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domingo, 14 de agosto de 2016

Al final del túnel. Rodrigo Grande. Comentario.





Cartel, ficha técnica, sinopsis, críticas. (Pinchad aquí)


Comentario:



RIQUEZA DE RECURSOS UTILIZADOS SIN SENTIDO Y FALTA DE VALENTÍA


No nos gustó nada la película de Daniel Calparsoro, 'Cien años de perdón' , pero, mira por donde, Rodrigo Grande la hace buena. 'Al final del túnel' es una producción, muy bien financiada, que parece haber gustado sólo a los críticos; el escaso público que llenaba la sala un sábado caluroso  de agosto, en medio de un puente que saca más gente de las ciudades que un terremoto, los espectadores reían nerviosos, en la que se puede considerar la set piece, donde se concentra el mayor dramatismo, y se da la mayor truculencia de las imágenes, pero reía, y si la presencia de un cuervo y de 'Las narraciones extraordinarias de Poe' sugieren a más de uno alguna conexión con el maestro del terror, hace falta algo más para sentir su presencia.

El film comienza con un plano secuencia espectacular, realizado con múltiples recursos (travellings laterales, frontales... fuera del alcance de muchos jóvenes realizadores), que penetra desde el jardín en una casa en esos momentos vacía, una enorme mansión muy abierta al exterior, lo que reduce extraordinariamente una tensión similar a la que suscitan las célebres entradas de la cámara de Wan en el proceso de deconstrucción que suele llevar a cabo al principio de sus películas; tan pronto nos encontramos  con el, a todas luces, protagonista, comienza a producirse una exhibición de recursos lingüísticos, (saltos de eje, picados, contrapicados...) que no parecen tener ningún sentido, a no ser  el de hacer ver al público que nosotros también sabemos hacer estas cosas. No falta tampoco el recurso a un discurso hipertextual, llegando a concentrar en determinados momentos las imágenes que proporciona una diminuta cámara que 'el intruso' ha metido en el túnel en el que trabajan los cacos, la pantalla del portátil  en que trabaja Joaquín, y las que capta la m´quina a través de la cual seguimos la historia y que pretende ser la que sustituye a nuestro ojo en una simulación de la realidad.

Como ocurre con 'Cien años de perdón', una película con la que se han establecido conexiones, no solo por el hecho de que ambas son una co-producción hispano-argentina (en la primera había un actor argentino y aquí uno español), sino por el subtexto,el background en que se apoya la trama y le da sentido, y que en ambos casos queda en la incógnita más absoluta: ¿Quién paga para que se robe una caja de un banco, una de esas que si la vacías nadie va a protestar si se la limpian? Nada. Sólo vemos a un inspector, interpretado por Federico Luppi, que parece ser un alto cargo de la policía (nunca se hace explícita esta circunstancia), detrás del asunto, que finalmente por razones que no vamos a contar, para no hacer el famoso spoiler, nos deja en ascuas. En la que se hizo en Valencia, 'Cien años de perdón', (ya se sabe: quien roba a un ladrón...) un inútil destroza las pruebas, que más de uno, creyendo que estaba en Norteamérica, pudo pensar que iban a desvelar algo de lo que pasaba en esta Comunidad, si bien, el director se encarga de dejar bien claro que los 'papeles' involucraban a todos los partidos (es decir: a ninguno). Por tanto, si alguien espera ver un 'Chicago años 30', ya puede ir perdiendo la esperanza, aunque para algunos pueda pesar más, en la interpretación de la película de Rodrigo Grande, sus experiencias extradiegéticas que lo que pone en evidencia un film en el que, como sucede en los debates entre los contertulios políticos de la televisión, se hace mucho ruido para que no nos enteremos de nada.

El film se divide en dos partes:la primera dedicada a mostrarnos cómo es la vida de Joaquín, que subsiste, tras un accidente trágico en el que murió su familia y él quedó impedido, acompañado de su perro Casimiro. Ambos se verán muy beneficiados en sus afecciones fisico-psíquicas con la llegada de Berta y su hija, que protagonizarán la subtrama más bizarra del film, la que no te crees ni borracha. El  estriptease de la madrileña, fragmentado mediante la alternancia de secuencias varias y un ruido ensordecedor, (parece mentira que les guste tanto a quienes no soportan un score estridente en películas de acción o ciencia-ficción) es francamente desolador. La aparición de la niña en el momento climático, como una sombra fantasmal al final del pasillo, da más miedo que la presencia de la niña del exorcista. Si no has visto la película, claro; en caso contrario, si estás al tanto de lo ocurrido hasta el momento, resulta jocosa.Sin pretenderlo.

En la segunda parte entramos en el terreno de lo inverosímil, el de la acción espectacular del superhéroe impedido, y el de la crueldad explícita sin límites, (eso lo sabemos hacer bien). El maniqueísmo  es absoluto, y la bondad y la maldad se reparten, sin mixtura alguna entre  Joaquín y Galeret, interpretado por Pablo Echarri. Una exhibición que, en algún momento, convierte a Tarantino en un narrador de cuentos de hadas. El happy end cierra la estructura en tres actos, verdaderamente reparadora, dejando al público desorientado y sin saber si sale feliz, aburrido o conmocionado del cine. Cinco minutos después, ya ni te acuerdas.

Lo peor de todo es que había una buena historia, si se hubieran suprimido ciertos elementos que la hacen inverosímil, algo que no sería muy grave si no se hubiera llegado al exceso. Estamos ante el nacimiento del blockbuster o cine pop corn hispano-argentino que pone una gran cantidad de recursos encima de la mesa, incluidos los oficiales (Ministerio de Cultura, ICO, TVE....), y que dispone de múltiples espejos en que fijarse. Quizá le falte un poco de valentía, (hay medios más que suficientes, económico, de escritura y estilo, para no caer en la demagogía), y le sobre melodrama. O quizá falte talento y rodaje en el género.




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