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domingo, 9 de agosto de 2015

Giulietta de los espíritus.



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Ficha técnica:

Título original: Giulietta Degli Spiriti.
País: Italia.
Año: 1965.
Duración: 135 minutos.


Guión y dirección: Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano, Brunello Rondi, basado en un argumento de Federico Fellini y Tullio Pinelli.
Director de Fotografía: Giani Di Venanzo, a.i.c.
Música: Nino Rota. Música directa de Carlo Savina, voz de Wanani.
Montaje: Ruggero Mastroianni.
Organización general: Clemente Fracassi,
Puesta en escena y vestidos: Piero Gherardi.
Decoración: Vito Anzalone

Diseño de Vestuario y tapicería: Bri-Nylon.
Puesta en escena y vestidos: Piero Gherardi.
Maquillaje: Otello Fava, Eligio Trani.
Peluquería: Renata Magnanti, Marisa Fraticelli.

Productor: Angelo Rizzoli.
Director de Producción: Alessandro Von Normann; organización: Mario Basili.
Fil realizado en  el 'Palatino' y Cineccità. Sonorización: Cinefonico Palatino.
Compañías. Productoras: Rizzoli Film (Roma) y Francoriz Production (París), A Contracorriente Films, The Mediaset Collection, 'Cinema Forever', en colaboración con la Scuola Nazionale Di Cinema, Centro Sperimentale di Cinematografia, restauración efectuada por Augustus Color y Videorecording, y el asesoramiento técnico de Manrico Masini. Distribución: Cineriz.

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Intérpretes:

Giulietta Masina
Sandra Milo: Lusy, Tris, Fanny,
Silvia Koscina,
Mario Pisu,
Valentina Cortese
Valeska Gert,
José De Villalonga
Frederich Ledebur,
Caterina Boratto
Lou Gilbert
Luisa DellaNoce
na Vucotic
Dany Parys
Silvana Jachino
Fred Williams
Anne Francine

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Sinopsis:

Giulietta, que duda de la fidelidad y del amor de su marido, acude a reuniones espiritistas buscando un consejo, una verdad, una señal que le haga ver que su marido aún siente cariño por ella y que puede recuperarlo. Por casualidad, conoce a Susy, perniciosa mujer que sólo vive para el amor y que está a punto de dar al traste con las ilusiones de Giulietta. (Filmaffinity).

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Premios 

1966: 2 nominaciones al Oscar: Mejor dirección artística color, vestuario color
1965: Globos de oro: Mejor película de habla no inglesa
1965: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película extranjera
1965: Premios David di Donatello: Mejor actriz (Giulietta Masina)


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Comentario:

En febrero de 1983, Diego Galán escribía para el diario 'El País', con ocasión de la incorporación de esta película a la programación de la televisión, un extenso comentario que introducía con la postura que habían mantenido los críticos españoles cuando se estrenó el film en nuestro país, en la década de los 60, intentando situar al lector, veinte años después, en el contexto en que se produjeron el estreno y las reacciones a esta cinta, que Fellini realizó en homenaje a su mujer Giulietta Massina: "No tuvo buen éxito de crítica cuando en 1967 se estrenó en España Julieta de los espíritus: la mayor parte de los críticos independientes (en aquella época se definía así a quienes no alternaban la crítica con la censura ni realizaban trabajos remunerados para distribuidoras) pensaron que esta película de Federico Fellini era una mala copia de su obra anterior 8 y medio, donde ya había descubierto ese fascinante mundo de imágenes que constituye desde entonces el toque del autor. En la revista Nuestro Cine se decía, por ejemplo, que "la estructura narrativa del filme es un recurso que no corresponde a una profundización en el personaje principal y por ello se transforma en una investigación estética de dudoso alcance". Ricardo Muñóz Suay, por su parte, consideraba que Julieta de los espíritus "se diluye en un esfuerzo psicoanalítíco de excesivo significado moralizante"...('Giulietta de los espíritus', una película fascinante. Diario 'El País' , 8 de febrero de 1983).

