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sábado, 2 de mayo de 2015

Beauty (Skoonheid)



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Ficha técnica:

Título original: Skoonheid (Beauty)
País: Sudáfrica.
Añ: 2011.
Duración: 100 minutos.

Dirección: Oliver Hermanus.
Guión: Olivier Hermanus, Didier Costet
Casting del director: Warwick Grier.
Director de Fotografía Jamie Ramsay.
Editor: George Hammer.
Coordinador del departamento artístico: Ernst Seegers.
Attrezzista: Jana-Marie Hey


Diseño de Vestuario: Reza Levy.
Responsable de maquillaje: Naeema Clayton
Asistente de maquillaje y peluquería: Marike Liebentrau.

Productor: Didier Costet.
Co-productor: Dylan Voogt,
Productor ejecutivo: Marvin Saven.
Diseño de Producción: J. Franz Lewis.
Compañias: Equations Productions, Didier Costet, asociado con  Moonlighting Films.

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Intérpretes:

Deon Lotz: Francois van Heerden,
Charlie Keegan: Christian Roodt,
Michelle Scott: Elena van Heerden,
Albert Maritz: Willem Roodt,
Sue Diepeveen: Marika Roodt,
Roeline Daneel: Anika van Heerden,
Drikus Volschenk: Cliff Engel,
Morne Visser: Brian,
Robin Smith: Gideon
Jeroen Kranenburg: Doctor,
...

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Sinopsis:

Francois es un hombre de familia de unos 45 años. No le importa ni le concierne su propia felicidad, así que no está preparado cuando un encuentro  que deja al descubierto su aséptica y controlada vida.

"Una boda en Bloemfontein, una de las tranquilas ciudades de la actual Sudáfrica en las que nunca pasa nada, transcurre como en cualquier otro lugar del mundo occidental, con la única de diferencia de que aquí se habla el afrikaans, idioma derivado del neerlandés, utilizado mayoritariamente por los habitantes de raza blanca del país. Muchos intentan pasar el rato lo mejor posible y el resto se aburre soberanamente. La mirada de Francois vaga entre los asistentes hasta que encuentra un punto de interés: Christian, un atractivo joven rodeado de chicas, hijo de uno de sus amigos de la infancia."Cine Invisible.(Fotogramas)

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Comentario:

Oliver Hermanus construye un film que hace difícil la clasificación tradicioal y pseudoacadémica , que estamos acostumbrados a leer en muchas críticas, muy apropiadas para salir del paso sin comprometerse demasiado, (primera parte, segunda parte, timing, estructuras simples y complejas...). Ya en los títulos de crédito Hermanus parece querer mostrar cierta modestia, mediante la elección de un tipo de letra muy corriente y de pequeño tamaño, para hablarnos de un tema universal de graves consecuencias en la historia que nos va a contar: la hipocresía del hombre que se esconde detrás de una máscara para ocultar su verdadera naturaleza a los demás. Para contar su historia elige una ciudad, Bloemfontein, habitada por afrikáneres o bóeres, un grupo étnico de colonizadores de origen holandés, que ocuparon el lugar de los guepardos, hoy convertido en la capital judicial de Sudáfrica (menudo símbolo);  los aborígenes, llamaban Mangaun a este paraje "lugar donde moran los guepardos"  en su lengua propia, el  sesotho. Este félido, el cazador más sigiloso de la selva, atrapa a sus presas apoyado en su capacidad de observación gracias a una vista privilegiada  y en su agilidad de movimientos, lo que lo convierte en una oportuna y acertada metáfora de los protagonistas de esta historia, quienes no tardarán en mostrarse como auténticos animales, revestidos de una coraza de civilización. No tarda mucho el narrador, en este caso la propia cámara, en desvelar el talante del protagonista, tan pronto como lo permita la presentación de los personajes, reunidos con motivo de una fiesta, la boda de una hija Francois de la que se ocupa de modo tangencial, un auténtico zoológico de bestialidad contenida en el que conviven víctimas y depredadores, y proporcione al espectador unas cuantas pinceladas descriptivas de los protagonistas de este drama.





