Yo, Tonya. Crítica.





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Crítica 



Craig Gillispie, el director de 'Lars y una chica de verdad', un remake de 'Tamaño natural' de Berlanga, (1973) nos lega este precioso y comprometido film, de los mejores de la temporada, que todavía permanece en los cines , aunque ya ha pasado a la sesión de las 22,35 horas, lo que es un indicio de que pronto desaparecerá de la cartelera. Hay que lanzarse a la última oportunidad o esperar el vídeo, DVD, o mejor Blu-ray, cuyos precios se aproximan cada vez más.




No comparto, para nada, la opinión de quien afirma que el film es divertido. Si esa era la intención de  Gillispie, lo cierto es, que al menos desde mi punto de vista, uno más de los que se encargan de ofrecerlo en el propio relato, incluido el marido-maltratador, cuyo look ha cambiado hasta tal punto que lo hace irreconocible, habrá fracasado por completo, algo que no se produce.  El background señala a una madre y su hija pertenecientes a la white trash (basura blanca), que luchan por alcanzar el sueño americano, que promete que si uno se esfuerza en la dirección correcta, la de sus capacidades, logrará su objetivo. No habla esta imagen positiva de cómo es el camino que debe recorrer un individuo de la clase baja para llegar a la 'Ciudad Esmeralda' y descubrir que todo es un maléfico engaño.





Tonya o Tanja (diminutivo del nomen latino Antonia ) comienza su andadura a golpes, que le propina una mujer, su madre, (una persona dura que fuma y bebe constantemente y que al fin parece enfermar, un detalle en el que apenas se incide y que denotan unas vías respiratorias que emergen de los huecos de su nariz), que cree que es el estímulo más adecuado para que la niña, que comienza su carrera a los cuatro años, descuidando su formación escolar, se convierta en la mejor patinadora de Estados Unidos. La progenitora es sustituida por el compañero primero, marido después, que le pega con desparpajo, hasta acabar hundiéndola definitivamente. Cerradas todas las puertas Tonya se hace boxeadora, ya que , de todos modos, la violencia era lo único que conocía desde la infancia. En el proceso conoce que en todas estas vías de creadores de mitos no sólo cuentan las cualidades artísticas. Un miembro del jurado le advierte de que EE.UU. busca a alguien a quien, no solo admirar, sino también amar y a la vez odiar, y el paradigma debe ser fácil de interpretar. Un papel que no puede jugar una chica (tiene 23 años) que ha nacido y se ha educado en el seno de una familia desestructurada.






El director no aborda únicamente el problema de la violencia de género, que la hay diseminada a lo largo del film, con palizas de envergadura, sino cómo inciden estas relaciones tóxicas en quien, inducido o de manera voluntaria, decide jugárselo todo por una oportunidad. Dos películas nos hablan de ésto en esta nueva convocatoria de los Oscar: 'El hilo invisible' de Paul Thomas Anderson, en la que un modisto, que ha dedicado su vida a la creación, es envenenado por una mujer que lo quiere dócil y sometido, cuando ya peina canas, y ésta, en la que una chica que ha tenido una terrible infancia, dedicada a alcanzar el sueño de ser la mejor patinadora de su país, tras ser la primera que realiza con éxito el 'triple salto Axel', es machacada y arrojada fuera de su sueños por un hombre posesivo y dominante, que, como la madre, deciden orillar las leyes que protegen a las mujeres y no respetarlas. Luego Él tendrá dos parejas más; Ella rehará su vida, pero tendrá que abandonar aquello por lo que luchó y sufrió palizas desde los 4 años. "Esta es la historia de mi vida. Yo Tonya." Así concluye este relato una mujer todavía joven a la que la sociedad coloca en el lugar que cree que le corresponde y que nada tiene que ver con sus capacidades. Su entrenamiento se había producido entre el área del terrorismo y el espionaje, y un miembro del jurado se había encargado de deirle que no podía ser campeona nacional e internacional quien no se adaptaba al paradigma de familia feliz norteamericana.







Pero si el lugar de la mujer en esta historia es el de la loser, no la trata mejor la cámara de Craig Gillispie, que reduce a todos los personajes que pasan ante ella a la condición de ordinary people, de gente pequeña, sin atractivo, mal vestida, peor peinada y de ademanes rudos. En la mejor de sus representaciones, la bella Margot Robbie aparece cargada de hombros, rellenita, con brakets, ropa de low cost y con frecuencia con la cara amoratada por los golpes que le propina el marido. Incluso las mujeres que hacen top less  en los locales de entretenimiento del suburbio carecen de atractivo, están gorditas y tienen los pechos caídos. Tonya se hace los trajes para las exhibiciones y no es difícil imaginar el resultado, lo que unido al color del esmalte de sus uñas y algún que otro indicio de su procedencia de clase baja le ocasionan problemas que nada tienen que ver con su capacidad para el arte del patinaje. Un film triste, pero valiente y necesario que nadie se debiera perder.




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