El hilo invisible.Crítica.


LAS EXIGENCIAS E INTRANSIGENCIA DE LOS DEMÁS SON LOS FACTORES QUE FABRICAN NUESTRA INFELICIDAD.



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CRÍTICA.


Las expectativas de que era portador cada espectador al entrar en la sala determinan su decepción o su satisfacción plena, como hace decir a su protagonista el propio Paul Thomas Anderson; del mismo modo los críticos, que parten de una consideración muy elevada del cineasta californiano, empujan a Luís Martínez a decir que _ "El hilo invisible vuelve a convertir la sala de proyección en el escenario quizá mítico de un acontecimiento cerca del milagro. De nuevo, los géneros se fracturan. Es drama con el mismo empeño que farsa; es obsesión con idéntica necesidad que sueño. Otra vez la película navega ajena a convenciones sólo pendiente del tacto tenue, quebradizo y sonámbulo de la música de Jonny Greenwood. Y de la misma manera que en sus siete películas anteriores, los actores (irrefutables Daniel Day-Lewis, Lesley Manville y Vicky Krieps) aciertan a confundirse con la materia de la misma vida."1





Para construir su relato el realizador dice haberse inspirado en Balenciaga, cosa que no ablanda al enfant terrible de la crítica española, Carlos Boyero, que se queja del estatus privilegiado de que goza en el cine artístico norteamericano el niño bonito de la enamorada crítica que " nuca había recibido demasiadas nominaciones para los Oscar. Con El hilo invisible ha logrado un montón. Y es probable que sea bendecido. Sería el triunfo de la qualité, del cine presuntamente sutil y profundo, del ejercicio de estilo con pretensiones de brillantez, de la convicción de que existe una historia muy turbadora detrás de otra historia que parece lineal, de atrevidas y halagadoras comparaciones..."2



No puedo disentir más de Beatriz Martínez cuando afirma que "Paul Thomas Anderson siempre ha situado en el centro de sus relatos una figura masculina totémica y dictatorial alrededor de la que gira absolutamente todo. Aquí, su Reynolds Woodcock se convierte en el tirano de la función. Carente de sentimientos, ególatra y déspota, solo sabe dar órdenes y ejercer el control sobre aquellos que lo rodean." 3 





Partiendo de estas opiniones que se repiten en las diferentes críticas, nos enfrentamos a un discurso cinematográfico, que muestra una evolución del cineasta, en la que Paul Thomas Anderson se empeña en demostrar que no desprecia ni los recursos más convencionales (fundidos, grandes angulares, planos-secuencia), ni los medios que le proporcionan las nuevas tecnologías, ya se trate del uso de drones, tratamiento de la imagen y el color sin prejuicios o cualquier otra maniobra menos ortodoxa, hilvanando todo su lenguaje de una manera sutil y casi imperceptible, absorto en la contemplación del dominio del lenguaje audiovisual y su evolución, que Luís Martínez llama dominio de la técnica  en la que se va consolidando un autor tan poco prolífico. El relato se articula en torno a un gran flashback, con tres viajes al presente de la narración, en el que Alma, (Vicky Krieps), cuenta a un joven médico de qué manera la pareja constituida por ella y el modisto Reynolds Woodcock (Daniel Day Lewis) han llegado a la situación en que se encuentran. Una estructura que no parece muy bien justificada.




Anderson se retrotrae a una época en la que el trabajo del experto, en este caso el modisto, no era poner dos transparencias sobre un cuerpo más o menos perfecto y perfectamente visible, sino en confeccionar una envoltura que hiciera aparecer bella a una mujer que no lo era tanto. La propia Alma, una camarera convertida en modelo, tenía poco pecho, un poco de barriguita, hombros anchos y un exceso de protuberancias traseras, lo que no disgustaba al hombre para quien su trabajo consumía la mayor parte de sus energías. El hilo invisible no nos habla del amor, sino de todo lo contrario, la imposibilidad de mantener en el tiempo un sentimiento parecido, la inmposibilidad de la pareja trascendida a cualquier tiempo y lugar, de que tanto habló Bergman. Un hombre como Reynolds, que se ha hecho a sí mismo, con el único apoyo de su hermana, -perdió pronto a su madre -, que le ayuda pero no demanda su atención y sabe respetar sus silencios. Cualquiera hombre o mujer que se haya dedicado a un trabajo creativo conoce, primero, la intransigencia de quien le recuerda a cada la frivolidad de su decisión, que, cuando ya las canas coronan su cabeza, quien no tiene tiempo para coquetear busca parejas, generalmente jóvenes, que, en principio parecen aceptar las reglas del juego, pero luego quieren doblegar a quien las o los ha atraído por su talento y convertirlo en ese hombre o mujer que hubieran sido si se hubieran dedicado a una vida corriente como los demás (secuencia de la cena); hay quien, además, los fagocita. Este será el gran drama del modisto que acabará dependiente de la mujer que parecía insegura e indefensa.




Pero hay algo con lo que nos ganará Paul Thomas Anderson, sin palabras, aprovechando al máximo el registro de Daniel Day Lewis, inquietando, desconcertando  a los espectadores, cuando Reynolds ve por primera vez a Alma y le pide un abundante desayuno, acariciando su cara y su cuerpo con cada palabra, enamorándola con cada mirada. Pero del mismo modo manifestará, amplificándolo, el malestar que le provoca cualquier ruido que la chica hace mientras unta la tostada de mantequilla, llena su taza de café, o toma el brebaje, arruinando de forma definitiva la jornada laboral de quien necesita una gran concentración cuando inicia su intento de inspirarse cada día. Quien había logrado mantener su soltería hasta una edad ya madura, cae en una trampa mortal, y el  desencuentro  con su pareja solo puede desaparecer si uno de los dos se debilita hasta el extremo de depender absolutamente del otro, anulándose. De este modo el desenlace de las relaciones de la pareja coincidirá con el de una moda que dejó de pertenecer a su creador para pasar a depender del que paga, de la cliente, que impone su criterio y elimina para siempre una forma de hacer. Para ello están más capacitados los jóvenes. Envenenamiento metafóricos o no conducirán a una muerte lenta y definitiva de una época, su cultura y sus creadores. ¿De qué nos habla, pues, el título? ¿De la evolución del autor, de lo que une a una pareja, una época...?





Es de agradecer que Daniel Day Lewis prescinda en gran medida de su histrionismo y que Paul Thomas Anderson que lo dirigió en  «Pozos de ambición», haya logrado contener a este embravecido y descontrolado actor, apoyado en dos mujeres tranquilas, Lesley Manville y Vicky Krieps, la hermana y la amante, sin mostrar que debe realizar demasiados esfuerzos para conseguirlo. Una de las mejores películas del californiano, apoyado en uno de sus actores fetiche. No es la película para quien espera un film lleno de glamour, de mujeres bellas desfilando por las pasarelas; la belleza radica en el esfuerzo, el talento que permite convertir a mujeres normales en verdaderas diosas, una labor que oculta muchas horas de trabajo para liberar al genio que todos llevamos dentro.



1. 'El hilo invisible': el cine y la niebla. Diario 'El Mundo', 2 de febrero de 2018.
2. Sadomasoquismo de diseño. Diario 'El País', 2 de febrero de 2018.
3. Crítica de 'El Hilo Invisible': alta costura cinematográfica. 'El Periódico', 2 de febrero de 2018.



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