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lunes, 15 de febrero de 2016

Blow.Up. Comentario.







Comentario: 

El día a día y la frecuencia con la que los periodistas se ven obligados a acudir a la hemeroteca o a mostrar a su público las contradicciones y las mentiras que se vislumbran con claridad en las declaraciones de muchos personajes de la vida económica, política y social o del mismo 'famoseo' nos muestra la delgada línea que separa la ficción de la realidad. Los publicistas saben que una mentira repetida hasta la saciedad, sobre todo si es convincente, acaba tomando cuerpo y distorsionando la realidad hasta el extremo de hacer estas magnitudes indistinguibles. El cineasta italiano crea una ilusión, una realidad aumentada  mediante un conjunto de dispositivos, en este caso la cámara del fotógrafo, que añaden información virtual a la información física existente, la que le proporciona la mujer implicada en unos hechos dudosos. La combinación de ambos planos  crea una certeza que, desaparecida la prueba, tiene como resultado la consciencia de que su demostración es inviable e imposible de demostrar, algo de lo que saben bastante quienes quieren ejercer el control de la población mediante la distorsión de cualquier hecho en el espacio y en el tiempo.

Blowup es la obra maestra del gran Michelangelo Antonioni, el mejor ejercicio de metalenguaje realizado desde el propio cine, en el que se plantea la dualidad realidad/ficción, que se apoya en la fuerza 'constativa'  de la imagen. La presencia de unos mimos al principio y al final de la película no sólo harán dudar al protagonista, un fotógrafo de éxito, sobre si ha vivido los acontecimientos que se han narrado, los ha soñado o fabricado en su imaginación; la única vez que ve un cadáver en un parque no lleva su cámara y por lo tanto no dispone de una prueba para mostrarles su verdad a los demás y a sí mismo Apoyándose en sus conocimientos fotográficos irá ampliando unos fotogramas, siguiendo el racord de las miradas de la protagonista de su historia, e irá ampliando el objetivo de éstas y acercándolo al espectador, hasta que las sombras vayan adquiriendo una forma que se ajusta a sus temores.

Este trabajo de ampliación le es sustraído por la mujer, que ha intentado conquistarlo para quedarse con los negativos, y es el interés de ella por unas fotografías aparentemente inocentes, el que despertará el del fotógrafo. Perdidas las fotografías, los negativos y el cadáver no tiene historia: no existe la realidad no filmada. La aceptación de esta certeza proporciona unos primeros planos de David Hemmings muy elocuentes sobre la realidad del hecho fotográfico. Una visita a un parque, una pareja, una cámara de fotografiar son los ingredientes que un creador necesita para imaginar su historia formada de imágenes que atrapará y secuestrará con su máquina. Perdido todo su material, el propio Thomas confunde la realidad y la ficción, y duda de su propia experiencia.


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