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Johnny B.Zero

sábado, 23 de diciembre de 2017

Wonder Wheel. Crítica.





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Ginny/ Kate Winslet-Blanche/Vivian Leight,  la 'Madame Bovary' de Coney Island, a las puertas del Brooklyn de los años 50.



Pocas películas se han adentrado en las playas de Coney Island, como lo hacen las cámaras de Woody Allen, con su parque de atracciones que nos recibe con una enorme noria (la rueda de la fortuna en sentido figurado), una Wonder Wheel, las más notables de las cuales han sido 'Erase una vez en América', un film de Sergio Leone (1984), que elige como escenario para una de sus secuencias más relevantes la estación que conduce a este lugar de entretenimiento que también visita la protagonista de Brooklyn de John Crowley  (2016),  Saoirse Ronan. Ahora, con Woody Allen, Coney Island, la puerta de Brooklyn, donde la mayoría entona el  "Requiem por un sueño" : "La muerte de las ilusiones', (Darren Aronofski, 2001), de esas fantasías que se originan al otro extremo del Golden Gate que cultivó ' El mundo en marcha' de King Vidor, y que acaba en la pizzería que regenta Salvatore, el italiano que retrató Spike Lee en Haz lo que debas (1989), se convierte en el protagonista fundamental que compite con Katey Winslet por mellar en la psique del espectador como la burila de una taladradora.





Ginny es la mujer sempiternamente insatisfecha, que ha tenido varias parejas y las ha abandonado a todas, dejándolas destrozadas. Al llegar a los 40 años ve la oportunidad de tener su último romance amoroso, de salir de su vida cotidiana como vendedora de almejas en un local especializado del centro de atracciones, en las que dos mecanismos compiten en su eterno rodar, simbolizan a sus protagonistas:  el que se eleva hacia las alturas como la enorme noria, el doble-kaigu-Ega de Ginny, una réplica del alter ego de la protagonista de Colossal de Nacho Bigalondo, y otros giran arrastrándose por el suelo, como el tiovivo, en el que trabaja su modesto y humilde marido, un fracasado, un loser, que disfruta con la pesca y el fútbol, que trabaja vendiendo entradas en la atracción, interpretado por Jim Belushi, y su desgraciada hija, marcada por las mafias italianas, Carolina (Juno Temple). En medio de todos ellos un joven escritor , Mickey, (Justin Timberlake), que trabaja como socorrista en verano, vive en Gravesend Bay y enamora tanto a Ginny como a su hijastra. Para redondear los elementos del bucle, el hijo pirómano de Ginny. Del mismo modo que los caballitos del tíovivo  dan vueltas sin parar, hasta detenerse y volver a reinciar su camino desde la última parada, incapacitados para abandonar sus eternas volutas, los personajes de Allen están inmersos en un círculo sin fin que sólo la desgracia puede interrumpir, lo que provoca una sensación de monotonia que sólo alivia la admirable interpretación de Katey Winslet.





Acierta Oti Rodriguez Marchante cuando afirma que Tennessee Williams flota en el ambiente. A medida que avanza el film y la decadencia de Ginny se va haciendo patente hasta llegar a la secuencia final, emerge la imagen de la pareja formada por Humpty y Ginny, interpretados por un Jim Belushi con trazas decadentes de Kowalski y una inconmensurable Kate Winslet más atravesada aún de amargura que Blanche Dubois (Un tranvía llamado deseo, dirigida por Elia Kazan).  Todo ello merced a unos actores en estado de gracia. Esta mezcla de dos personajes femeninos universales, imperecederos, hace que unos hayan querido ver en Ginny a la mujer insatisfecha que no se conformaba con un destino que la ataba a la tierra, en la que ejercían un peso considerable sus maridos y el hijo pirómano, y una mujer con delirios de grandeza que interpretaba la gran Vivian Leigh, cuando en realidad es una mezcla indisoluble de ambas: una mujer que no se conforma con su destino y que vive de las glorias de un pasado que ella misma destrozó y que sueña con recuperar. La realidad se encargará de ponerla en su sitio.


Interesante, aunque algunos críticos se han encargado de advertir que Allen es el 'Rey de la comedia', no así de la tragedia o el drama, aunque sueñe con ello, según le confesó a su biógrafo Eric Lax.





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