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sábado, 24 de junio de 2017

Maudie, el color de la vida. Comentario.



Ficha técnica, sinopsis, críticas, cartel y trailer. (Pinchad aquí)


Comentario:



Se sabe poco de Aisling Walsh, cineasta nacida en Dublin, Irlanda del Norte, cuya opera prima para el cine es precisamente este film de 2016, para el que eligió como protagonistas a Ethan Hawke y a Sally Hawkins, no sólo dos buenos actores, sino los mejores para representar a estos dos losers (perdedores) que son Everett y Maud Lewis, en cuyas vidas todo pasa porque tiene que pasar, sin buscarlo premeditadamente y, sin embargo, el resultado rompe con todos los tópicos que sitúan la felicidad del hombre en su leve tránsito por la vida en la belleza, el dinero y el poder, tres condiciones de las que esta pareja carece por completo. Aisling Walsh consigue que el espectador esté durante casi dos horas atento a lo que ocurre en la pantalla, como un voyeur privilegiado que asiste desde su butaca al desarrollo de una historia que antes de tener la suerte de conocer esta historia hubiera imaginado con horror.

Maud y Everett son una mujer y un hombre absolutamente desempoderados: ella es una joven desahuciada por una artritis reumatoide degenerativa, abandonada por la única familia que le queda, su hermano, que vende la casa paterna y la deja en casa de una tía, a  cambio de una remuneración que no se hace explícita y que no la trata precisamente bien. Esta mujer esconde un terrible secreto relacionado con la joven, a la que su enfermedad le ha arrebatado los derechos más esenciales y básicos que posee cualquier ser hmano; Everett es un pescador sano y fuerte, educado en un orfanato, pero ignorante, tosco e incapaz de mantener una relación social aceptable; vive en una pequeña casa lóbrega, oscura, mal cuidada y busca una mujer que, a cambio de un lugar en el que descansar sus huesos y unas pocas monedas asee el lugar, una oportunidad para Maud de independizarse de la tutela de una tía que no le muestra demasiado cariño.

Acostumbrada a los palos, apenas da importancia a los toscos desprecios de Everett, más bien al contrario. Su respuesta  a los gruñidos consiste en ir pintando, primero los viejos muebles y después las sombrías paredes de colores brillantes y dibujos infantiles y naïfs, que comienzan a ser valorados por las condiciones físicas de una mujer que, sin bien no sabe hacer la o con un canuto, es decir, no sabe hacer un dibujo a mano alzada, posee una imaginación portentosa. Poco a poco la casa de la bruja que era la vivienda de Everett se va convirtiendo en un festival de luz y color, para asombro de los lugareños. A la par va naciendo un profundo cariño entre el hombre y la mujer, que desemboca en boda por un contacto físico inevitable: ambos duermen en la única cama de que dispone el modesto habitat.

La directora irlandesa, junto con un actor norteamericano y una actriz londinense, hija de autores e ilustradores de libros infantiles, van construyendo una pastoral  canadiense, en la que sus protagonistas alcanzan unos sueños que no se hubieran atrevido ni siquiera a imaginar: consiguen la fama, gracias a una vecina neoyoquina bien situada en el mundo del arte que aprecia, en lo que vale, el trabajo de Maud y le hace publicidad; el matrimonio sale en los periódicos del país e incluso Nixon le compra un cuadro. Al fin conocen un amor que va mucho más allá del romántico, y hacen posible un auténtico hogar, en el que el hombre, sin planteamientos teóricos feministas, se engarga de realizar tareas domésticas para que su esposa pueda pintar. Eso sí, tras superar algunas contradicciones. Un film apacible, tranquilo, cuya belleza reside en la armonía, la sencillez, por lo que proporciona al espectador una profunda placidez, la misma que nos invade cuando contemplamos a los campesinos de Millet cuando siegan, cosechan u oran terminada su jornada, cuando se pone el sol.



La auténtica Maud. Fotografí de Wikipedia.

Es lenta, dice algún que otro espectador, pero a mí, que disfruto con el cine estruendoso, muy fragmentado y con gran ritmo, no me lo ha parecido. Quizá porque, de vez en cuando, un poco de paz sienta bien, sobre todo si nos la proporcionan Ethan Hawke y Sally Hawkins. Un trabajo sorprendente de todos los implicados.



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