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miércoles, 11 de enero de 2017

Silencio. Martin Scorsese.Comentario




Ficha técnica, sinopsis, críticas, cartel y trailer (Pinchad aquí).


Comentario:


A pesar de que la crítica ha sido, en general, positiva, y que al frente de 'Silencio' se encuentra Martin Scorsese, uno de nuestros directores favoritos, lamento alinearme, en esta ocasión con Carlo Boyero y manifestar con una de las pocas voces disidentes con el film que ahora dirige, que nos ha dejado más mal cuerpo  que 'La última tentación de Cristo' (1988) que ya es decir. No pienso doblegarme ante la trascendencia de un discurso acerca de la fe, las creencias o la ideología, y no se precisan argumentos de autoridad para expresar libremente que es muy difícil, si no imposible, erradicar las ideas que formaron nuestra manera de ser y la esencia de lo que somos durante la juventud. Pero se dice con frecuencia que la forma es el discurso, y en este aspecto no sólo el cineasta es claro y parece muy implicado en asuntos de fe, e incluso atrapado en cierto misticismo, actitudes vitales  que lo enrolan en asuntos piadosos de carácter evangélico, excesivamente personales, como afirma Rubén Romero, de donde derivan la mayor parte de los problemas del film, sino que se mete en un bucle interminable recorriendo el cual está siempre dando vueltas a la misma historia; el sacrificio de unos miserables campesinos, ante la tozudez  del padre Rodrigues interpretado por Andrew Garfiels, y acompañado por el padre Garrpe, representado por Adam Drivers. Durante gran parte de la historia, dos jóvenes soberbios que identifican la miseria con la corrupción y no entienden por qué dios prefiere a estos desarrapados y no a los hombres buenos y bellos, unas criaturas débiles que, obnubiladas por los religiosos y unas creencias que no entienden, van siendo sacrificadas por tandas ante la resistencia a apostatar de los clérigos jesuitas, aunque sea de forma simulada, para evitar los cruentos sacrificios de sus fieles.

Los últimos minutos del film se convierten en una tortura que enfada a los espectadores, que se preguntan airados por qué aguantaban tanto. Scorsese se ha sentido tan a gusto con sus personajes que daba la impresión de que no los quería soltar ni muerto, convirtiendo cada rito en un martirio sin fin para el público, con el único objetivo de meterles el mensaje de que es más difícil romper un prejuicio y destruir una idea que un ladrillo de cemento. Pero eso ya lo sabíamos. Lo peor es que no nos creemos nada: ni el viaje a Japón de los jesuitas en busca de uno de ellos que ha sucumbido a las torturas y ha aceptado integrarse en el budismo, que al fin y al cabo tiene un dios intercambiable que no resucita al tercer día, pero forma parte del sol. Es cuestión de perspectiva; tampoco nos creemos las creencias de unos pobres campesinos que viven en una economía de subsistencia, comen lo que les da la tierra, incluídos gusanos y lagartos, no se lavan y padecen duras enfermedades. Por el contrario, choca que los sacerdotes, que luego serán llamados caídos, dispongan de espléndidas hostias consagradas que llevan impresa la cruz en su centro, y que se mantienen intactas, a pesar de los avatares que han sufrido sus portadores. Hombres y mujeres hambrientos reciben con respeto ese insignificante trozo de oblea, por el que son capaces de morir.

Es cierto que se enfrentan los discursos de la fe y la razón, pero no es ésta la que de verdad vence, porque nadie puede penetrar en el interior de los individuos, a los que el secreto ha convertido sus rostros en máscaras, y pueden mantener su esquizofrenia durante años. Incluso a los creyentes les resulta duro soportar una catequésis de casi tres horas, un agotamiento que se hace manifiesto cuando se encienden las luces, acabada una sesión que se había previsto larga y que había animado a gran parte del público a cargar de coca-cola y palomitas para poder soportar un film que pretende plantear una profunda reflexión sobre el cristianismo en el lejano oriente. Un personaje que representa a Shusako Endo, en cuyo relato se basa este título, pone el broche final a esta historia. Lo cierto es que aparece como un postizo innecesario.





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