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jueves, 6 de julio de 2017

Timbuktu.Comentario





POLVO, SUDOR Y HIERRO, NUESTROS ANCESTROS CABALGAN: UNA MUJER CONDENADA A SUFRIR 40 LATIGAZOS POR CANTAR, RECIBIÓ SU CASTIGO CANTANDO.






Comentario:


La película del cineasta mauritano Abderrahmane Sissako,  Timbuktu, es una pequeña joya del cine de los márgenes, como lo denomina Luís E. Parés, un testimonio de sus protagonistas de cómo aplican las leyes consuetudinarias de los diferentes poblados, combinadas con la Sharia y la Sunna, interpretadas por los 'ejércitos' yihadistas y las policías islámicas. La historia se inscribe en un sociedad patriarcal de subsistencia, que vive prácticamente en el neolítico, con una población dividida entre agricultores y pescadores, y ganaderos; los segundos eran las clases dominantes hasta que se extendió la yihad y llegaron hombres armados cuya misión era controlar la moral y las costumbres de las gentes del lugar, desplazando a las antiguos dirigentes.

Kidane es el ganadero, cuyas reses deambulan libremente sin contemplaciones con quienes se ganan la vida con la agricultura y la pesca, de la que depende la frágil vida de sus familias. Los ingleses del siglo XVIII, que preparaban la agricultura que debía alimentar a los campesinos liberados del trabajo del campo para engrosar los ejércitos de trabajadores de la incipiente industria, levantaron las enclosures o cercados para evitar este trasiego destructor de los ganados, pero gozaron del apoyo de una nobleza, que se preparaba también para los nuevos tiempos, a diferencia de lo que ocurría en otros países como España, en los que se mantuvo una situación parecida a la que denuncia la película. La vaca preferida de este hombre, cuya familia esta idealizada, tratada fotográficamente como los protagonistas del cinéma du corp de François Ozon, rompe las redes de Amadou al introducirse en el río y campar a sus anchas, cuando está al cuidado  de un niño, Issam, cuyo padre, otro ganadero, murió y muestra cierto resentimiento hacia Kidane. El 'cacique', que vive en una jaima adornada con telas vistosas y cree que tiene derecho, como creían los nobles de la Mesta castellana a que su ganado se introduzca en el río, sean cuales sean las consecuencias; GPS rompe las redes de Madou este mata a la vaca y Kidane mata a Madou, una secuencia de acontecimientos por la que el rico ganadero debe pagar según la ley islámica.

La mirada incisiva de  Abderrahmane Sissako nos obliga a reflexionar sobre un hecho de gran trascendencia: la llegada del progreso al continente africano, (Mauritania es una vieja colonia romana, y de su nombre deriva el apelativo despectivo y peyorativo con el que se designa a su cultura y a otras similares: moros), se hizo saltando toda la transición del feudalismo al capitalismo y manteniendo intacta la organización  neolítica y patriarcal: los hombres que cubren su rostro van armados, entre otras herramientas mortíferas, del popular Kalashnikov, llevan botas militares, teléfonos móviles de última generación, que les permiten comunicarse en el desierto, jeeps Toyota (con la marca inscrita con grandes letras), motocicletas, y otros productos de la era tecnológica, y hablan de fútbol y de sus ídolos, orgullosos del argelino Zinedine Zidane, mientras prohíben a la población reírse, oír música o cantar, y obligan a las mujeres no solo a cubrir su cabeza, como signo de sumisión, sino a ocultar sus manos y sus pies con guantes y calcetines, aunque este hecho les impida desarrollar la actividad que permitir la subsistencia de su familia. 

Dos secuencias son especialmente dolorosas: la de los niños que juegan al fútbol sin balón, que evocan a los mimos de Antonioni que disputan una partida de tenis sin pelota, aunque con significados bien diferentes, y el de la chica que es condenada a sufrir una pena de cuarenta latigazos, recibe su castigo cantando. Mas la rabia no les impedirá someterse a las leyes de unos hombres endurecidos, especialmente los que ya han abandonado la juventud y creen que su oportunidad de gozar de una mujer placentera se les acaba. Un viaje en el túnel del tiempo desde la era tecnológica a la pre-medieval, cargados con la creencia de que 'nadie puede evitar el destino, porque está en manos de Dios. El destino de Toya queda, por desgracia,  en manos de los señores de la guerra.




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