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viernes, 4 de diciembre de 2015

Langosta. Yorgos Lanthimos.




Ficha técnica, sinopsis, críticas, trailer. (Pinchad aquí).

Comentario:


Si establecemos una comparación de esta película con realizaciones anteriores, especialmente con 'Canino', es evidente que la entrada de grandes estrellas norteamericanas, como Collin Farrell o Rachel Weisz, capaces de interpretar a unos hombres y mujeres sumisos que aceptan las reglas del juego que se imponen en cada situación que atraviesan, ya sea como fieles servidores del stablishment o cuando se incorporan a la rebelión contra el sistema, no ha servido para mejorar producciones anteriores. Así pues, donde falla Lanthimos es en el propio relato, en la confrontación de los personajes con una situación que el cineasta ha planteado de forma minuciosa en casi toda la primera parte del film. Como ocurre en Canino' formula una alegoría de la sociedad patriarcal, a través de su célula básica, la familia, y hace extensivo el análisis a la totalidad de la población que padece los totalitarismos. La sociedad persigue a quienes no son capaces de crear una pareja e intentar suavizar sus conflictos poniendo en el centro a unos hijos para evitar el fracaso, pero si éste se produce la expectativa es limitada: o el soltero irredento es convertido en un ser inferior, un animal que elige de antemano de acuerdo con su propia concepción de la vida, o se rebela y  se echa al monte, donde las normas de los 'partisanos', dirigidos por una mujer, no son muy diferentes. Si la disyuntiva en el mundo de los solteros es formar una pareja o caer en la degradación, entre los rebeldes coquetear o mantener relaciones sexuales era castigado de forma cruenta. Unos y otros son el producto de instituciones milenarias que han convertido a los individuos en reos del sistema.

En la segunda parte, la de las parejas que se enamoran y luchan por hacer realidad su pasión, en la que las metáforas se concatenan y cobran fuerza, la historia pierde nervio, energía, se estanca, se enreda e incluso se hace superficial, a pesar de que Lanthimos reserva para el final una imágenes de gran intensidad, que obligan al espectador a cubrirse el rostro para no mirar, No se entiende bien qué nos quiere contar, y el resultado es un film olvidable, que no deja huella, y que lo máximo que consigue es que ciertos críticos destaquen que el realizador griego ya no es un marginado, sino simplemente un cineasta raro, que va a lo suyo. No logra, ni tan siquiera que se le considere enfermo o envenenado, ni tampoco comprometido, porque la fuerza de la denuncia se diluye en la extravagancia de un relato retorcido y posmoderno (Carlos Boyero). Si la primera parte puede llegar a divertirnos, la segunda decae hasta el aburrimiento. Hoy, día de estreno, había cinco espectadores en la sala, lo cual demuestra, por otro lado, la escasa curiosidad del público, al que se le supone maduro, por conocer otras formas de hacer por muy raras que sean.


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