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sábado, 12 de agosto de 2017

Rey Arturo: La leyenda de Excalibur. Comentario.





Ficha técnica, sinopsis, críticas, fotografías, cartel y trailer. (Pinchad aquí)


Comentario:



Ayer se estrenó en España King Arthur: Legend of the Sword. Y ayer era, precisamente, un día adecuado para mi para ver esta película, dirigida por Guy Ritchie que logra, siempre, levantarme el ánimo y divertirme, lo que no es fácil con un  género que se relaciona con el peplum, aunque obedece a una serie de textos legendarios, posteriores a la caída del 'ultimo emperador romano', que como el primero se llamó Rómulo (Rómulus Augustulus). Textos que van construyendo el mito artúrico desde el siglo VI de nuestra era, en el que la tradición celta instalada en Britannia, que ya tenía héroes sobresalientes como la reina Boudica o Boadicea (según la transcripción fonética que se utilice, de la que habla profusamente en su tetralogía Manda Scott), ya había transformado a los antiguos druidas, a los que César dedica un extenso capítulo en su Guerra de las Galias,- unos sabios formados en la isla de Mona, que transmitían sus conocimientos oralmente -, en magos dotados de grandes poderes, entre los que se erigieron en símbolo Merlin y Morgana. Una leyenda que acaba con la realidad histórica de que el rey fuera simplemente un 'primus inter pares', y lo convierte en el único referente de una nación que todavía no gozaba de la soberanía popular, a pesar de que Camelot ha sido considerado con el paso del tiempo como una alegoría de la democracia y la mesa redonda el símbolo de un poder compartido entre los nobles, por supuesto. Todavía habría que esperar mucho tiempo hasta que la nueva clase que emergía, la burguesía que trabajaba y tenía cash (dinero en efectivo), tomara el poder y desbancara definitivamente a los magnos representantes del antiguo régimen, una clase, la aristocracia, de la que formaba parte Arturo, hijo de Uther Pendragon, cuyo hermano, Vortigern, interpretado por Jude Law, (desconocemos en qué fuentes se inspira el realizador británico),  no reconoció su legitimidad. Ritchie culmina su historia con un canto a la democracia y a la soberanía del pueblo inglés como lo entendemos en la actualidad.

He comenzado diciendo que ayer era el día propicio para ver un film de Ritchie, que se enfrenta a la épica tradicional británica con un espíritu iconoclasta digno de mención. Sólo queda Camelot, ese símbolo de democracia e igualdad que veneraba John F.Kennedy, según nos ha contado recientemente en esa especie de pseudodocumental  de 2016 Pablo Larrain, que tomó como protagonista a su esposa Jackie. En ese cajón de sastre en el que ha metido los restos de su destrozo, después de reflexionar un segundo para luego tomar carrerilla, -su modo tradicional de hacer-. se encuentran sus influencias literarias, y en especial Lovecraft y sus monstruos, -olifantes, enormes serpientes y otros bichos-, con un toque kafkiano emblematizado por la torre  que representa al castillo que erige el verdadera demonio de todos los ingleses; sus referentes cinematográficos: Tarantino, Zach Snyder, Peter Jackson y sus olifantes,  e incluso alguna coincidencia con Zhang Yimou y su 'muralla china', todo ello adobado con un score musical estruendoso y una filmación repleta de elementos lisérgicos, que acaban levantando el ánimo del espectador más deprimido. Debo reconocer la capacidad del público más joven para reconocer la ironía más fina de las imágenes que genera la imaginación (valga la redundancia) de este director tan particular, y para asimilar sin desmelenarse que un héroe con su espada mate a un dragón, ya se llame el espadachín Arturo o Jorge, ya que las bestias entraron en el imaginario colectivo de sus antepasados y están bien arraigadas en él.

Arturo y sus colegas parecen salidos de cualquiera de sus películas más actuales. Una pandilla de jóvenes provocadores, de cualquier sexo, edad y condición, a los que une su escaso interés por tomar ese poder por el que muchos matan y mueren. Sólo quieren que los dejen en paz; Arturo sufre una gran tribulación antes de aceptar que el pueblo quiere un elegido y que la china le ha tocado a él, un joven al que no faltaba de nada en su lupanar, aunque procura mantener lo más lejos posible la espada milagrosa, Excalibur, hasta que le hacen entender que no tiene más remedio que afrontar su destino y elegir entre lo malo y lo peor. Tras ver depositada una corona en su cabeza se decide a fundar Camelot, después de hacer caballeros a sus compañeros de viaje, un lugar en el que no se esclavice a los niños, y mucho menos sean vendidos a los vikingos, que buscan siervos que puedan olvidar a los padres, un objetivo al parecer difícil de alcanzar, teniendo constantemente como modelos a 'Blando' y su hijo 'Azul', unidos por un intenso amor paterno-filial. Un niño al que, con frecuencia, Arturo confía la preciosa espada cuyo nombre tiene una etimología dudosa.

