Un hombre lobo americano en Londres. John Landis.







John Landis no ha sido un director muy prolífico, pero ha dejado grandes obras de culto para la historia del cine y un video-clip, Thriller, de Michael Jackson (el primero firmado de este género), que es objeto de estudio en las Universidades de todo el mundo, y que reportó grandes beneficios al cantante.

La cinta de Landis, Un hombre lobo americano en Londres, además de expresar el profundo pesimismo del cine de los ochenta, sobre los límites del con
ocimiento humano y el miedo general a la decepción, muestra de forma implícita la expresión de una actitud crítica frente a la sociedad, y una catársis en un mundo extraño al encuentro de lo desconocido. Dos elementos ajenos a la comunidad rural inglesa, dos norteamericanos, se adentran en unos páramos , como dos excursionistas, cargados con sus mochilas, David Kessler (David Naughton) y su amigo Jack (Griffin Dunne), llegan al primer núcleo habitado, y se adentran en una taberna, 'El cordero degollado' , que paradójicamente tiene pintado un lobo en su cartel. La primera secuencia, en la que se inscriben los títulos de crédito, es la más inquietante, a pesar de su aparente normalidad, merced a la utilización de filtros, que envuelven el paisaje con una casi imperceptible niebla, y un salto de eje, pasa de mostrar a los dos amigos hablando, a filmarlos de espaldas mientras se alejan por el camino. El peligro es menor si lo ves venir de frente, que si acecha por la espalda. Al desconocimiento de lo que ocurre en el lugar se une la despreocupación de los jóvenes.






Tras la fría a cogida de los aldeanos y el ataque de un monstruo desconocido entramos en el terreno de la ficción; es duro para los habitantes de una urbe como Londres, a finales del siglo XX, aceptar la existencia de licántropos y zombies, y como en la 'crónica de una muerte anunciada', incluso el propio protagonista desdeña la amenaza que supone pa
ra la sociedad; constantemente se mira en el espejo para encontrar en él lo que sus sueños auguran, y la química no puede impedir. En la resolución del conflicto, las masas expectantes se aproximan voluntariamente, movidas por una curiosidad insaciable, a su propia desgracia, entorpeciendo la actuación de unos policías ingleses desarmados.

Landis combina el terror con la ironía y el sarcasmo: Jack, transformado en zombie (suerte destinada a las víctimas mortales del licántropo), se conduce como el joven que era cuando murió. Actúa como un adolescente cualquiera: curiosea, picotea la comida de su amigo, y en la cita final lo convoca en un cine porno. Cine dentro del cine, en el que vemos a un bobby inglés inspeccionando la sala delante de la pantalla, que exhibe secuencias pornográficas, con diálogos sin sentido
. Ridiculiza los sentimientos nacionalistas cuando el protagonista, que intenta a toda costa que lo detengan para evitar el daño irreparable que se va a producir con la llegada de la luna llena, entre otros insultos a sus ilustres majestades británicas, espeta al policía: "William Shakespeare era francés". Nadie le quiere escuchar, ni la propia mujer de la que se ha enamorado, su enfermera; lo toman por un 'chiflado'. Contrasta la actitud de los ciudadanos de la magalópolis londinense, descreídos, con los supersticiosos, cerrados y desconfiados habitantes de las zonas rurales, que temen lo desconocido y lo transforman en mitos y creencias fabulosas.



Un atractivo añadido es la transformación del personaje en hombre-lobo de David Kessler , obra de Rick Baker, en primerísimos primeros planos, en los que vemos crecer las uñas y la pelambre del animal. Estas metamorfosis le servirán de ensayo para su más que famoso thriller de Michael Jackson, que merecen comentario aparte. El score de Elmer Bernstein, con música de Credence, da una calidez al film que atempera la dureza de las imágenes, y le da un tono que recuerda a American Graffiti de George Lucas.

Film imprescindible en cualquier videoteca que hace honor al cine de la década de los 80.

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