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viernes, 16 de octubre de 2015

El ojo del observador.( The Twilight Zone). Douglas Heyes.



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Ficha técnica:

Título original: Eye Of The Beholder,
País: Estados Unidos.
Año: 1960.

Dirección: Douglas Heyes.
Guión: Rod Serling.
Casting: Ethel Winant.
Dirección de Fotografía: George T.Clemens.
Música original: Bernard Hermann; tema musical: Marius Constant.
Montaje: Leon Barsha,
Sonido: Franklin Milton y Charles Scheid.
Dirección artística: George W.Davis y Phil Barber.
Decorados: Henry Grace y H.Web Arrowsmith.

Maquillaje: William Tuttle.

Productor: Buck Hougthton.
Productor ejecutivo: Rod Sterling.
Productor asocido: Del Reisman.
Dirección de producción: Ralph W.Nelson y Darrell Hallenbeck.
L'Atelier 13, Serie Vintage.


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Intérpretes:

Maxine Stuart: Janet Tyler con vendas,
Donna Douglas: Janet Tyler,
William D. Gordon: Médico,
Jennifer Howard: enfermera,
Edson Stroll: Walter Smith.

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Sinopsis:

Janet Tyler está postrada en una cama de hospital, todo su rostro cubierto de vendas. La incertidumbre y el miedo se apoderan de ella mientras espera el resultado de la última operación de cirugía estética a la que se ha sometido. Si los médicos fracasan en este enésimo intento de borrar las deformaciones de su rostro, el caso se considerará incurable y será apartada de la sociedad.

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Comentario.

Dice el poeta y lo dice tan bien que sus versos se han convertido en ley, 'Ley Campoamor', que : "En este mundo traidor/nada s verdad ni mentira/todo es según el color/ del cristal con que se mira". Esto es precisamente lo que nos quiere transmitir el background de este film tan curioso, que construye una metáfora minimalista y limpia, que, sin embargo,  va orientando al espectador hacia la sorpresa final, que, cuando se da, ya no es tanta, porque, al menos hoy, un público acostumbrado a ver cine, sabe apreciar que se le quiere decir algo con los planos cenitales, las sombras, las personas que se cruzan y se colocan ante un interlocutor que no acabamos de ver, e incluso las dudas que transmite el factotum de la trama. Todo depende, concluye, del ojo que observa.

Y no sólo se trata de la belleza interior, que se reivindica cada vez que alguien no se ajusta a los cánones estéticos establecidos, sino a cualquier clase de marginación e intento de segregación o incluso la imposible exclusión social, ya que, para bien o para mal, todos formamos parte del grupo humano, estemos donde estemos. Un discurso uniformizador que hoy, en la 'era de los estafadores', como la califica Wyoming en un extenso artículo en Infolibro, ciertos sectores, formados en escuelas de negocios, se están dedicando a fabricar, para representar no una, sino 'la realidad' que nos quieren imponer, que no admite disidencias, ni dudas razonables, cuyo objetivo es diluir la disidencia de forma que sea incapaz de ofrecer resistencia. Esto es lo que le ocurre a la protagonista del film, incapaz de rebelarse, ni siquiera intelectualmente, a un destino que otros han decidido por ella y que está dispuesta a aceptar con mansedumbre. Un argumento que adquiere relevancia, en tanto en cuanto Janet Tyler, rompiendo los esquemas tradicionales, no se representa solo a sí misma, sino a diferentes grupos sociales.

Ramón de Campoamor expresaba, de forma poética, que ningún valor es inmutable, una interpretación pesimista que denunciaba el imperio del relativismo, el subjetivismo y como consecuencia la arbitrariedad, el debilitamiento de las normas que el hombre se ha dado para vivir una vida (acusativo interno) en paz. Según ha incluido un colaborador anónimo en la gran enciclopedia on line, Wikipedia, que crece con las aportaciones colectivas, un gran compendio de saber popular que va mas allá de la obra erudita, la expresión 'Ley Campoamor' se usa en la administración pública española en aquellas ocasiones en las que un jefe hace una interpretación, apreciación, o aplicación, de reglamentos a su albedrío, que no es coincidente con la interpretación general y comúnmente aceptada o entendida. Aunque, finalmente, sea impuesta por quien tiene el poder de hacerlo.



Un capítulo muy aconsejable, como casi todos los que se incluyen en esta serie, fuente de inspiración de cineastas por la gran capacidad de aquellos que colaboraron en la misma de articular con imágenes un discurso audiovisual bello y efectivo, a la vez que demostraban que el cine se estaba convirtiendo, poco a poco, en una de las artes mayores que ofrecen un cauce de expresión a quienes tienen algo que comunicar y saben cómo hacerlo. La serie, realizada en 1960, es una fuente inagotable de sorpresas y un maravilloso ejemplo de cómo funcionaban los sponsors, introduciendo los anuncios justo antes de que los protagonistas de cada historia cruzaran el límite de la realidad, y cómo se fragmenta el discurso en este género, concebido para ser emitido periódicamente, cuyo final lo constituía un anticipo del capítulo siguiente, que adelantaba el propio Rod Serling. Una forma de organizar característica de la época que contradice a la tradicional división en tres actos con propósitos discursivos y no publicitarios.

Aunque no soy devota de la sorpresa final, advierto a quien lo sea de que el material que incluye Youtube se centra, casi en exclusiva, en el espectacular final del capítulo, realizando, no sé si con entusiástica buena fe o con deliberada mala fe, un soberano spoiler.

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