Si hacen falta buenas dosis de alucinógenos para tragarse esta historia, también son necesarios para conceder verosimilitud a un héroe trágico que saca una espada de una piedra, como nuevo Mesías del pueblo británico, lo que le convierte, sin más en un rey, que con la ayuda de sus colegas y de poderosos magos funda el paraíso en la Tierra, Camelot, e instaura la democracia con los caballeros que se reúnen en torno a una mesa redonda, sin citar que los pueblos siguieron siendo siervos, incluso después de decapitar a un rey, Carlos I, en 1649, en el marco de las rebeliones de la Europa Moderna (1). La leyenda artúrica tiene millones de seguidores en el mundo, que han crecido leyendo estas fantasías, lo que es muy respetable, y el tema fue tratado con toda la pompa que se merecía por John Borman en 1981, que satisfizo a sus seguidores con la música regia que Wagner escribió para otro rey: Luis II de Baviera. Pero el siglo XIX cambió muchas cosas, entre ellas el héroe de sus historias, que ya no es un hombre tocado por la gracia de dios, que le otorga poderes sobrenaturales y está dotado de las virtudes romanas (virtus, dignitas y auctoritas); ahora la historia, para bien o para mal, la mueven las masas, y de ellas surge el héroe de Ritchie,  un villano algo bellaco, que no se traga que es hijo de un rey, que quiere a las personas con las que ha nacido y ha crecido, a los que se reconoce por sus características físicas y no por nombres rimbombantes: Rubio, Blando, Azul... y a los que el realizador añade algún nombre mítico como el de Beldvere, interpretado por Djimon Hounsou, o Perceval (Craig McGinlay), con el que pierde poco tiempo. Sólo la Maga, (que podemos identificar con  Morgana, aunque no lo quiere hacer explícito), es una mujer que desempeña un papel decisivo en la historia: es la mediadora con el mundo sobrenatural y tiene el poder de relacionarse con animales y alimañas para volverlos contra los enemigos de un pueblo que padece las consecuencias de la lucha por el poder, el personaje más importante del film (me refiero al poder), entre quienes pretenden dirigir al pueblo  y sólo lo masacran.

Guy Ritchie es un cineasta muy particular y quien se acerca a ver  su versión de  la leyenda artúrica no puede llamarse a engaño si conoce su forma de hacer. Y, como era de esperar, ha hecho lo que le ha dado la gana, lo que ha querido, para conducir un argumento de sobra conocido a un planteamiento actual, con jóvenes vestidos a la antigua usanza, rodeados de monstruos lovecraftianos, esos que tanto gustan a los espectadores que han crecido leyendo a Edgar Alan Poe y H.P. Lovecraft y que no se asustan ni ante semejante provocación, ya provenga de inmensos y destructores bichos, efectos especiales orientados a multiplicar las masas de guerreros con cualquier procedimiento revolucionario  de efectos especiales, ni ante las músicas electrónicas que se expanden por la sala y que distorsionan las melodías basadas en la música tradicional de las islas.

Sin embargo, es estremecedor pensar que sólo una sala (1) en España está preparada para proyectar las últimas películas que utilizan estas técnicas audiovisuales, lo que nos hace temer que cualquier análisis que se haga  sobre las películas más recientes nace cojo, si pensamos que puede quedar fuera del encuadre una parte importante de la imagen. Así, al menos, me lo enseñaron a mí y me lo demostraron cuando veíamos los efectos que tenía sobre las películas clásicas que se emitían en las primeras televisiones de pantalla cuadrada, o que, para evitar el desastre, mostraban aquellas horribles bandas negras cuando se respetaba el formato original. Guy Ritchie ha adaptado el mito a su tiempo y ha convertido a Arturo y sus colegas en un grupo tan desorientado como los millennials, que no parecen luchar por el poder con mayúsculas, aunque defienden las pequeñas parcelas que han conseguido (Arturo en el prostíbulo en el que ha crecido y se ha formado como hombre) sin ninguna cortapisa. También es poder, pero ejercido en la microeconomía, como diríamos hoy; cuando toma el poder de verdad,  el que le exige responsabilidad, tras nombrar caballeros a sus compañeros de viaje, se comporta como un activista en pro de los derechos de los niños y la igualdad de todos, ya sean hombres o mujeres, en su Camelot particular, conquistado en luchas de apariencia más lisérgica que real. De este modo convierte un film sobre Arturo en una crónica de su tiempo, con la confianza en que los  jóvenes sabrán aislar los elementos fantásticos  producidos con las nuevas tecnologías y juzgar ante todo su calidad y la oportunidad de su inserción en la película.



(1) Hisband: Revoluciones y rebeliones de la Europa moderna, 1990. Alianza Editorial.
(2) Una sala, Phenomena, que ha terciado a favor de la Warner en su batalla con la multinacional china Wanda.




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