Casi treinta y dos años después de que Diego Galán escribiera este artículo, 'Giulietta de los espíritus' vuelve a las televisiones; en concreto la recupera TCM durante estos días. Muchas cosas han cambiado en este tiempo y hasta es posible que much@s hayan olvidado la existencia de los monstruos y demonios, fomentados por una enseñanza religiosa más propia de otros tiempos, la única que adquirían las chicas que recibían una educación suficiente para formar un hogar y satisfacer al marido, y que las acompañaba durante toda su vida. En algunos casos, como el de Laura, la amiga de Giulietta, las llevaban a buscar refugio en las tranquilas aguas de un río, en el que descansaban como la Ofelia de Millais. Pocas veces están tan justificadas las cabalgatas oníricas, unas veces brillantes, otras fúnebres, de seres fantasmagóricos a veces inexpresivos, a veces histriónicos, y casi siempre llamativas y espectaculares, que pueblan el universo cinematográfico de Fellini, un realizador de imaginación portentosa que hizo de sí mismo y de su obra un producto único y original, en el sentido más literal del término, que impide al espectador desviar la vista de la pantalla para no perderse las imágenes que fluyen de su poderío creativo. Ahora el arte pop invade hasta el último rincón del encuadre; lo vemos en las casas, las paredes, los jardines, los sombreros, los ropajes, el maquillaje o las pelucas. Observamos, desde nuestra atalaya privilegiada, por primera vez, a Giulietta ante un espejo que no nos muestra su alter ego, sino sólo sus espaldas, su nuca, las diferentes pelucas de todos los colores que le colocan sus doncellas y su preparación insuficiente, hasta que se coloca el pendiente con el que había olvidado decorar una de sus orejas; se nos niega escudriñar algo más allá de su preparación física para su encuentro con el amado esposo. Una vez preparada para una cena de aniversario, con los ojos brillantes e ilusionados, el lugar del amado esposo lo van a ocupar sus habituales demonios, bajo la apariencia de mimos, que irrumpen en el comedor acompañando al marido que finge haber olvidado la efemérides.

Este es el contexto en el que la mujer descubre la mentira en la que vive, no solo por la infidelidad del hombre al que está unida y al que ama, que es grave para quien ha dedicado su vida exclusivamente a una sola persona, sino por su propia infidelidad a sí misma, por la represión, consciente o inconsciente de sus propios sueños, desperdiciando su vida deslumbrada por una quimera que han creado las monjas (imagen recurrente de las religiosas, sin rostro, convertidas en un símbolo de su castración) y la influencia materna, como le ocurre al toro en las corridas que encuentra la muerte siguiendo un trapo rojo, una metáfora taurina de su propia vida que le regala un apuesto caballero español, interpretado por José  Luís de Villalonga. Las mujeres de Fellini pertenecen a la clase alta, se mueven en medio de la exquisitez, el lujo, la ropa cara, rodeadas de sirvientas como las antiguas matronas romanas, pero acaban convirtiéndose en un objeto de decoración más de su casa, lo que las diferencia notablemente de la mamma italiana de De Sica, e incluso de realizadores modernos como Francis Ford Coppola, en cuya saga  'El Padrino' se convierten en esa matriarca a la que desde los magistrados más poderosos a los más influyentes políticos, pasando por trabajadores o estudiantes, rinden en Italia un tributo de respeto.

Esta función vacía de brillar en las fiestas, siempre acompañada de sus complejos, sus fantasmas, sus temores a ser feliz, contentándose con ser la sierva del señor, acompañará a Giulietta hasta que decida abrir los ojos y, perdida la inocencia, liberar a la niña maniatada que lleva dentro, mandar definitivamente al infierno a la madre que la educó para no ser feliz, olvidarse del marido que la mantiene e iniciar la vida, desprendiéndose incluso del abuelo a quién amó, que planea a su alrededor en una primitiva avioneta, sin posibilidad de descender al suelo y aterrizar, mientras ella no decida dejarlo ir. Una bellísima  alegoría de la auténtica liberación de una mujer, que, depende fundamentalmente de sí misma, de sus elecciones y prioridades, de su independencia y formación, aunque debe quedar bien claro que el arquetipo de Fellini no es el de la esposa y madre sin recursos que tantas veces interpretó Sofia Loren, la que vendía tabaco de contrabando y se arriesgaba a perder su libertad, lavaba o planchaba su ropa y la de las vecinas ricas y aguantaba a un marido borracho porque carecía de recursos para independizarse. Esta desigualdad entre féminas ha hecho que muchas estudiosas, especializadas en el constructo de género, como Laura Mulvey, hayan rechazado hace tiempo el uso del término genérico mujer y hayan pasado a hablar de mujeres. La liberación de Giulietta depende de ella misma, de su capacidad intelectual y moral para despojarse de todos los prejuicios con los que la cubrió su educación dentro y fuera del hogar y que pueblan sus pesadillas, más que del sometimiento obligado por la ausencia de recursos a un hombre, sea su esposo o no. Cuando entienda ésto, cuando se libere y deje marchar los recuerdos de su infancia, tendrá, al menos, más posibilidad de alcanzar la felicidad, a la que  teme, según le advierte más de una de sus visiones. Cuando se carece de los recursos de Giulietta y sólo se dispone de la frescura de la juventud, como ocurre con sus doncellas, hay que estar atentas y entender que sólo la formación continua y permanente las convertirá en mujeres libres e independientes. Son demasiado jóvenes para entenderlo, lo mismo que ocurre con las rivales de Giulietta, pero con el tiempo seguirán el mismo proceso, cuando ya no puedan competir con otras más jóvenes que ellas.




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