Jugando en los campos del señor. Héctor Babenco.


Hector Babenco, cineasta argentino, afincado en Brasil, realiza un film ácido, revulsivo, desacralizador y ridiculizante de todo lo que se mueve en el Amazonas brasileño: el gobierno corrupto y dictatorial, los misioneros, los mercenarios y los indios niaruna. Diálogos con gran carga de comicidad, actitudes que van desde la ingenuidad más infantil al nihilismo más feroz.

Con un buen elenco de actores norteamericanos y una estética indigenista Jugando en los campos del señor (1991) es un film incisivo, antiestético con un único desliz: la exhibición del cuerpo desnudo y quasi divino de Daril Hannah, la esposa del misionero protestante, soberbio y dominante, interpretado por John Lithgow, dotada de lo que Laura Mulvey llama tobelookedatness, o sermiradaidad, mujer mirada y exhibida que representa el pasivo/femenino. Frente a ella Hazel Quarrier (Kathy Bates), a la que los hombres llaman 'la grandota', esposa del otro misionero. Martin (Aidan Quin), casi el único personaje con un toque de bondad y grandes dosis de ingenuidad, que no sólo quiere evangelizar a los nativos, sino que es un estudioso de su lengua y sus costumbres, y que ofrecerá su hijo pequeño como sacrificio a Dios.

Dos mercenarios, Moon (Tom Berenger) y Wolf (Tom Waits), llegan al lugar con el encargo de destruir con su avioneta los enclaves indígenas. El encuentro de Martin y Moon, de un pastor inocente hasta el ridículo, y un bandolero Sioux, nihilista y apátrida, y el diálogo que se establece entre ellos es lo más revulsivo del film. Pero tampoco los indios salen bien parados. Nada idealizados, con cuerpos desnudos reales y no idealizados como en los filmes norteamericanos, enfrentados tribalmente, pseudo-evangelizados por los católicos, que se había adelantado a los protestantes norteamericanos, sufrirán el contacto con los blancos que les transferirán enfermedades como la gripe, frente a las que no tienen defensas. Estos pueblos y Martin, los más débiles de la historia, sucumbirán en un mundo en el que nadie es inocente.

Desprovista de cualquier artificio, narrada linealmente, y con un color sin brillo, nos mostrará lo peor del ser humano en un tono irónico, pero no carente de cinismo, sin concesiones visuales. Un buen guión, unos diálogos ágiles y penetrantes y unos magníficos actores son los recursos de un film, que te interesa y te atrapa, y en el que los hombres no salimos muy bien parados.


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