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Johnny B.Zero

jueves, 12 de abril de 2018

Nubes pasajeras. Aki Kaurismäki

Ficha técnica:

Título original: Kauas pilvet karkaavat (Drifting Clouds)
País: Finlandia.
Año:  1996
Duración: 96 min.

Director:  Aki Kaurismäki.
Guión:  Aki Kaurismäki .
Música:  Shelley Fisher
Fotografía:  Timo Salminen .

Producción: Finlandia, Francia, Alemania.

Intérpretes:


Matti Onnismaa: Forsström,
Kari Väänänen: Lauri,
Elina Salo: Rouva Sjöholm,
Kati Outinen: Ilona,
Markku Peltola: Lajunen,
Shelley Fisher: pianista.

Premios:

1996: Festival de Cannes: Nominada a la Palma de Oro (mejor película) .

Sinopsis:



Historia de un matrimonio (Ilona y Lauri) cuya relación y dignidad son puestas a prueba por los duros golpes de la vida. La pareja no suele correr riesgos y vive en un modesto apartamento de alquiler. Pero Ilona (Kati Outinen) pierde su empleo como camarera en el restaurante Dubrovnik, en Helsinki. Por si esto fuera poco, acaba enterándose de que Lauri (Kari Väänänen) ya hace un mes que ha sido despedido de su trabajo como conductor de tranvía.




Crítica: 


El cine finlandés está viviendo momentos muy interesantes que exigen que le prestemos atención. Directores como Jalmari  Helander o Aki Kaurïsmaki, con sus filmes Rare export: un cuento gamberro de Navidad o El Havre han conseguido grandes espacios en las revistas de cine especializado, y lo cierto es que no sin razón.





Hace algunos años nos cuestionábamos el retrato que hacía Aki Kaurismäki de la sociedad finlandesa, desconocida en el Sur de Europa, a finales del siglo XX, que estremece por la desolación y la precariedad en que viven sus habitantes, ocultando la miseria tras la máscara de la dignidad. "Nos daba escalofríos", decíamos, " pensar cómo estarán soportando la actual crisis, si ya en los noventa apenas podían sobrevivir". Quizá hoy, con la sociedad que se ha remodelado tras la primera crisis global y la transición a la era tecnológica, no nos admiraría tanto.





Ilona y Lauri son un matrimonio modesto, que habitan un pequeño apartamento con escasos muebles: un pequeño sofá, una librería y una televisión de tubos catódicos, que han comprado a plazos. Ilona es maitre de un restaurante de sabor nostálgico, al que acuden parejas engalanadas con ropas ostensiblemente baratas, mientras al piano interpreta una canción  Shelley Fisher, autor del score del film; Lauri conduce un tranvía, y al terminar la jornada laboral ambos regresan juntos a casa y disfrutan de una copa sentados en su sofá frente al televisor. La modernización de la economía finlandesa, que suprime puestos de trabajo innecesarios, como el de maitre o receptor de los clientes en la puerta, y líneas de servicios públicos poco rentables,  deja al matrimonio en la calle. El argumento que da el empresario a Ilona cuando la despide es muy inquietante. La joven tiene 38 años y el nuevo jefe da como argumento para su despido el de que puede morir en cualquier momento. ¿Es ésta una sociedad desarrollada?





Lauri se niega a solicitar el subsidio de desempleo, cuyo cobro a una edad todavía joven siente como una humillación; no supera los controles médicos para conducir autobuses, porque ha perdido algo de  audición en un oído, y sólo puede hacer ya crucigramas en un parque como los ancianos. Ilona siempre lleva el mismo abrigo y las mismas botas, y el único empleo que encuentra es el de regente un bar, haciendo todos los trabajos: limpiar, servir, cocinar. El propietario es un mafioso que no le paga por semejante esfuerzo. Pero Kaurismäki, al que le gusta rodearse de gente corriente, no contempla un final dramático, sino muy al contrario, un happy end en el que las capacidades y destrezas adquiridas por Ilona en su vida laboral le permiten montar un restaurante, con la ayuda económica de su antigua jefa, recogiendo a ocho empleados, ocho antiguos compañeros del decadente establecimiento en el que trabajaban. Deja que entre en ese panorama asfixiante un  poco de aire fresco, la esperanza de que las modestas aspiraciones emprendedoras y autónomas se abran camino, después de fracasar  en el intento de ponerse de nuevo al servicio de empresarios explotadores y sin ideas y de no recibir ninguna ayuda de las entidades bancarias.




La puesta en escena es minimalista, concisa, con una narrativa estricta y convencional, contrarrestando la sordidez del relato con un colorido brillante de paredes, muebles y ropa, en rojos, verdes, fucsias, naranjas brillantes. Los zapatos de Lauri están tan destrozados como los de Charlot, cuya música suena recordándonos que, como ocurría en el mundo miserable del mítico actor, músico y director, se puede andar sobrado de dignidad en la pobreza, cualidad que sobresale si se contrasta con  el universo  zafio, cutre y glotón de las clases más favorecidas por la fortuna. Gente corriente, pero solidaria, en un mundo vacío y frío, tanto como la habitación de Lauri e Ilona, quienes, perdidos sus empleos y con ellos sus más que escasas propiedades, comen, escriben, proyectan y hablan sentados en el suelo de su casa  huérfana del equipaje más imprescindible; Juan José Millás imaginaba en su obra surrealista  El orden alfabético, que caían palabras del diccionario y con ellas desaparecían los objetos que representaban; una de estas palabras era mesa, e imaginaba las situaciones más rocambolescas. No había visto la película de Kaurismäki. Entre sus proyectos, si ganan alguna vez algo de dinero, estba uno muy ambicioso:  comprar libros. El realizador finlandés nos manda una crónica de un mundo olvidado, de unos países situados al norte de la potentada Europa. Tomemos nota.











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