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sábado, 6 de agosto de 2016

El espejo. Andrei Tarjovski.












Ficha técnica:


Título original: The Mirror,
País: Unión Soviética (URSS).
Año: 1975.
Duración: 107 minutos.

Dirección: Andrei Tarkovsky.
Guión: Aleksandr Misharin, Andrtei Tarkovsky.
Dirección de Fotografía: Georgi Rerberg.
Música: Eduard Artemev.
Edición: Lyudmila Feyginova.
Director artístico: A.Merkulov.

Diseño de Vestuario: Nelli Fomina.

Productores: Erik Waisberg.
Diseño de producción: Nikolay Dvigubskiy.
Compañías productoras: Mosfilm; distribución: Kosmos Film.

Intérpretes:


Margarita Terekhova : Natalya / Maroussia - La Madre,
Oleg Yankovskiy : El Padre,
Filipp Yankovskiy : Aleksei - Cinco años mayor,
Ignat Daniltsev :  Ignat / Aleksei - Doce años después,
Nikolay Grinko :  DirectorImpresora,
Alla Demidova : Lisa,
Yuriy Nazarov : Militar formador,
Anatoliy Solonitsyn : Doctor Forense.


Sinopsis:



Un hombre, Alekséi, habla con su esposa sobre su situación actual y los motivos por los que se han distanciado. La película es una evocación continua de recuerdos y sentimientos del propio Tarkovsky que viajan en diferentes tiempos sin orden aparente: la relación con su madre, su infancia,...que se mezclan con material fílmico de noticiario sobre la Guerra civil española, la Segunda guerra mundial y el enfrentamiento entre la URSS y China por la isla Damanski. En la película suenan poemas escritos y recitados por Arseny Tarkovsky, padre del director. Retrata un pasado que es el suyo, pero también el de un país y el del acontecer mundial


Crítica:


Filmaffinity comenta, en contra de su costumbre,  este film de Tarkovsky:

"El espejo" refleja al mejor Tarkovsky, y claro: deslumbra. El ruso era un artista único que aquí vuelve a crear magia visual delante de tus ojos para entregar un poema fílmico arrebatador, compuesto por una sucesión de escenas y recuerdos del propio autor antes, durante y después de la II Guerra Mundial. Sin continuidad narrativa y repleta de simbolismos, lo que la hace más onírica y envolvente, la cámara del genio se mueve creando planos imposibles, abriéndose con delicadeza a composiciones de una fuerza sinigual, bellísimas, capaces de sugerir, angustiar, fascinar. Lo surreal se alimenta de lo cotidiano. El presente dialoga con el pasado. Cine puro que huye de lo convencional como un verso de la lógica. El magnético rostro de Margarita Terekhova y el talento descomunal de Tarkovsky empapan la pantalla de reflexiones en forma de imágenes y textos sobre la infancia, el matrimonio, la maternidad. Miradas y palabras alrededor del amor y el dolor, la pérdida y el espanto de la guerra. Como muy pocas veces pasa en el cine (8½, Fresas salvajes, Los 400 golpes), he aquí un obra en la que un director, evocando su memoria, consigue captar las esencias y destilar poesía en forma de imágenes imperecerderas. Inmensa.

Comentario:


Andrei Tarkovski tuvo una vida no demasiado larga, algo más de medio siglo (1932-1986), pero se le dio el tiempo suficiente para dejarnos uno de los testimonios más poéticos y entrañables: la nostalgia de la madre, de la patria, de su casa, de su fiel perro (con el que incluso hablaba por teléfono). Dos películas ponen el acento en la ausencia de lo perdido y del sacrificio que ello conlleva: Nostalgia (1983) y El espejo (1974), aunque todas ellas forman un puzzle del que no podemos quitar una pieza sin que quede incompleto. En El espejo, película autobiográfica, el protagonista, encarnado por Oleg Yankovski, narrador y auténtico protagonista, sólo ocupa dos planos casi subliminales. Como una mancha del test de Rorschach, presente y pasado se desdoblan a través del espejo, y sólo aparece el personaje, Alexei, en forma de niño de cinco años (Philip Yankovski) y de niño de doce (Ignat Daniltsev), aunque en el film se le llama siempre Ignat, al menos en la traducción del ruso, no siempre de fiar.

