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La Revelación: Nuevo Nuncajamás

viernes, 6 de octubre de 2017

Blade Runner 2049. Denis Villeneuve. Crítica.



LA SOMBRA DE UN DEDO NO PUEDE TAPAR EL SOL


Ficha técnica, sinopsis, cartel y trailer (Pinchad aquí)


Apenas se apagan las luces de la sala una especie de sortilegio, de embriaguez se extiende entre los espectadores, en general nada imparciales, que acuden atraídos por una ensoñación proustiana que se desboca tan pronto como aparecen impresas en la pantalla las dos palabras, Blade Runner,  que nos hacen retroceder 25 años, en los que el mundo ha experimentado unos cambios que recoge el filme de Denis Villeneuve. Me cuesta en esta ocasión identificarme con  Carlos Boyero , aunque participo en los calificativos que atribuye a una obra maestra de la que hoy se presenta en España una secuela, cuando afirma que el espectador gozó en su momento de las mejores esencias del cine negro, el suspense, la ciencia-ficción o el lirismo. Por el contrario hay que reconocerle un doble mérito a Denis Villeneuve, un cineasta que está logrando poco a poco que lo amemos, el que logre hacer avanzar la vieja historia con un estilo propio y personal que recoge las influencias de los mejores compañeros de 'promoción', ya se trate de Neil Blomkamp, de George Miller en Mad Max, furia en la carretera, Nicolas Wending Refn y de otros muchos, que demuestran de forma fehaciente que en la actualidad la ideología se refugia en el cine. Unos realizadores que combinan las ciudades populosas, repletas de pordioseros que trabajan como esclavos y que pululan por las noches por las calles abarrotadas de gentes entre hologramas y luces de neón, con paisajes herrumbrosos, salpicados de montañas de chatarra y oscurecidos por tormentas arenosas que amortiguan la luz del sol con muy malos presagios. El realizador canadiense ha insuflado dignidad en el vacío y superficial género indie y ha dado un paso adelante en el modo de representación cinematográfica, mostrando su valentía y su deseo de ejercer su oficio de acuerdo con su voluntad, y sólo por este gesto merece nuestro aplauso.

Denis Villeneuve hace un film que mira al pasado, en busca de la identidad del héroe y el conocimiento de sus orígenes, algo esencialmente humano, y hacia el futuro, en un mundo tan replicante del nuestro propio como los personajes en los que se sustenta el modo de producción del futuro, en el que la investigación científica ha avanzado y ha sido capaz de construir clones que no caducan, como ocurre con el film de Ridley Scott de 1992, o el de Duncan Jones de 2009 (Moon), aunque esta mejora, una duplica de la mejor formación de los jóvenes en la actualidad, no va acompañada de una mejora de sus condiciones laborales, sino en un empeoramiento de las mismas. La mirada incisiva e inquisitorial  de Villeneuve no se olvida de la esclavitud infantil, pero tampoco cierra la puerta a la esperanza en un tiempo que se augura dominado por la revolución. Su película es, en este sentido  la epifanía de un nuevo hombre que será capaz de cambiar su destino de servidumbre universal. También por esto nos felicitamos.

Pero a diferencia de su predecesora, dirigida por Scott, que introdujo una nueva concepción del cine de ciencia-ficción, alejada de la asepsia y el minimalismo, que contrastaba con la limpieza de 2001. Una odisea del espacio de Stanley Kubrick, Villeneuve contrapone la brillantez de unos decorados clásicos y a la vez espléndidos, fotografiados en tonos brillantes y ambientados con partituras en gran parte electrónicas, sólidas y corpóreas,  a cargo de tres enormes compositores, Jóhann Jóhannsson, Hans Zimmer y  Benjamin Walifisch, que crean una atmósfera rotunda y espectacular que contrasta con el rostro siempre lleno de sangre, sucio y deformado como consecuencia de un empeoramiento de su oficio de K ( Ryan Gosling), un Blade Runner depauperado, un pobre chico que, como en una tragedia griega, busca a su padre, creyendo que el destino le ha gastado una broma pesada. Más allá de los actores principales, entre los que se hallan el mítico Harrison Ford y el inquietante Jared Leto. acompañados por grandes actrices con Robin Wright, no existe información de lo que estos personajes llaman mundo exterior. En este aspecto la secuela pende en exceso de la obra primigenia.

El canadiense cambia también el objeto de su atención, que ya no es el tema universal de la muerte, un hecho derivado del alargamiento de la vida del replicante, sino que presta más atención al tránsito mucho más largo del nuevo esclavo por este mundo, que lo empuja a buscar un nuevo contrato social por la vía revolucionaria. Los personajes de ahora miran menos a un dios y buscan la eternidad en la capacidad del hombre de sacrificarse y entregar su vida, si es necesario en beneficio de los demás, lo que los convierte en héroes más sólidos y venerables y, sobre todo y esencialmente, humanos. Disiento de Luís Martínez cuando afirma que : "Denis Villeneuve es perfectamente consciente de que (...) su Blade Runner 2049 se sabe relato necesariamente nihilista en un tiempo, mucho más ahora que en la década de los 80, desnortado, al borde mismo de todos los precipicios imaginables: el ecológico, el político, el económico y el identitario." No creo que se pueda calificar a K de nihilista, desnortado y mucho menos afectado por una crisis de identidad, en ningún sentido que se pueda aplicar a este concepto. El replicante es consciente del grupo a que pertenece, de la servidumbre a que está sometido y  de la lucha que ha de librar, no para sortear a la muerte como su predecesor, sino para mejorar sus condiciones de vida en su tránsito por el mundo.

Denis Villeneuve aprueba el reto con nota, tanto frente al público como a la prensa, y nos advierte de que estamos en un tiempo nuevo al que debemos abrirnos, si no queremos que nos suceda como a aquellos que nos precedieron y no comprendieron la revolución socio-económica y su reflejo en la cultura y en especial en el cine de las décadas de los 70 y 80, que todavía creen que Lucas, Spielberg, Scott, Scorsese y otros, estaban ahí sólo para ganar dinero. Quizá no nos convenza el indie, pero reconocemos que Villeneuve lo llena de dignidad. Alguno se quejará de la duración  de la película. y puede que no estén exentos de razón. Entendiendo que una película no es un guióm, algo de lo que nos advierte Peter Greenaway, hay que elegir el momento en el que cada uno de nosotros está dispuesto a filosofar, pasar miedo o simplemente entretenerse; Blade Runner va a exigir mucho de sus fans: que hagan un esfuerzo no sólo por entender la forma que ha elegido el realizador para comunicarse con su público y la elaboración de un subtexto que lo obligue a una reflexión que le ayudará a comprender la situación que está viviendo.


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