Desde que Francois ve a su sobrino Christian, convertido en un bello ejemplar masculino, el cazador comienza a estrechar el cerco en torno a su víctima, siguiéndolo allá donde va, ya sean lugares de ocio como la playa y bares de copas o a la misma la Universidad, observándolo con cuidado desde lejos: el voyeur se mantiene alerta frente al objeto de su deseo. El hecho de que la cámara siga a todas partes al empresario cuarentón no significa que la historia esté narrada desde su punto de vista, ya que en ocasiones es tomado incluso de espaldas, sino que es la propia cámara la que se erige en un narrador objetivo, interesado en mostrar al espectador cómo acecha y prepara su asalto final, sin adelantar acontecimientos, ni proporcionar informaciones del pasado que condicionan el relato, como la razón por la que Francois no puede beber y recibe asistencia médica. Planos largos de paisajes en los que predominan las líneas horizontales, que permanecen en la pantalla cuando el que observa ya los ha abandonado como evidencia el ruido del motor que abandona el punto de observación, atravesados por caminos  que recorre el protagonista con su coche, caracterizan unas gentes tan planas en apariencia como las llanuras verdes, sin accidentes geográficos discordantes que alteren su continuidad y engañosa placidez en los que nunca pasa nada que emerja a la superficie con violencia, que tienen continuidad en  los hogares,  residencias de muertos vivientes, panteones oscuros, sin vida, como la enorme casa que habitan el protagonista y su esposa, un enorme nido del que han volado los hijos. La esposa parece más preocupada por no perder su 'empleo' de ama de casa que por lograr un mínimo calor humano, una empatía con el hombre con el que comparte su casa, ante el que muestra una total sumisión. y con el que comparte una vida rutinaria  que acaba cada noche en el dormitorio del matrimonio, en el que la mujer solícita pero frustrada sabe que no puede esperar otra cosa que el que la mantengan sin hacer nada y poder, de esta forma, mantener su estatus. Un paradigma perfecto del constructo  patriarcal.

Oliver Hermanus maneja a la perfección lo que Noël Burch llama 'repertorio de estructuras simples', derivado no de la doctrina hegeliana, sino de lo que, a partir de Webern,  Jen Barraqué llama 'dialéctica musical', mediante la oposición de contrarios, especialmente la alternancia de sonido ambiental/ música, sonido/falta de sonido, y dentro del ámbito de los ruidos, atendiendo a su naturaleza, entre silencio que sustituye al diálogo/música, dotando de contenido semántico a la BSO, un planteamiento elegante, muy original y adecuado a la historia de Francois y de Christian. Generalmente construye sus secuencias privandolas de todo sonido excepto el ambiental, en el que el arranque de un coche y su puesta en marcha se convierte en una interferencia desagradable para los oídos. Son los ruidos de la cotidianidad. 'El hombre es lo que hace' y siempre va acompañado del sonido que lo caracteriza en cada momento; en la serrería de la que Francois es propietario es el ruido de las máquinas cortando la madera el que lo emblematiza; en los alrededores de las casas el sonido nada inocente del follaje en lugar de evocar el locus amoenus nos previene de las atrocidades de que es cómplice el bosque; en los hoteles el ir y venir de los clientes ocasionales lo delata el sonido de las ruedas de la maleta rozando la moqueta del pasillo; de la presencia inquietante del hombre nos advierte el ruido de la orina al caer sobre la taza del wc...Un realismo asfixiante que no se corresponde con la vida real, la que percibimos cada día, en la que la música armónica de nuestros móviles, radios y televisiones apenas nos permiten percibir otros sonidos que contaminan acústicamente el ambiente, sino que intenta construir un relato de la  forma imaginada en que la viven los animales de la selva, que se desplazan sigilosos, atentos al movimiento de sus víctimas, no la humanizada que experimentan Mark Ruffalo y Keyra Knightly, cuando unidos por los auriculares conectados a un móvil o reproductor de música  operan el milagro de sentir  New York como la ciudad soñada por ellos. 

Francois miente en todo y a todos: bebe y se lo niega a su esposa y su médico, a pesar de que se deduce que es víctima de brotes de un tipo de enfermedad física o mental de la que no se informa al espectador, ya que ni médico ni paciente hablan de ella, y el narrador sólo cuenta lo que ve; el protagonista se muestra más impenetrable que la pared, haciendo grandes esfuerzos para no dejar emergen sus grandes pasiones contenidas, reprimidas en ese cuerpo de hombre modelo de la clase colonial, mientras nace en su interior una pasión desbordante y destructiva, cutre y malsana como el ambiente tosco, mórbido y nocivo que crea el realizador en torno a un personaje, privado de toda poesía que deje al descubierto el más mínimo signo de humanidad. En Ciudad del Cabo su contención y corrección de empresario burgués de raza blanca comienza a desmoronarse ante la obsesión que  empieza a aflorar y a romper todas las convenciones del macho, que incluso en las relaciones homosexuales en su club de amigos, creado para el desahogo de pasiones inconfesables, se muestra dominante. Esa es la razón por la que, como una fiera, busca cachorros y no gays experimentados, armándose de valor con  el exceso de bebidas más fuertes que las habituales cervezas. La duración de la secuencia en la  discoteca gay, más larga que el resto de las secuencias que constituyen los trozos de espacio y tiempo que se combinan en la construcción del decoupage del film, permite que  afloren todos sus prejuicios de hombre de costra puritana, -ni negros, ni homosexuales, ni mulatos-, y le da la coartada que le permitirá justificarse ante los demás  y ante sí mismo cuando muestre la bestia que lleva dentro. Cuando consiga que el incauto Christian acuda e su ayuda sin prevenciones, de nuevo tratará la escena mediante la dialéctica ruido ambiental/enmudecimiento de los diálogos, mientras la cámara enfoca un anuncio premonitorio, 'Al fin libre', que precede a un acto brutal de violación de un joven ante las pantallas, en toda su crudeza.

