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sábado, 24 de septiembre de 2016

Florence Foster Jenkins. Stephen Frears. Comentario.

Ficha técnica, sinopsis, fotografías, críticas, trailer. (Pinchad aquí)


Comentario.


LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER.



El cine es una fábrica de sueños, pero también de producción de ideología, y Stephen Frears, un cineasta comprometido con su tiempo, a pesar de la acusación que se desliza contra él de que en los últimos tiempos está derivando hacia un cine intrascendente con películas como , 'The Queen' o 'The program', irrumpe de nuevo en las pantallas con uno de los mayores homenajes que se ha hecho a la música con mayúsculas junto con De Lovely, una biografía de Cole Porter realizada por Irwin Winkler (2004), al que el director de 'Mi hermosa lavandería' (1985) realiza un interesante cameo, en la secuencia en la que la dama se presenta a la sociedad en el Carnegie Hall, un teatro que tantas veces acogió al compositor, y se le informa de la presencia del autor de 'So in love', un anuncio que hace que le tiemblen las piernas y se plantee salir al escenario, una intimidación que no le producen ni el venal Toscanini ni el director del  'Metropolitan'. Un hurra por Stephen Frears y una sensibilidad que no se desgasta,





Florence Foster Jenkins.

El director conoce bien la delgada línea roja que separa a los moralistas que denuncia uno de los libritos más irónicos que se han escrito, un opúsculo de 80 páginas y un pequeño apéndice de Paul Lafargue, 'El derecho a la pereza', en el que el revolucionario, yerno de Karl Marx,  desvela a los moralistas, personas modestas que se han inventado el dogma del trabajo, y que basan su superioridad en los rendimientos económicos que produce el que realizan sus trabajadores, dándose la gran vida a costa del sudor de los demás,una ideología que calado en la sociedad. La aristocracia, propietaria de las tierras y rentista, basa su superioridad en la agricultura y el desempeño de las armas ( si uno es un observador meticuloso y paciente lo acaba viendo), y en el fondo desprecia el desempeño de las hoy llamadas 'bellas  artes', que incorporan en su círculo a los 'vagos y maleantes' de la sociedad. El ciudadanos romano vivía del Tesoro público y no se le podía obligar a la práctica de las 'sordidae artes' propias de bárbaros y esclavos, que venían a ser términos homólogos. Entre el público de Florence están tanto los primeros, esa burguesía hipócrita que adula a la cantante millonaria, porque es millonaria, y acude a sus conciertos para reírse de ella, esos soldados que combaten en la Segunda Guerra Mundial, para los que la mecenas de la música organiza su gala, -no es la primera vez que Frears trata este tema, recordemos Mrs. Henerson presenta (2005), un film en el que por primera vez aparecen mujeres desnudas en un escenario inglés en una obra concebida para los soldados  por una mujer aristocrática que ha perdido a un hijo en la guerra-, pero también personas ajenas al mundo de la música, representadas por una mujer joven y atractiva, una chica vulgar que se ha casado con un rico industrial, (el personaje más demagógico y prescindible del film), que acabará por rendirse ante la categoría humana que se esconde tras Florence.




Meryl Streep luciendo uno de los tocados y vestidos que Florence confeccionaba para sus actuaciones.


