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miércoles, 18 de noviembre de 2015

El puente de los espías. Juanma Pastor.



Crítica de Juanma Pastor: 


La vuelta de Steven Spielberg al thriller político es más que satisfactoria. Cinco películas después de la magnífica Munich, consigue ahondar en uno de los asuntos más peliagudos de la política del siglo.XX: el telón de acero. A James Donovan (Tom Hanks), un abogado de prestigio dedicado a asuntos menores, se le encomienda la defensa de un espía soviético que ha sido arrestado por el gobierno norteamericano. Por medio de la relación entre abogado y espía, Spielberg introduce ejemplarmente aspectos políticos como el de la caza de brujas, que impregnó la política americana en la década de los 50, o el propagandismo de la paranoia; genial escena en la que el hijo del abogado, con panfletos anticomunistas que le han dado en el colegio, acusa a su padre de ayudar a los soviéticos. 

A lo largo de la cinta se gesta una amistad entre los dos personajes, James Donovan y el agente soviético, estupendamente interpretados por Tom Hanks y Mark Relyance, que servirá de catalizador para la concienciación del abogado acerca de cómo la ideología antisoviética se ha convertido en el motor de las instituciones americanas. La historia culmina (spoiler alert) con el canje del espía a cargo de James por otro americano que los rusos han capturado a lo largo del film. La película mantiene el suspense en todo momento y los asuntos políticos y personales son tratados sin ningún tipo de maniqueísmo (el final de la película dará carnaza al crítico superficial de magazine y reseña, pero es mucho más sofisticado de lo que soporta una pose displicente; el bueno vuelve a casa, sí... pero nunca nada es tan fácil en las imágenes de Spielberg). 

Lo realmente magnífico de El Puente de los Espías es la libertad que emana de su cinematografía. Es un cine de pulsión y semiótica. No busca la sinécdoque en historias retorcidas o personajes psicológicamente hipertrofiados. Las imágenes, y cómo fluyen, son las que dotan de peculiaridad a la cinta. Al igual que en Munich, las convenciones del género, de las que parte este thriller político, son desvirtuadas por el autor y convertidas en complejos momentos que nos llevan como audiencia a cuestionar nuestros prejuicios (las cazas de brujas siempre han sido un fantasma que ha pesado en la conciencia de los americanos, presente desde la literatura de Nathaniel Hawthorne con las brujas de Salem, impregnada de esa mala conciencia: el cine americano tiene una imaginería estética rica, mal que nos pese). La película tiene momentos tan brillantes que provocarán que quieras volver a verla para disfrutar de cine de verdad (y esta vez no se la puede acusar de la virtud o el defecto de ir acompañada de una banda sonora de John Williams).






 

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