"Tengo mis convicciones, mi manera de hacer las cosas y me va bien así, no como el gobierno corrupto", afirma con seguridad el delincuente Francois. Un ser frío e independiente, cualidades valoradas en público que corresponden a  personas no sólo son capaces de controlarse, sino que están dotadas de la capacidad de controlar a los demás hasta convertir a los que los rodean en seres mediocres, sin dignidad ni voluntad, unidos a ellos, no por relaciones afectivas, sino por motivos en muchos casos económicos y en otros por una dependencia que han generado en quienes consideran más débiles; como los guepardos huelen su inseguridad. El verdadero trauma (Skoonheid) de Francois es que se ha pasado su vida reprimiendo su auténtica naturaleza, su orientación sexual, y aprovechándose de los demás para montarse una vida de aparente respetabilidad. Cuando se enfrenta a la crisis de los 40 y cree que se le escapa su última oportunidad no duda en violentar a los que desean, en general jóvenes que se desenvuelven como tales, sin prevención, sin malicia, de los que sólo le interesan sus cuerpos; es en estos momentos, en los que el voyeur se deleita como el guepardo imaginando el festín, y de nuevo la música gana  la partida al silencio en la dialéctica de estos dos contrarios, en unas secuencias en las que vemos a las posibles presas moviendo la boca pero sin que se escuchen los diálogos, ya que no interesa qué piensan, qué dicen, de qué hablan, sino cómo se desenvuelven, se abrazan o se sonríen, con o sin malicia. Oliver Hermanus ha dotado de contenido semántico a esta nueva alternancia entre silencio y música.

En la secuencia final, Christian, perdida la inocencia, deja crecer sus cabellos, como Lorca en Poeta en New York y el abogado se convierte en escritor : "Y cuando ella se puso delante los cielos se abrieron y la polvorienta tierra calmó su sed al instante y el aguacero limpió todo lo que había ocurrido entre ellos, el daño que se habían hecho mutuamente. Con cada momento que pasaba el amor que habían sentido el uno por el otro renacía. Al principio como simples gotas lentamente, y luego como una cascada ..." La mujer, un ser pusilánime y despreciable, que prefiere mirar hacia otra parte para mantener su estatus y que está preocupada por el marido, por la inconfesable enfermedad que lo acecha, prefiere echar la culpa de sus males al gobierno, incluso de un robo muy dudoso del coche del impresentable de su esposo. preocupado en fabricarse la coartada de un delito. Un hombre sin conciencia que sabe que los jóvenes tienen más problemas que las mujeres para denunciar una violación, por lo que se ampara en la impunidad. En un país en el que la homosexualidad es moneda corriente, el prefiere esconderse tras su ku-klux-klan privado, constituido por machos respetables, para practicar la homosexualidad entre ellos y abusar de jóvenes desprevenidos que nunca hablarán. La discriminación racial la llevan hasta el sexo. 

Una película triste que demuestra que las comisiones de la verdad sirvieron para muy poco, que los negros son tratados como animales, que los patriarcas blancos abusan, en el sentido literal del término, de los hijos de sus amigos y familiares, debilitados por la ausencia de un medio de vida que garantice su independencia. Un cineasta que maneja su cámara sin miedo y que deja una de las imágenes más duras de la violación de un joven por un' hombre honrado', como diría William Shakespeare al referirse a los boni, los optimates, que mataron a  Julio César, haciendo ostentación de la más absoluta cobardía, conocedores del pudor de unos jóvenes que mantendrán en silencio su 'deshonra'. Frente a estos monstruos, Christian, un joven sencillo, cándido e ingenuo y un tanto bobalicón al principio del film, perdida la inocencia de la forma más brutal,  seguirá la máxima de Lorca: "atrapado por el cielo/entre las formas que buscan la sierpe/ y las formas que buscan el cristal/ dejaré crecer mis cabellos".


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