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jueves, 19 de octubre de 2017

Rashomon. Akira Kurosawa. Crítica.




Ficha técnica, sinopsis, premios, lo que se dice, cartel y trailer. (Pinchad aquí)



Crítica:

La codicia, la avaricia, el desprecio, la envidia o el resentimiento son los sentimientos que se ponen en juego en este relato estructurado atendiendo al punto de vista que los testigos y actores principales van poniendo de relieve, dejando a criterio del espectador la elaboración de una verdad más o menos objetiva. Cada narrador da su versión de un acontecimiento que entra en contradicción con el de los otros narradores y, en cada caso, se repite el esquema visual de la forma en la que se desarrollan en la pantalla los infaustos y desdichados sucesos, sus declaraciones ante el juez o sus historias dirigidas al que las quiera escuchar. Sobrevolando por encima de estos sentimientos, el honor feudal preside la sociedad patriarcal y es el que proporciona las bases de la tragedia.

El discurso dialógico que denuncia las guerras, las enfermedades, los incendios, los terremotos que cada año padecen los desgraciados que pululan ante las ruinas de Rashomon se produce dentro del plano al que se dota de la máxima significación, dejando de lado el montaje ideológico propio de directores como Eisenstein, que convertían en sujeto de la enunciación el cortar y pegar.  El deux ex máchina del discurso es, a la manera de Ozu, el director Akira Kurosawa. Después de lo que ha visto, dice a sus dos contertulios un monje al que se aproxima  la cámara con un discreto travelling, que apenas altera la puesta en escena teatral, que no volverá a creer en nadie. A partir de este momento una serie de flashbacks irá recomponiendo el puzzle, dejando al criterio de su público la reconstrucción de su propia verdad.

El primer relator, un leñador, comienza a contar su historia, tomado en un primer plano que adopta la posición frontal, pero que a la vez evita el diálogo con el espectador desviando la mirada, un hombre modesto que comparte el proscenio con otros dos personajes: el campesino, el monje y el que parece un ladrón depauperado; el avance de este hombre es seguido por cámaras frontales que recogen su expresión impenetrable para el público, y otras situadas en una posición más elevada que siguen su lento caminar en el bosque, con ligeros picados y contrapicados, hasta que va encontrando restos de la indumentaria de una persona (un sombrero de mujer, un amuleto y una soga cortada) que lo llevan a una improvisada e insuficiente sepultura que permite que emerjan los brazos de una víctima, afectados ya por el rigor mortis.  A los tres días es llamado a declarar; el monje da su versión, sin aportar demasiados datos acerca del acontecimiento que se juzga, que afecta a una mujer que llevaba un amplio sombrero y un gran velo que le cubría el rostro y gran parte del cuerpo, acompañada de un hombre portador de un carcaj,  un arco con 17 flechas y un caballo. 

Poco a poco van desfilando un célebre bandido, la mujer agredida, el marido muerto a través de una medium, y de nuevo el leñador. Como ocurre habitualmente, la verdad se diluye inevitablemente a causa de las interpretaciones más o menos inocentes de los testigos, y los que han oído hablar a los testigos, los que han publicado, han contado a los demás su versión. etc... Con este título Kurosawa contribuye de forma definitiva a la representación del punto de vista en el discurso visual y logra la admiración de los cineastas occidentales, que lo convertirán en uno de sus máximos referentes, lo que le ocasionó problemas con los productores japoneses. Mas el trabajo del director de Kagemusha no sólo es relevante por su aportación al modo de representación cinematográfica, sino por su capacidad indiscutible de dotar al encuadre no sólo de un intenso significado, sino de una belleza inusual.






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