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domingo, 11 de junio de 2017

Pastoral americana. Razones para una adaptación de Philip Roth.




"Toda una comunidad imploraba que no nos echáramos a perder, que aprovecháramos la oportunidad, explorásemos nuestras ventajas, recordásemos lo que importaba de veras."


Han  transcurrido mas de veinte años desde que Philip Roth escribiera estas palabras, en este orden, y recibiera por ellas y muchas más el Premio Pulitzer en 1997. Nos preguntamos qué sentido tiene hacer una adaptación literal del contexto socio -económico de la Norteamérica de posguerra de la década de los 60 del sigl pasado, a no ser para detectar unas constantes inherentes a la esencia del ser humano que se traducen en ciertos tópicos y estereotipos que sirven de materia prima a guionistas y escritores para construir sus relatos. Tanto factores aleatorios como condicionantes de origen se entremezclan en las historias de Roth, que coloca su foco en la comunidad judía estadounidense con el objetivo de demostrar la contradicción de este pueblo, condenado a un cosmopolitismo no buscado, que "quiere encajar y destacar y que insiste en que es diferente y a la vez en que no lo es. Y como consecuencia la de querer ser norteamericano y no querer al mismo tiempo.

Ewan McGregor realiza en su película un ejercicio semejante al que describe Giulio Carlo Argan con relación a dos cuadros con el mismo esquema: La balsa de la medusa de Gericault (1818-1819) y La libertad guiando al pueblo de Delacroix, (1833) . Si nos fijamos bien veremos que ambas representaciones contienen  unas figuras sobre una base inestable, una balsa y una barricada; en primer plano hay unos hombres muertos con unas medias caídas, exactamente iguales y las figuras componen un crescendo que culmina con un hombre que levanta un brazo que agita un trapo en el primero y en el segundo una bandera. ¿Es posible que un pintor como Delacroix copiara una obra de otro gran maestro ? La verdad es que no: simplemente le dio la vuelta y cambió el significado del original. Mientras los hombres de Gericault buscan angustiados quién les ayude, náufragos en una balsa insegura, sin esperanza, los de Delacroix caminan de frente sobre los cuerpos de sus enemigos. Han alcanzado la victoria y están ufanos. El antiguo régimen ha caído y la revolución ha triunfado.

Desde las primeras páginas del libro de Roth entendemos el ejercicio que han ido haciendo el guionista  John Romano y el realizador Ewan McGregor para darle la vuelta al libro de Philip Roth. Al comienzo del libro, el escritor judío nacido en Newark, New Jersey, un dato que indica que el relato está sazonado de datos autobiográficos, introduce dos citas, una de Johnny Mercer que nos invita a soñar, y otra de William Carlos Williams, que nos recuerda que todos nos vamos a ir de este mundo con nuestra dosis de miseria , ( si no nos llevamos  más), a pesar de la "infrecuencia con que ocurre lo inesperado". 

En la primera parte, "El Paraíso recordado", en el texto literario y cinematográfico, el Sueco, en la memoria de un compañero de colegio (público), el escritor Nathan Zuckerman, aparece como el ideal de cualquier colectividad occidental, no sólo norteamericana, el rubio, (Ewan McGregor rejuvenecido con photoshop, de sonrisa bobalicona), el prototipo de la raza caucásica, que a diferencia de los de su grupo, y de los padres poco instruidos que sólo buscan los logros académicos de sus hijos a cualquier precio y detestan actividades poco relacionadas con la productividad (industrial, ejercida en profesiones liberales..), - en este caso una leyenda juvenil que destaca en cualquier deporte - destaca en actividades improductivas, aunque gracias a esta 'excepción' el vecindario puede vivir la fantasía de los hinchas de los gentiles (los que practican otra religión o ninguna). La cámara, la fotografía, la música y todos los recursos estilísticos del lenguaje cinematográfico se ponen al servicio de crear una imagen pastoril e idílica, ridícula e infantil  del Sueco, que sólo es capaz de idealizar un niño como Nathan Zuckerman, una fantasía que conserva el escritor adulto hasta que se topa con el hermano del ser que ha colmado sus delirios infantiles. En ese momento, superados los sesenta años, todavía conserva algo de inocencia y le falta la malicia suficiente para comprender que no debemos entender a la gente, sino malentenderla, para de este modo equivocarnos como los demás y no sufrir más tarde las decepciones y como consecuencia tornarnos inseguros y resentidos (Philip Roth).