Oleg Yankovski aparece desdoblado en padre e hijo (Alexei), y Margarita Terékhova en madre y esposa de Alexei. Hay un plano muy inquietante en el que Ignat se mira en el espejo, mientras un travelling nos acerca su imagen; un salto de eje nos devuelve la visión de Ignat desde la perspectiva del espejo. El presente inasible se mezcla constantemente con el pasado en forma de sueños o recuerdos. La nostalgia de Alexei es la de la evocación del tiempo perdido; mira siempre a su madre, cuya imagen identifica con la de su esposa para volver a ser y sentirse niño y pensar que tiene una vida por delante en la que todo es posible. Su generación fue testigo de la Guerra de España y la llegada de los niños españoles a Rusia, de la Guerra Mundial, y de las bombas atómicas de Hirosima y Nagasaki.

Esa nostalgia de la madre, la tierra, la casa será una constante en sus películas, pero, al fin, perdida la esperanza de volver a su patria le llevará en Sacrificio a quemarla, igual que quema un espejo y todo lo que ello significa en la película que ahora comentamos. Rompe así con sus raíces; detectada la enfermedad que le produjo la muerte, su mujer que acudió a Suecia para ayudarle, no pudo reunir a sus hijos, y sólo ya en los últimos momentos, las autoridades soviéticas concedieron el permiso a su hijo, Andriushka, para que estuviera con su padre en las postrimerías de su vida. Es patente la influencia que dejó en él su paso por Italia, con constantes referencias al arte renacentista y especialmente a Leonardo da Vinci. En sus obras abundan planos de detalle que son auténticos bodegones de gusto italianizante, en los que están presentes tarros de cristal llenos de leche, tanto en la casa del médico de El espejo, cuya mujer es interpretada por la esposa de Tarkovski, L.Tarkovskaia, como en la más lujosa de Sacrificio; el preciado líquido se derrama ante los ojos hambrientos de Ignat, un niño de pies descalzos.

Como decía Bergman, Tarkovsky hacía travellings en todas las escenas, no tenía la cámara quieta un minuto, técnica imitada por autores actuales como Lars Von Trier, que le dedica su película, Anticristo. Pero en el director ruso se convierten en auténticos planos- secuencia que integran el interior, escasamente iluminado, con el exterior en el que eclosiona una brillante naturaleza, que en ocasiones se convierte en una grisácea amenaza. En muchas ocasiones ese travelling nos conduce, como por un túnel inquietante, al mundo de los recuerdos, los sueños, que en él, según afirma su mujer, no tiene carácter simbólico, aunque los colores se cargan de significado y se van degradando hasta quedar reducidos a un binomio blanco-negro que evoca su estado de ánimo.

Los interiores de las casas marcan la decadencia de un régimen, desde las confortables de madera, sencillas pero agradables, hasta las residencias urbanas, que conservan algo de su pasado noble en sus paredes desconchadas y en unas cortinas que parecen colgajos; la ausencia o escasez de muebles, aunque nunca falta un armario de luna, aumenta esa sensación de frialdad y vacío de un sistema que había parado su locomotora y empezaba a desvencijarse. En la pared de la casa de Alexei cuelga un cartel de Andrei Rublev, un homenaje a su propio cine. El bosque. ese bosque tan amado por Tarkovski, y el agua, siempre presente en sus películas, y como elemento cohesionador del discurso la voz en off del poeta Arseni, su padre, recitando un poema propio. Todo ello ofrecido en sacrificio a su Libertad de Expresión.



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