Hoy, como ayer, y en honor a la verdad, la gente acudía y acude, ayer al teatro y hoy al cine, a reírse de uno de estos representantes de las 'sordidae artes', hoy  'nobiles artes', (sólo si su representante triunfa ), para reírse de quien  ejecuta mal su tarea, de forma muy ostentosa, Ya se había hecho, este mismo año, una película en torno a esta mujer, que murió un año antes de acabar la guerra mundial, 'Madame Margherite' , (Xavier Giannoli, 1920), una semblanza del personaje ubicada en el París de entreguerras, que se centró en el personaje, lo ubicó en el contexto histórico, pero le suprimió los andamios que le coloca el inglés y que explican por qué sobrevivió tanto tiempo a una enfermedad por entonces terminal, la sífilis: su pasión por  la música, el amor y el apoyo de su amante marido, un actor mediocre y aristocrático, que recitaba de memoria fragmentos de obras de William Shakespeare, que evidenciaban más una educación ad usum, propia de la época, que sus cualidades para la interpretación, y que algunos maliciosos afirman que realizó un matrimonio de connivencia con la estrella, ya que era homosexual y no le interesaban las mujeres, una hecho que contradice abiertamente Frears al atribuirle una amante, perteneciente al mundo de la música, al otro lado del puente de Brooklyn, en una de las famosas Browstone., un apartamento pequeño, desde el que se divisa este símbolo de la ciudad de New York, construído con hierro y acero y suspendido en el aire pendiendo de cables de acero. Un emblema de la ingeniería del siglo XIX, cuya construcción concluyó cuando Florence tenía apenas 15 años; una alegoría de los nuevos tiempos y las transformaciones económicas  y sociales que iban a acompañar el nacimiento del nuevo siglo, cuya imagen emerge con frecuencia entre todas las demás que constituyen la 'cinta'.




Meryl Streep y Hugh Grant en los Papeles de Florence y su marido St.Clair Bayfield.

St.Clair Bayfield, que actuó como manager en los conciertos que organizaba para la 'diva', y cuyos fondos recaudaba mediante la venta directa y personal de las entradas, generalmente para el 'The Verdi Club' , patrocinado por su esposa, en el Ritz-Carlton de New York, y su última gran aparición en el Carnagie Hall, en cierta medida 'precipitador' de una muerte mil veces anunciada, a causa de las malas críticas, en especial  la del New York Post. "Hay quien piensa que Florence Foster-Jenkins no era en realidad una cantante tan mala, sino que durante más de treinta años se burló del público. Judy Kaye, la actriz que la encarnó en el estreno en Broadway de «Souvenir», la obra de Stephen Temperley basada en su figura, dijo «Es difícil cantar mal tan bien. Se puede cantar mal mal durante cierto tiempo, pero si sigues así te acabas des trozando la garganta». (1)

El asunto es bizarro, pero no imposible, como muchos pueden comprender los buenos observadores que contemplan con atención a las estrellas fugaces actuales. Nos avisa Astrud Meseguer que : "Es obvio que la fama hay que tomársela con cierta cautela y no creerse a pies juntillas que alguien que se ha hecho popular de la noche a la mañana sea como resultado de un talento innato que se ha propagado a los cuatro vientos. En una época en la que cualquier imagen o declaración que haga la celebrity de turno se vuelve viral, no deja de resultar curioso que entre los años veinte y cuarenta del pasado siglo una mujer adinerada y entrada en años, de físico poco agraciado y con una voz espantosa, llegase a convertirse en todo un fenómeno pese a su nulo talento musical." (2) Nosotros añadimos la advertencia que le hacía la mujer de Jordan Belfort, a su marido, el protagonista de 'El lobo de Wall Street', interpretado por Leonardo Di Caprio: 'No hay publicidad mala, sólo publicidad'. Se puede decir que la figura de esta mujer es de las que fascinan, sigue Meseguer-,. Chris Balance, Stephen Temperley y Peter Quitter escribieron piezas de teatro sobre ella y este año son dos las películas que han tratado sobre sus andanzas líricas, además de un documental protagonizado por la mezzo Joyce DiDonato y cuyo estreno está previsto para noviembre."




