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miércoles, 15 de julio de 2015

La vida de Pi. Comentario




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Comentario:

Estos días se incluye en las programaciones de cadenas televisivas generalistas la espectacular película de Ang Lee, que en el triple salto mortal que supone su paso a la pequeña pantalla doméstica, pierde gran parte de la espectacularidad que acompaña la odisea que contempla esta gran metáfora, en la que un adolescente debe abordar, solo, un naufragio de larga duración y poner en juego toda su capacidad de imaginar y fabular, apelando a la auténtica esencia del cine en cualquiera de las manifestaciones de esa gran 'aldea global' que describió por primera vez Marshall McLuhan. Una primera aproximación que demuestra que el film es bastante más complejo de lo que puede parecer a simple vista.

Ang Lee, un realizador esteticista y posmoderno, muy bien valorado por la prensa especializada, construye un discurso en el que, sea lo que sea lo que se adueña de la barca,- un cocinero, que como el padre se erige en representante de la sociedad patriarcal,  o un tigre de Bengala, igual de dañino-, es decir un hombre o una fiera salvaje, o un hombre y una fiera salvaje a la vez,  consigue arrojar a la marginación y la exclusión a un individuo que se llama Pi, un número irracional, una de las constantes que se dan en el universo de las matemáticas y que ahora Lee traslada a la condición humana con una intención claramente metafórica. Domina el mundo 'el que puede', desempoderando a los demás.

Poco a poco veremos como Pi va mejorando su primitiva y depauperada y precaria plataforma que se mantiene a flote arrastrada por la barcaza de salvamento del buque hundido, provista de todo lo necesario para sobrevivir a un naufragio. Las relaciones entre el 'amo del castillo' y el fiel servidor que lo alimenta y lo mantiene con vida, son tan frágiles e inestables como la superficie sobre la que sobrevive Pi, que se siente profundamente herido cuando, tras llegar a la costa y poner el pie en un territorio estable, el tigre se adentra en la selva sin 'otorgar' al joven una pequeña mirada de agradecimiento, tras haberlo arrastrado días y días en su cómodo habitáculo, protegido del sol por una lona que cubre la mitad de la barca, comiendo y bebiendo sin otra preocupación que amedrantarlo de vez en cuando para que siga cumpliendo su función servil. Obligación que Pi vive como un entretenimiento que lo mantiene con vida.

Así pues, con mayor o menor fortuna, según el criterio de quien mira, Ang Lee construye un bello cuento en torno a las relaciones paterno-filiales, en cuyo seno Pi aprendió, siendo muy niño, a desconfiar de todo y de todos; la jerarquía establecida en la sociedad patriarcal, no sólo del hombre blanco sino de cualquier otro procedente de cualquier lugar del globo en el que la población este organizada de la misma manera, o sobre la propia esencia del cine, que nos puede hacer creer que una historia así es posible, que un tigre hambriento y un adolescente puedan convivir, más o menos cerca mediante el uso de inteligentes estrategias por parte del más débil; que pueden llover peces o que hay islas carnívoras, que atraen a sus víctimas por medio de su belleza y las devoran por las noches, un triste matiz de influencia huxleyana, que aparta a los desfavorecidos de las cosas bellas que le oferta la naturaleza o su propia productividad. Un argumento difícil de digerir por una sociedad adulta, que necesita su traslación a términos más comprensibles que deriven en la máxima clásica de que homo homini lupus est (el hombre es un lobo para el hombre).


Una buena ocasión para sentarse delante del televisor y disfrutar de un film de aventuras, fantástico, si se perdió la ocasión, por cualquier circunstancia, de verlo en el cine o, en una segunda fase de comercialización, en el DVD o Blu-ray.




 

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