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La Revelación: Nuevo Nuncajamás

jueves, 21 de mayo de 2015

Crítica de Poltergeist para Cinelodeon de Juan Roures.






POLTERGEIST 2015

POR JUAN ROURES

(21 DE MAYO DE 2015)



Hay pocos empeños más arriesgados que lanzarse a la revisión de un clásico fantástico de los ochenta, una época recordada por la mayoría de los cinéfilos contemporáneos con un alto grado de nostalgia (y, por consiguiente, de subjetividad). De hecho, por mucho que nos cueste admitirlo, la mayoría de los iconos cinematográficos de esta década está lejos de poder considerarse ‘obra maestra’. Entre ellos, sobresale la aterradora Poltergeist (1982), dirigida por Tobe Hooper y producida por Steven Spielberg, quien ese mismo año sorprendía al mundo con la entrañable E.T. El extraterrestre. Pues bien, treinta y tres años después ha llegado el esperado-pero-temido remake de la mano del productor Sam Raimi, artífice de la trilogía de Spiderman (2002-2007), y el director Gil Kenan, creador de la agradable Monster House (2006, nominada al Óscar a mejor film de animación) y la irregular City of Ember: en busca de la luz (2008). Y, como sucede con la práctica totalidad de revisiones de clásicos de terror, el resultado se ve seriamente perjudicado por una latente previsibilidad y una preocupante falta de innovación. 


La fuerza de los grandes films del género reside en el miedo a lo desconocido. ¿Qué sucede en el nuevo Poltergeist? Que dicho miedo sólo existe en el interior de aquéllos que se perdieron la cinta original, a la que esta película copia rigurosamente, tan sólo dejándose por el camino los elementos que dieron a aquélla su mítica esencia. De hecho, resulta irremediable echar de menos a la médium a la que dio vida en su día Zelda Rubinstein, sustituida aquí por un Jared Harris más paródico que intrigante… ¡y que para colmo sirve de excusa para introducir una historia de amor tan torpe como irrisoria! Y es que ni los actores ni los propios personajes parecen tomarse la película en serio. Sam Rockwell y Rosemarie DeWitt cumplen como la pareja protagonista, al igual que Saxon Sharbino, Kyle Catlett y Kennedi Clements están correctos en los papeles de los hijos, pero la irreverencia de los diálogos dificulta bastante su labor… ¿O quizá no recibieron las instrucciones adecuadas en el rodaje?

Ante el creciente número de gags que nos ofrece la trama, da la impresión de que el propio guionista (David Lindsay-Abaire) hubiera renunciado al propio terror, que no llega siquiera a la categoría de susto. De hecho, la cinta cae a menudo en la parodia, algo que no sería necesariamente malo si el realizador tuviera claro que ese es el camino que desea seguir. ¿Ha perdido el público el miedo y el interés por las casas encantadas? Basta posar la mirada en las magistrales Expediente Warren (James Wan, 2013) y Babadook (Jennifer Kent, 2014) para comprobar lo contrario. No, el problema es que las motivaciones de este remake resultan complicadas de entender al no haber indicio alguno de nueva visión en él. Y, claro, todo es tan predecible que la historia se torna aburrida pese al innegable entretenimiento liviano que granjea: los primeros minutos de la cinta logran captar la atención del espectador, pero éste la pierde paulatinamente conforme va dándose cuenta de que no se encontrará nada nuevo. La televisión, el payaso, el armario, el cementerio… Todo sigue igual: igual de divertido, igual de impresionante; pero igual. El cine es un arte en constante evolución y, desgraciadamente, por este remake no parece haber pasado el tiempo.




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