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domingo, 4 de junio de 2017

Norman. Comentario.



Ficha técnica, sinopsis, críticas, cartel y trailer (pinchad aquí).


Comentario.


La verdad es que teníamos mucho interés en ver cómo trataban los norteamericanos, ciudadanos de una república convertida en emporio del capitalismo, acostumbrados a que en círculos financieros y políticos pululen un variopinto universo de personajes que, con su esfuerzo, (quienquiera puede llamar trabajo), inclinan la balanza a su favor o el de sus 'clientes. 'El caso Sloane' nos acercaba al perfil profesional del lobbista, en este caso 'la' lobbista, interpretada por Jessica Chastain; ahora le toca el turno a los que ellos llaman 'Fixers', -arregladores, solucionadores, etc. -, que en la España, recién integrada en la modernidad llamamos 'conseguidores'. Los hay célebres, por su posición social de nacimiento (nobili genera nati), pero también los hay de baja condición social . De unos y otros tenemos varios nombres in mente. La cosa es mucho más cutre de lo que parece; una amiga, cierto día quiso explicarme la rumorología que tienen efectos en la bolsa con el Theorema de Thomas, un principio sociológico que funciona a más largo plazo, y que exige la repetición continuada de una mentira hasta convertirla en verdad y hacerla realidad;  la consecuencia de esta práctica se ha bautizado como profecía autocumplida.

Tan sutiles y etéreos como los rumores que afectan a la cotización de los valores bursátiles, a los que les pasó por alto la quiebra de Lehman Brothers, el detonante de la crisis más importante a escala global de la historia, son los runrunes que circulan a través de contactos de hombres y mujeres bien situados por todos los ámbitos de poder, ya sea económicos, políticos, territoriales o sociales, que empiezan cundo alguien habilidoso  adula a quien tiene posibilidades de convertirse en un líder, mediante regalos caros (unos zapatos, un traje, unos bolsos...). A partir de ese momento el agraciado con este obsequio  se siente en deuda con quien lo ha hecho feliz, y  lo dejará entrar en su círculo de amistades y relaciones, lo que da la oportunidad al conseguidor de incrementar su número  de contactos y personajes a los que citar para ampliar estos contactos...

La línea que separa a políticos, estafadores, magnates, y todo tipo de personajes de esta 'Corte de los Milagros' es tan fina que se puede traspasar con facilidad. Y esa permeabilidad imperceptible para la mayoría de los ciudadanos la ha sabido tratar cinematográficamente con unas imágenes en las que Cedar coloca en el mismo espacio, o separados por finas paredes o puertas de crisyal a quien se supone que está separado en el espacio, lo que obliga a los interlocutores a utilizar un instrumento básico en estas confabulaciones para delinquir: el teléfono móvil. La fragilidad de uno de los poderes del estado, el judicial, permite castigar con relativa rapidez y facilidad al que establece los contactos, más quien es el beneficiario del soborno, primero con unos zapatos, después de la matrícula de su hijo, al que no le llegaba la nota, en Harvard,  y después de unos cuantos favores más que no se especifican, cuesta mucho más de implicar. Estos hombres poderosos acaban consiguiendo la exoneración de todos los cargos a cambio de la traición a quien le ha hecho tantos 'favores'. Todos han conseguido algo, excepto el conseguidor. Algo de eso ya sabemos.

Poco a poco los españoles estamos aprendiendo a entender de qué van estos negocios y por qué Norman, un hombre mayor, adopta la solución final.  Javier Ocaña hace un análisis del personaje con la que estamos de acuerdo, excepto con la conclusión que extrae: "Joseph Cedar (...) aborda de un modo inteligentísimo el retrato de un conseguidor, alguien que con su tarjeta de visita, su labia y sus mentiras (o medias verdades) acaba teniendo el infinito poder de los estafadores. ¿Estafador? Fea palabra para alguien tan ético como el tal Norman, un magnífico Richard Gere. Mejor: el infinito poder de un vendemotos." (1) Esta es precisamente la 'estafa' que nos vende el realizador: ¿De dónde saca el dinero para comprar al político israelí los zapatos más caros que éste había tenido en su vida? ¿Por qué su sobrino tiene poder para meter al hijo del mismo hombre en Harvard? ¿Quien es el donante anónimo que  paga la deuda del colectivo judío de New York? ¿Un vendemotos?

Joseph Cedar construye su comedia como un drama en cuatro actos que explican la evolución de un negocio desde que el solucionador pone el pie en la puerta hasta que se descubre la corrupción, atravesados por un personaje, Norman, interpretado por Richard Gere, un hombre de apariencia frágil que aparenta más edad de la que tiene. El hombre al que nadie teme, vestido con discreción, siempre con los auriculares que delatan los cables que se pierden en sus bolsillos, pero absolutamente impenetrable, visto desde fuera, perseguido por la cámara del mismo modo que quien quiere sucederle, un joven con apariencia de bribón que espera su final para comérselo. No sabemos cómo ni donde vive, aunque se le ve entrar constantemente en una especie de teatro del círculo judio y comer alimentos enlatados; sólo se le conoce un allegado, el sobrino que puede solucionar cualquier asunto, aunque no sabemos cómo consiguió su puesto en Harvard. Un personaje que Cedar no desarrolla, excepto en lo que afecta a sus prácticas espurias desde el instante que compra la débil voluntad de un político con un par de zapatos, lo que evidencia que es mucho más astuto que él. Todo lo que sabemos de Norman es lo que interesa saber de estos personajes que pululan por los ámbitos donde se reune el poder, que, en ocasiones, constituyen una casta que hereda las virtudes de sus predecesores para el negocio. Lo que provoca desconfianza en este mundo es su apariencia desvalida, su no pertenencia a una familia noble y distinguida, a pesar de que esa descripción lo hace apto y a la vez vulnerable, dos cualidades muy oportunas para quienes se sirven de ellos.  Es más fácil deshacerse de un infeliz, que no un inocente, que de un conseguidor poderoso que arrastra a todos en su caída.

Si Joseph Cedar quería hacer un buen retrato de esta forma de lucrarse, lo ha conseguido de forma brillante e ilustradora para quien quiera conocer un poco más el mundo en el que vive; el personaje elegido, mucho más poético, consigue engañar con su apariencia débil y bonachona, pero no esconde su carencia de escrúpulos. Muy aconsejable.



(1) El poder del conseguidor. Diario 'El País', 2 de junio de 2017.

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