Hay un encuentro, que obvia McGregor y que tiene el interés de ayudarnos a entender por qué ha rellenado los huecos que dejan los personajes (los padre de el Sueco, su mujer, Dawn Dwyer, Miss Nueva Jersey, antes de competir en Atlantic City por el título de Miss América, que había acumulado otros títulos en su corta vida. Una gentil que había sido también Miss Condado de la Unión y Reina de la Primavera de Upsala. Una mujer  de carácter que le deja bien claro al padre de Seymour, antes de casarse con él, que es gentil y que ni ella ni los hijos que tenga con el suyo se van a convertir en judíos, ni van a seguir sus ritos. Una de las secuencias más interesantes del film. Pero volvamos sobre el encuentro que la película obvia. En esta cita, concertada por medio de una carta, el Sueco sugiere que le gustaría que escribiera un elogio sobre su padre, que falleció a los 96 años, y que sufrió más de los que muchos creen. Ya reunidos, le cuenta que tuvieron que cerrar la fábrica de guantes de Newark Maid a causa del crimen y la inseguridad que se había instalado en las calles, en la que jóvenes negros habían impuesto una práctica: robar los coches de sus vecinos, sin importarles el color de su piel, y jugar a rosquillear, que consiste en conducir estos vehículos a toda velocidad, frenar en seco, tirar del freno de mano, girar el volante y comenzar a dar vueltas a velocidades tremendas, matando a peatones, automovilistas e incluso, si es preciso, inmolarse ellos mismos, unas circunstancias que hacía inhabitable el lugar en que crecieron, se desarrollaron sus negocios y prosperaron, mientras los hijos estudiaban y colmaban sus aspiraciones, como le había ocurrido a él, al escritor y a su hermano Jerry. John Romano no distorsiona el texto cuando afirma que, si bien la fábrica de los Levov se nutría de trabajadores negros, el trato que les dieron fue tal que sólo sufrió la rotura de algún cristal, y no fue incendiada y demolida como las demás, lo cuenta así Philip Roth. En esta conversación  Seymour le habla de sus tres hijos: Chris de 18 años, Steve de 16 y Kent de 14, estudiosos y deportistas. Pero sufre un lapsus, un olvido voluntario, que no explica la razón del encuentro.

Se olvida hablar de su hija, "Meredith Levov, la terrorista de Rimrock, la alumna de la escuela media que hizo volar la oficina de correos y mató al médico; la chica que detuvo la guerra de Vietnam cargándose a una persona que enviaba una carta a las cinco de la madrugada, un médico que se dirigía a un hospital. Una chica encantadora" , dice el tío  con todo el desprecio de que es capaz. Y es precisamente en este momento, en el que las arrugas vuelven al rostro de Ewan McGregor, cuando guionista y realizador dan la vuelta al texto y lo actualizan: borran a los tres hijos del Sueco, no hablan de ellos, y convierten en el centro de la pastoral primero y el infierno después a la dulce y acomplejada niña, la tartamuda Meredith, afectada por un acusado complejo de Electra, cuyo origen radica en la incapacidad de poder soportar la apabullante belleza de su madre. La enfermedad y la muerte se encargan del resto, de repartir a cada cual su cuota de miseria, una crueldad aliviada temporalmente por la cirugía plástica en el caso de la miss, que no le queda ni el soporte moral de tres hijos vigorosos, estudiosos y deportistas. Ewan McGregor la ha hecho y no le van a dejar irse de rositas. Las críticas son demoledoras y yo aconsejo leer el libro para entenderlas mejor, a pesar de que creo en la libertad creativa y no en el sometimiento de un texto a otro.

Frente a quienes prefieren dividir el texto en tres apartados: Paraíso recordado, La Caída y Paraíso perdido, Ewan McGregor divide su relato en dos, en función de sus necesidades narrativas; si en la primera el Sueco es el símbolo del sueño americano, en la segunda es un ser atormentado; en la película quedan claramente diferenciados desde que cambia el punto de vista y narra Jerry, mientras Nathan asimila lo que le están contando y pasa a un segundo plano. Aquí terminamos con la pastoral. Prometemos hablar del infierno, mucho más largo y difícil de transitar en la vida de las personas. Solo añadir una cosa más. El primer capítulo, 'Paraíso recordado',  narrado en el film y en la novela, de la misma manera, se centra, según la crítica especializada  en las relaciones que en ambos casos se vislumbran entre individuo y sociedad, una ''las maneras en que cada uno debe negociar su vida de cara a fuerzas históricas que están más allá de su control'' (Royal, 2008, p. 120). En este tipo de estudios se enfatiza en cómo la vida del Sueco, el protagonista de Pastoral, un ''hijo privilegiado de la fortuna, un hombre encantador, encarna un contrapunto entre la identidad nacional norteamericana y su sentido de pertenencia a una nación, marcada por la búsqueda del sueño americano, y la identidad tribal  y su vinculación a un grupo étnico de ideas arraigadas, el judío, que ha asimilado los valores del pueblo de acogida,  y la consecuente asimilación de sus valores, que es, además el héroe de la historia  (1)

(1) La instancia metaficcional y la subjetividad en Pastoral Americana. Yasmina Lópz Alzate.Ikala Revista de Lenguaje y Culturas.



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