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viernes, 30 de diciembre de 2016

La belleza oculta. Comentario






DAVID FRANKEL, EL MALIK URBANO


El divorcio que se produce entre críticos y espectadores, respecto a la última película de David Frankel, continúa en la sala de proyecciones, en la que un amplio sector de espectadores constituido en su mayor parte por mujeres de edad avanzada conservadoras, que se sienten reforzadas en sus convicciones, la evalúan muy positivamente. En esta ocasión, el cineasta abandona la mundanidad autocomplaciente y antropoéntrica que presidía el mundo de la moda en 'El diablo se viste de Prada' para adentrarse en un misticismo que en ocasiones ronda el ridículo, ya que es más fácil elevar las cámaras al cielo e impregnar de panteismo una bella naturaleza que se opone a la crueldad del hombre, que trasladar esta misma idea a ras del suelo y convirtiendo al  ser humano en protagonista. Trasladar la idea de la existencia de un mundo que excede de nuestra comprensión y que por lo tanto no puede ser aprehendido en una lugar urbanizado, iluminado hasta el empacho en el periodo navideño en el que se localiza la historia, tecnologizado hasta la saciedad, es complicado, por  lo que recurre a tres personajes que simbolizan el amor, el tiempo y la muerte, que, curiosamente, constituían el lema del empresario que construía castillos con fichas de dominó, más fáciles de derribar que de levantar.

En ningún momento, después de la presentación de los personajes principales, resulta convincente la interpretación de un angustiado Will Smith, ni el misticismo religioso que impregna al personaje en el desarrollo de una historia en la que, ignoramos la razón, se introducen varios giros totalmente innecesarios, que satisfacen al espectador que los ha previsto pero no contribuyen para nada al enriquecimiento del relato. En tiempos convulsos son muchos los que buscan a un ser superior que los saque del atolladero, prefiriendo acogerse a cualquier divinidad antes que intentar comprender qué les pasa y por qué. Este binomio constituido por la razón y el romanticismo que conlleva el triunfo de las pasiones fue estudiado, analizado y explicado de forma magistral por Giulio Carlo Argan. David Frankel opta por echarse en brazos de una espiritualidad y un éxtasis que no tiene nada de pagano y mucho de trascendencia religiosa, que satisface a quienes están convencidos de que otro mundo, como el que nos ofrece  abiertamente Malik en 'El árbol de la vida', existe. Esto explica la distancia que separa el  1,4 que otorga la prensa norteamericana y el 6.7 que  le concede el público. Claro que una cosa es hacer un cameo del director panteísta, y otra muy diferente hacer una película entera en un edificio de negocios de la ciudad de New York, en la que algo intangible sobrevuela sobre los personajes durante todo el metraje.

Lo curioso es que David Frankel haya convencido a un elenco de lujo para hacer este viaje juntos, que les ha valido un varapalo de la crítica nacional e internacional, no así de ciertos sectores del público, que equilibran la balanza. La belleza colateral, un concepto incomprensible, ni aún después de escuchar en qué consiste, no oculta, un adjetivo que se ha preferido en la traducción del título al castellano por razones que se nos escapan, tiene ese mismo carácter religioso y trascendente que distancia este film de 'El diablo se viste de Prada'. Por razones diferentes, los personajes principales son tres hombres y una mujer desempoderados, débiles y  atormentados por los avatares propios de la vida que Frankel ha querido poner de relieve, en un intento más o menos fallido de aproximarlos al público.




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