace un film en cierta medida autobiográfico, en el que  su padre, como el del protagonista,  es profesor, y tuvo un  maestro de música similar a Fletcher, cuando era baterista de la banda de Jazz de su colegio, -Princenton High School Secundaria -, aunque reconoce que él no tenía aptitudes para dedicarse a la música. Hasta qué punto imponen sus gustos las clases dominantes, blancas en Estados Unidos, lo demuestra el hecho de que el jazz, una de sus mayores aportaciones al arte occidental, basado en la improvisación, acaba pegado férreamente a la partitura y el tempo lo marca el gusto del director, nunca el feeling del artista, una pieza más de la maquinaria. Un buen ejemplo de este tipo de doma lo constituye la película en torno al roquero Nick Cave '20,000 días en la Tierra', (Iain Forsyth & Jane Pollard, 2014).

En el film de Chazelle la protagonista es la bateria, tomada desde todos los ángulos posibles, golpeada, maltratada, receptora del sudor y la sangra de quien la manipula, rota, llena de cicatrices y parches, idealizada con filtros de intenso color verde y amarilla, situada al fondo de una zona de locales de ensayo de la escuela, justo en el del final del pasillo al que mira de frente, y permite que un travelling se le acerque para que el espectador observe como la maltrata la rabia del ejecutante. El verdadero amor del músico, que está dispuesto a darlo todo, incluso la vida, por ella. La pasión de Chazelle, que la abandonó cuando entendió que no era digno de ella. Fuera de esta relación entre el hombre y el instrumento, quedan algunos ligeros contactos con un padre preocupado por su hijo y una breve atracción femenina, que no pasa de un escarceo, porque la chica no tiene nada que hacer con semejante rival.

Un film hipervalorado por una sociedad que se va haciendo antigua, que se parece cada vez más a la europea, que se  arrodilla ante los monstruitos como Shane Carruth y sus premiadas 'Upstream color' y 'Primer', que han generado comentarios que dan vergüenza ajena, aunque tenga que importar los actores, salvando honrosísimas excepciones, de países que cuidan su cantera, como Australia. El director pone su firma orgullosa en la película gritando, con su propia voz, ¡Tanner! Es su cameo, del que se siente muy satisfecho. A mí no me ha dolido, sencillamente me ha disgustado esta loa a la enseñanza conductiva, que tanto conmocionó en otro tiempo a la sociedad con la historia de Hellen Keller y Ana Sullivan  (El milagro de Anna Sullivan, Arthur Penn, 1962). Pero eso fueron cosas del siglo pasado, que hoy  recuerdan con nostalgia unos pocos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario