Al final de la escapada. Jean-Luc Godard



Michel Poiccard (Jean-Paul Belmondo) es un ex-figurante de cine admirador de Bogart que, tras robar un coche en Marsella, mata fortuitamente, y con un revólver que encuentra en la guantera, a un motorista de la policía camino de París. Allí, tras robar dinero a una amiga, va en busca de Patricia (Jean Seberg), una joven burguesa americana, sin ningún remordimiento por lo que ha ocurrido en la carretera. Patricia es una aspirante a escritora que vende el New York Herald Tribune por los Campos Elíseos. Espera escribir en el periódico y matricularse en la Sorbona. En Europa parece haber hallado una libertad que no existe en América.
El arte y la leyenda de Jean-Luc Godard se resumen en «Al final de la escapada». Entre la obra maestra y la película de culto, el filme, de cuyo estreno en Francia se cumplen cincuenta años, revolucionó el lenguaje cinematográfico. Hoy, con medio siglo de modernidad a sus espaldas, la cinta es un mito. ABC le dedica este fin de semana la portada con artículos de Gabriel Albiac, Juan Pedro Quiñonero y Guzmán Urreo. Seguimos los pasos de lo que fue el romance entre un delincuente y una estudiante americana que acaba denunciándole. Una cámara que ni espía ni sorprende a los personajes, simplemente los sigue un montaje mercurial. Cortes rápidos, impredecibles. Rodada casi a ritmo de jazz. Ésta fue la fórmula que siguió Godard para crear un clásico.
Hoy, a sus ochenta años, Godard sostiene que las campanas del cine redoblan a muerto. La televisión, internet y las grabaciones caseras justifican el pesimismo. Ante ese declive, las preguntas son acuciantes pero las respuestas se hacen esperar. Y ahora que la fiesta parece haber terminado, el cineasta repite ideas que ya insinuó al filmar Week-End en 1967. A saber: el cine es un arte moribundo, y le espera el mismo museo que a la pintura renacentista o a la novela del XIX. Bien. Nada de esto impide que, allá por los sesenta, Godard celebrase una revolución creativa. «Trato de cambiar el mundo», llegó a decirle al crítico Gene Youngblood. Es propio de aquellos tiempos, tal y como se improvisó la Nouvelle Vague, que dicha rebelión empezase por simple amistad. Acostumbrado a pasarse muchas horas en la filmoteca, Godard dedica el año 1958 a dos actividades: escribir en Cahiers du Cinéma y rodar cortometrajes. En «Charlotte et son Jules» dirige a Jean-Paul Belmondo, y casi por las mismas fechas, filma «Une Histoire d’eau», en cuyo montaje incluye tomas descartadas por François Truffaut.

Fernando R. Lafuente (ABC, marzo 2010)



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