Páginas vistas en total

sábado, 8 de agosto de 2015

Mi casa en París. Comentario.




Ficha técnica, sinopsis, críticas. (Pincha aquí)

Comentario:

El núcleo temático de esta historia, el background que desata todas las tormentas y contradicciones, todas las mentiras inconscientes y los engaños meditados, es una institución francesa, la del viager, un tipo de venta de bienes raícesuna figura legal que se intentó implantar en España, sino igual si parecida, la hipoteca inversa, en la que el dueño de una propiedad, ya sea una casa o un negocio, como la academia en la que trabaja Chloë, que su madre cedió a cambio de que su hija trabajara en ella mientras el negocio permaneciera abierto, permite presentar a una vieja dama como un icono del savoir vivre francés, una mujer longeva que le hizo una buena faena a todos los que les rodeaban, ya fueran su hija, su amante o el hijo de éste, el pardillo norteamericano, que cree que ha heredado una propiedad, cuando en realidad había recibido en herencia una deuda, ya que la mujer tiene ya 92 años pero goza de muy buena salud, él se acerca a los sesenta y su condición de ex-alcohólico no le da tan buenas perspectivas. A cambio de vender su casa con ella dentro se garantiza una vida acorde con la mejor posición: una casa en el centro de París con un jardín espectacular, buenos muebles y accesorios y comidas acompañadas de ostras, langosta y los mejores vinos franceses, cada día. Él tiene que abonarle, a cambio de mantener la propiedad, un sueldo de 2300 euros al mes, situación que ella mejora con una especie de intercambio en especie con su médico, cocineros y otros proveedores de buena vida; como contrapartida les da clases de inglés, un síntoma de la caída de Francia como capital cultural del mundo conocido. Si el vendedor muere pronto, el comprador lo reemplaza; si el comprador muere antes lo pierde todo, aunque puede intentar venderlo a un promotor con el viager incorporado, aunque pierda parte de su valor.

Bueno, ésto es todo lo que da de sí el film. Los tres actores, y en especial Kevin Klein, son obligados a funcionar como  lo harían en un escenario, no a gritar porque la fragmentación cinematográfica permite al realizador acercar las cámaras y disponer los planos a su gusto, pero sí a realizar una serie de gestos faciales y corporales que poco o nada tienen que ver con el cine. La vuelta a la bebida de Mathias, engulliendo botellas de buen vino enteras, produce imágenes para ser vistas desde los palcos, las últimas filas de la platea o las barandas de los pisos superiores, y son en absoluto innecesarias cuando tienes la cámara encima; en ocasiones sientes vergüenza ajena. Las salidas al exterior son propias de un novato, como el aria 'Cogeré tu mano' de la ópera 'Don Juan' de Mozart,  que canta una mujer vestida de negro, en la orilla opuesta del Sena a la que el hombre se encuenta, en dos ocasiones: la primera en la que el neoyorquino se entrega por primera vez al Dios Baco en el país galo, después de un tiempo de abstinencia, y cuando descubre que no existe ningún obstáculo moral para su entrega a Chloë; estas secuencias nos proporcionan las imágenes menos carentes de magia de la historia del cine, cuando son tantos y tantos los realizadores que han convertido estas márgenes del río de la que fue, en otros tiempos, no sólo capital de Europa, sino casi del mundo entero en prodigiosas y que aquí dan vergüenza ajena. Me vienen a la cabeza 'Un americano en París' de Vincent Minnelli, (1951). Por otro lado el propio Klein consiguió dejar para el recuerdo imágenes imborrables como las de  'The Lovely ' de Irwin Winkler (2004), o de la comedia 'In & Out, dirigida por Fran Oz en 1997. Si Horovitz se desenvuelve mal en los espacios cerrados, que son lo suyo, en el exterior da verdadera pena.

Las situaciones que se generan rompen todos los esquemas de una mente mínimamente lógica, como la visita de Mathias a la médico que cuida de la anciana viager, o la de Chloë cuando se presenta en casa de su amante, casado y con dos hijos, para romper con él. El doblaje es tan desafortunado y penoso que no sabemos cuando se habla del padre o de la madre de Mathias, y el final recuerda más a los memes de facebook o a un libro de auto-ayuda que a una reflexión filosófica a modo de conclusión. Hay algún guiño a la modernidad, mediante los selfies que constantemente se hace el protagonista con un teléfono móvil que ya sólo sirve para eso, ya que la falta de pago lo ha inmovilizado para sus funciones básicas. La ausencia de medios actuales de comunicación devuelven a los protagonistas al papel y la pluma y a la comunicación por medio de los tradicionales diarios. Las fotografías antiguas ayudan a reconstruir la vida de las dos familias en juego, algo que habrá llenado de gozo  a los amantes del pasado.

A pesar de que la película es claramente teatro filmado, y de que pretende que el público siga el decurso de la historia a través de largos parlamentos y diálogos farragosos que giran y giran en torno a los mismos temas, acabando con la paciencia del público más leído, de la redundancia de los gags en torno a unas cuantas cabezas de animales cazados, colgadas en las paredes como trofeos, que, al menos a mí, no me han hecho la más mínima gracia, pero que para muchos indican la solera de los ocupantes de una casa tan rancia como en decadencia, los actores nunca rompen la cuarta pared dirigiéndose a su público, algo que hacen con frecuencia directores como Woody Allen, logrando, a la par, que sus películas sean sólidos ejemplares de auténtico cine; Horovitz, haciendo lo que sabe y disimulando todo el tiempo aquello de lo que no ha sido capaz, se ha quedado encerrado dentro de las cuatro paredes de un escenario. A mayor abundamiento Horovitz no ha sabido captar esa decadencia profunda de las escaleras que dan acceso a las viviendas, que tanto agradan a los parisinos y que las vemos en películas de todo tipo, desde Truffaut y Godard en muchas de sus películas,  hasta las del americano Linklater, cuando coloca una de las entregas de su trilogía sobre Jesse y Celine, 'Antes del atardecer'(2004), en la ciudad de París, en la que el cineasta americano nos introduce en uno de esos patios franceses que dan acceso a diversas viviendas. Algunos chistes intenta provocar una risa fácil, como la afirmación de Mathilde de que fue amante de Django Reinhardt, el creador del Gipsy Jazz (fusión de música gitana y de swing, o jazz gitano), que tenía dos dedos de su mano incapacitados a causa de un incendio, a lo que Mathias responde si también conoció a Sigmund Fred. Esta segunda parte del chiste fue la que hizo reír al público. De verdad.


No hay comentarios:

Publicar un comentario