Little Feet. Alexandre Rockwell.




Ficha técnica:


Título original; Little Feet.
País: Estados Unidos.
Año: 2013.
Duración: 59 minutos.

Dirección: Alexandre Rockwell.
Guión: Alexandre Rockwell,  basado en una historia de Lana & Dad.
Dirección de Fotografía: Walter Lech y Alexandre Rockwell.
Música: Varios.
Edición: Alexandre Rockwell.
Sonido: Ben Keeper.
Dirección artística:
Filmada en Echo Park.

Co-productores: Laurel Parmet y  Flannery Lunsford. Distribución: Factory.
Compañías: O-Tay.

Intérpretes:


Lana Rockwell: Lana,
Nico Rockwell: Nico,
Rene Cuante-Bautista: Nene,
Olinga Bolden: Olinga,
Alex Rockwell.
Hombre enojado en un Mercedes: Phil Parmet.
Niños: Kayya, Melanie, Miles, John & Johnna.


Sinopsis:


Decididos a liberar a su mascota, los pequeños Lana y Nico se embarcan en una auténtica odisea urbana par ir desde su casa en Los Ángeles hasta el océano. Su aventura está repleta de multitud de sorpresas y nos muestra una cara poética de la ciudad californiana.


Lo que se dice:

Curiosa, amable y construida con mucho talento, Little Feet se incorpora estos días a la parrilla del cineclub de ONO (quizá también en alguna que otra plataforma), y ofrece al público la oportunidad de ver un trabajo muy especial, hecho con cariño y delicadeza, una mezcla de géneros, -drama, aventura, libro de viajes y marcha quijotesca por caminos desconocidos -; un film multirreferencial, que nos trae a la memoria desde  Chaplin a Truffaut, y que nos eriza el vello del cuerpo cuando esta pequeño 'grupo' llega por primera vez al mar. El director de In the Soup (1992), Four Rooms (1995) y 13 Moons (2002), nos regala en 2013 una auténtica delicatessen, protagonizada por sus propios hijos Lana y Nico, nacidos de su matrimonio con Kary Parsons, una modelo y actriz afroamericana, dos niños encantadores que llenan la pantalla, sin rozar jamás el melodrama ni despertar el deseo de protección de los espectadores. Alexandre Rockwell cuenta habitualmente con actores fetiche de lujo, como Sam Rockwell, al que no le une ninguna relación familiar, Steve Buscemi o Peter Dinklage (Juego de tronos).





Rockwell demostró que hacer buen cine no es una cuestión de recursos, ni pocos ni muchos, sino de talento. Con una escasa financiación optó por el blanco y negro y el estilo independiente de Sundance, así como una imagen construida con frecuencia a base primeros planos, como elementos conectores o dialógicos, para contarnos cómo es la cotidianidad de dos niños pequeños que han perdido a su madre y cuyo padre, generalmente en baja forma a causa del alcohol, apenas puede ocuparse de ellos. Jeanette Catsoulis califica el film de poema quijotesco al ingenio infantil (The New York Times); una delicia que deja hechizados a quienes tienen la suerte de verla. (John DeFore (The Hollywood Reporter).





La niña convertida en madre y ama de casa por imperativos de la vida, ( la muerte de su progenitora) inicia con su hermanito un viaje en busca de una pareja para su mascota, un pez que ha perdido a su pareja, un ser vivo a través del cual los niños creen que pueden contactar con su madre, atravesando poblados en los que los contenedores de residuos de todo tipo se acumulan y forman inhumanos poblados, suburbios de casitas rodeadas de jardín, contempladas con una mirada menos complaciente que la habitual y habitados por grupos étnicos quasi marginales.





Haciendo coincidir la forma y el fondo de su discurso demuestra palmariamente que igual que se puede hacer una buena película con escasa financiación, si tienes el talento y la sensibilidad necesaria puedes hacer lo mismo que hacen los ricos con elementos más modestos, algo que puso en evidencia Charles Chaplin en 'La clase ociosa', en la que el actor representa dos personajes, uno rico y otro pobre que se desenvuelven con la misma dignidad y hacen las mismas cosas, aunque con diferentes instrumentos e indumentaria.





La travesía de los niños hasta el mar en busca de una pareja para su pez, realizando el trayecto en autobús, un viaje que ha financiado un compañero de viaje algo mayor, con la venta de su navaja multiusos de la que se ha desprendido con el objetivo de financiar los billetes de los tres, es una verdadera aventura en la que el futuro más inmediato no está garantizado. Los niños se mueven con total libertad, se paran delante de la cámara, tapan el objetivo, viven, disfrutan del sol, el aire, la arena de la playa. En su vida todavía no han entrado conceptos como pobreza, precariedad y otros más oscuros que utilizan los adultos; la niña prepara las comidas de su familia, constituida por ella, su padre y su hermano, con la misma etiqueta que emplearía un rico burgués y sabe sacarle sabor a la vida, exhibiendo a la vez un alto grado de sensibilidad. El padre de estos niños no sólo ha logrado extraer lo mejor de sus hijos en este precioso cuento, sino que ha demostrado hasta qué punto eran ciertas las advertencias de Fourier a la sociedad, en las que se esforzaba en demostrar que sus pequeños pueden jugar con cualquier cosa y crear magia con trastos viejos y máscaras horrendas de latex. Claro que sus reflexiones estaban orientadas en un sentido bien diferente: justificar su uso como fuerza laboral.




La llegada de Lana, Nico y Nene al mar nos trae a la memoria la de Antoine Doinel en 'Los 400 golpes', él vestido con el mono del reformatorio, estos con sus jerseys vistosos a rayas, que evocan los primeros tiempos del cine.Ya en el agua, y tras los primeros aspavientos de emoción,  Alexandre Rockwell. semantiza el color e introduce una gama cromática más amplia que expresa cómo a través del agua que moja los pequeños pies de Lana y Nico, los niños han entrado en contacto con su madre, que sienten que está en el fondo del mar, que es un pez. ¿Y nos veía, Lana? pregunta Nico. No hay respuesta explícita, pero la felicidad que emana de los rostros de los niños pone en evidencia que, al menos, sus ilusiones han tenido la respuesta que esperaban. Una maravilla, un film inolvidable que merece ser recompensado con la atención del público.






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