Florence Foster Jenkins con su círculo de amistades

De hecho, según se infiere de la lectura de parte de sus biógrafos es que Florence fue una niña prodigio, una pianista que interpretó obras al piano en la propia Casa Blanca, cuyos padres le impidieron dedicarse a una de las 'sordidae artes', que entonces y ahora, la burguesía contemplaba como un complemento de la formación de las jóvenes bien educadas, nunca como una profesión digna; ante esta oposición frontal de sus mayores, en un acto lleno de rebeldía, huyó de casa y contrajo matrimonio , a los 17 años, con un médico, Frank Thornton Jenkins, quien le contagió la sífilis a los 18 años y después huyó; la enfermedad no sólo la dejó sola y abandonada sino que le provocó una herida en el brazo que la obligó a abandonar el piano. Sólo cuando fallecieron sus progenitores y le dejaron una importante herencia, pudo encauzar su vocación por la música hacia el único lugar que podía, tuviera o no capacidad para ello: el bell canto, aunque también era aficionada a la música popular, ya que cerraba sus 'conciertos' con la pieza 'Clavelitos' del español Genaro Monreal.



 St.Clair Bayfield y Cosme McMoon

Pero sea cual sea la verdad de lo que se cuenta, en la película, en la prensa o por sus biógrafos, que su marido estuviera a su lado, siendo homosexual, por conveniencia o por amor a su mujer, con la que nunca mantuvo relaciones sexuales, o que a su pianista, Cosmé McMoon le apasionaran los hombres, lo que verdaderamente importa es la capacidad que han demostrado Stephen Frears, Meryl Streep, entregada al ridículo más espantoso, como el de la mujer a la que interpreta, Hugh Grant, en una de las mejores actuaciones de su carrera y un Alexandre Desplat contenido, que deja escapar el Coro de los Esclavos de Nabucco (Verdi) en medio de una reunión de personajes en el Carlton, en una audición a la que religiosamente acudía de la forma más hipócrita, miembros destacados de la alta sociedad neoyorquina, es que han sido capaces de llevarnos, a través del túnel del tiempo a un lugar, una época y unos personajes determinados, sin perder la magia que sólo el cine es capaz de proporcionar . Y en especial convence ese homenaje a la música, sin apellidos, en una historia que discurre paralela a la de Irwin Winkler, en la que tanto Florence como Cole Porter tuvieron a su lado dos personas que los apoyaron toda su vida por un "poco de música". "Nadie sobrevive a la sífilis cincuenta años", dice un médico suplente que la atiende en una recaída. "La ha mantenido en pie la música". Afirman sus biógrafos que, en su lecho de muerte le dijo a su abnegado marido, el actor mediocre: "La gente puede decir que no sé cantar, pero no que no canté." El hombre, pues, ya no se define por lo que tiene, sino por lo que hace, aunque nadie es tan ingenuo e ignorante, sino que todos somos perfectamente conscientes, y en ocasiones incluso lo suficientemente cínicos, para percatarnos de que hoy no hablaríamos de esta mujer si hubiera sido una desahuciada de la fortuna, de las que hay millones en el mundo cantando de esta horrible manera, que ni siquiera pueden aspirar a convertirse en protagonistas de espantosos vídeos virales.




La niña que aprendió a tocar el piano y llegó hasta la residencia del Presidente de Estados Unidos para orgullo de sus padres, entendió pronto que dedicarse a una de las 'sordidae artes' no era propio de gente de su clase y condición y no se lo iban a permitir  quienes le dieron los instrumentos para ello, concebidos como instrumento para 'cazar'a un marido bien situado. El destino hizo lo demás: la mantuvo viva y enferma hasta los 78 años y la hizo inmortal 'porque cantaba peor que nadie', emulando al personaje de 'Tirso de Molina' que no pudiendo ser un buen hombre, decidió ser el más malo de todos, y quiso que se inscribiera en su lápida: "Aquí yace el peor de todos los hombres" (El condenado por desconfiado). De ahí, como decía Tácito, nace el lugar para el milagro y la especulación. Un film que aconsejamos y que permite visionarlo de la forma más superficial o atendiendo a un background mucho más interesante que la historia que emerge en la superficie. Todos salen satisfechos.




(1) Así es y así cantaba Florence Foster-Jenkins, la peor soprano del mundo. Julio Bravo, 19 de febrero de 2016.
(2) ‘Florence Foster Jenkins’: El secreto del éxito de la peor soprano del mundo. Diario 'La Vanguardia, 23 de septiembre de 2016.


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