La monja. Crítica



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HAY ALGO EN COMÚN A LAS DIFERENTES GENERACIONES QUE CONVIVEN EN LA ACTUALIDAD, YA SEAN ANALÓGICAS O DIGITALES: NO LES GUSTA EL MUNDO EN EL QUE VIVEN.


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Hay algo que nadie le puede arrebatar al joven cineasta James Wan: el haber asimilado la experiencia del creador del cine moderno George Lucas y haber revolucionado definitivamente un género que goza de gran predicamento entre los amantes del cine: el de terror. Día 7 de septiembre de 2018, estreno de un spin-off de la saga Expediente Warren. Lleno hasta 'la bandera' de jóvenes que querían ser los primeros en ver la nueva aportación de la franquicia e impedir que nadie les pudiera hacer el terrible spoiler. Todo un éxito, rubricado con aplausos. 




La cuestión reside en entender si a los más jóvenes les ha gustado de verdad o esperaban más. Detrás de Corin Hardy, director de este proyecto, permanece el cerebro de las sagas más exitosas del siglo XXI, un joven malasio que combina el talento con la tradición oriental y que fue capaz de hacer temblar a los occidentales con historias posibles, muy truculentas, como las que integran la 'serie' Saw, para a continuación introducirlo en otras que se sitúan en una dimensión supraterrenal o fantástica, poblada de habitantes del plano astral, demoníacos, almas en pena..., que no ha hecho ascos a las posibilidades que la tecnología audiovisual le ofrece, y que le ha permitido crear una imagen que conecta mejor, generalmente, con Lovecraft que con Poe. En este nuevo capítulo ha cedido la dirección de su criatura al joven realizador Butterfield, un mediometraje de animación que roza la irreverencia y no teme lo escatológico, y que nos sitúa en el corazón de Rumanía, una tierra de supersticiones, un país cansado de ser la patria de los chupa-sangre y ahora debe aceptar que es, además, un portal 'sagrado' en el que se halla, cerrado bajo llave y protegido por amenazas diabólicas, el maligno, al que sólo se le puede derrotar con una reliquia, la sangre de Cristo, de la que debe ser portadora una de sus múltiples esposas, la novicia , Hermana Irene, que debe tomar los hábitos para enfrentarse con la peor y más terrible de todas las religiosas, la monja que atormenta a Lorraine en el 'Expediente Warren', y que acaba pervirtiendo y contaminando incluso a los que no son religiosos ni sienten el temor de dios.







El film coquetea con temas recurrentes en el cine de terror como los exorcismos, que muchas veces conducen al fracaso y desarrollan un sentimiento de culpa en el que no puede derrotar al diablo, la duda racional que no cuestiona la fe, sino que rechaza las interpretaciones simplistas de las escrituras o el dilema entre preservar o perder el alma, una cuestión en la que pone el acento José Felipe Coria  que cierra su artículo con una conclusión que compartimos, especialmente cuando describe esta historia como un relato sobre " una crisis de fe vuelta aventura de suspenso donde el manejo del conflicto y de los personajes supera los convencionalismos genéricos. Incluso cierto apunte crítico, sobre las posesiones demoniacas al interior de la iglesia, resulta metáfora significativa. Hardy esculpe con sutil e inquietante plasticidad un inspirado y perturbador filme. Esta monja, en consonancia con el universo de El conjuro, sí espanta."*







Pero cuando vas al cine, tras preguntarte por qué James Wan, productor, ha elegido para dirigir este spin-off millonario con muchas probabilidades de éxito a un joven de 43 años, que tenía un escueto curriculum como cineasta, (un corto, Butterflay, 2003, y un largometraje, The Hallow, 2015), que había comenzado su carrera especializándose en un oficio colateral a la temprana edad de 12 años en un cobertizo para bicicletas, diseñador de monstruos  para animación, intentas comprender detrás de cada imagen la razón por la cual el cineasta malasio ha encargado a Hardy y no a otro la construcción del icono que representa en el mundo de los espíritus malignos a aquel cuyo nombre no se puede pronunciar: Walak. Hay una diferencia entre Anabel y la Monja: la primera ya tenía un diseño propio en la saga que no necesita ser justificado. Al icono de la Monja,  un personaje mucho más complejo,  había que dotarlo de un relato que lo sustentara, partiendo prácticamente de cero, un difícil encargo que asume Hardy.




Desde que la cámara nos introduce en un lúgubre lugar sagrado en tierra de vampiros, (no vemos ajos, sí cruces, pero las de Wan y los exorcistas), todos los elementos naturales y arquitectónicos se retuercen, ceden parte de su naturaleza, ya se trate del convento, el cementerio que lo rodea o la 'boira' o nubes bajas que acompaña a los viajeros, iluminada por intensos y metafísicos rayos de sol, un paisaje tomado con frecuencia con planos cenitales, que da la impresión de tener vida propia y que extiende con la bruma una amenaza que perciben los caballos que no osan penetrar en el bosque. Los cuervos intensifican sus graznidos a medida que los tres osados protagonistas, dos creyentes y uno agnóstico, se aceran a la vieja y gótica edificación, que encierra en su interior la puerta del Averno, advirtiendo a los mortales que ese es un límite que no deben cruzar. Sentimos un tufillo de relato de Poe  y  sus múltiples adaptaciones al cine, y otros referentes que remiten a George A.Romero y los cuentos vampíricos de las décadas de los 60 y 70, contemplados desde la perspectiva del constructor de muñecos. Pero Hardy es consciente de que su público está constituido mayoritariamente por jóvenes (al menos en las salas de proyecciones, lo que deja mucho margen al video), y éstos esperan que Lovecraft irrumpa en la pantalla, que sus monstruos se visualicen, los asusten en el momento preciso, cuando menos se lo esperan, y las sombras les hagan temer la oscuridad de sus cuartos. Aquí el británico es más convencional, proporciona algún sobresalto importante (secuencia en la que el sacerdote se encuentra con el espíritu del niño al que exorcizó), llevando la diégesis a un punto en el que poder hilvanar la historia con la consabida conferencia de los parapsicológos Warren y su esposa Lorraine, interpretada por Vera Farmiga, hermana de la actriz que interpreta a la joven novicia, Taissa  Farmiga. Un estilo que pretende conciliar el modo de representación más clásico, bajo la lente deformante de Hardy, y el que  ha impuesto en el género de terror James Wan. Todos contentos y los más jóvenes aplaudiendo.





* La Monja: La película que renueva el cine de  terror. www.quéhacer.com,


Páginas consultadas: Filmaffinity.

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