Pierrot el loco. Crítica.







Crítica:



Jean-Luc Godard  presenta bajo el título de 'Pierrot le fou' un relato de metaficción, en el que su protagonista masculino, interpretado por Jean-Paul Belmondo dialoga constantemente con su público, rompiendo la cuarta pared y pidiendo silencio a Anna Karina mientras lo hace. Un film esteticista, en el que muchos de los recurso que utiliza han sido adoptados por directores como George Lucas en su American Graffiti, e incluso Nicolas Winding Refn en su Drive, como la iluminación de los coches durante la noche con la luz que emana de los neones de los locales de ocio nocturnos. Pero a la par muestra su admiración y respeto por los musicales que proceden de Estados Unidos, sin llegar a filmar obras enteras cantadas, no dialogadas, como hacía Jacques Demy en 'Los paraguas de Cherburgo'. No olvidemos que fue Godard quien advirtió de que hablar de cine americano era una redundancia.

Una oportunidad más para ver cine del director que conoció la fragmentación de las imágenes y la aplicó en 'Al final de la escapada' (1960), o  'Banda aparte' (1964) y que ahora dice 'Adiós al lenguaje' (2014), y pide también su fragmentación, consciente de que el espectador es capaz codificar mensajes verbales troceados. Su pieza adopta la forma de una road movie muy loca y sangrienta en la que sus protagonistas actúan como los de Malik en Badlands, o los célebres Bonnie & Clyde, aunque mucho menos violentos, evitando con frecuencia el primer plano en las secuencias de tiroteos, que evocan los títeres de los pequeños teatrillos,  y soslayando el color de la sangre, protagonizada por una pareja que  actúa con frecuencia mecánicamente; Anna Karina llama a Jean-Paul Belmondo siempre 'Pierrot', una víctima del amor no correspondido, vinculando al personaje con la Comedia del Arte, que esconde en el momento crucial su auténtico rostro tras una máscara de pintura azul, no enharinada o blanca. Un ser tragicómico que comulga con el espíritu de una época en la que nadie parecía extrañarse de que un hombre rompiera con su estatus de vida burguesa y pudiera acabar su vida de la forma más patética y absurda.
Las referencias culturales, literarias y pictóricas, hoy caídas en desuso, son constantes, y actúan como conectores de un relato sin aparente coherencia. En todo momento, en todo lugar, en la decoración de las casas o las ropas de los amantes, aparecen con frecuencia los colores de la bandera francesa, así como en las cuñas televisivas, filtradas en azul o rojo, en las que triunfa el lenguaje publicitario, reiterativo y directo, muy fragmentado, introducidas con el objetivo de ridiculizar a una burguesía cuyo nivel de expresión no excede al que se utiliza en los anuncios, basados en la repetición sistemática de mensajes con el objetivo de que se incrusten en el imaginario colectivo. Un ejercicio destinado a acotar y analizar  un modo de representación todavía joven, en el que dejan huella los lemas rebeldes de la generación que pronto iba a protagonizar la revolucion del Mayo Francés de 1968, cuyo legado fue mucho más importante de lo que nadie fue capaz de prever en su momento.


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