La noche del cazador. Charles Laughton.


En 1955 Charles Laugthon dirigió La noche del cazador, que no tuvo ningún éxito, y que hoy es considerada una obra maestra. Carlos Boyero, el exigente crítico y el enfant terrible de los directores la considera la película más inquietante de la historia del cine; Miguel Ángel Palomo del diario El País sostiene que logró filmar el miedo, cosa que no todos consiguen, aunque lo buscan. Pero como suele suceder con demasiada frecuencia el fracaso en su momento fue de tal magnitud, que Charles Laugthon no se atrevió a repetir la experiencia.


El film profundiza en las consecuencias de las crisis económicas sobre los niños, y la actitud de los hombres y mujeres de 'fe' ante esta situación, la del reverendo Harry Powell ( Robert Mitchum ), y la de la anciana Rachel Cooper, que tiene una pésima opinión de los hombres porque la abandonó su hijo, y que expone su vida por los pequeños. Ambos coinciden, uno como un lobo al acecho y la otra vigilante con su escopeta, cantando la misma canción religiosa, que si en él suena como una amenaza, en la mujer transmite protección.


El padre de dos niños, al no poder soportar ver las carreteras pobladas de pequeños hambrientos, roba un banco, mata a dos hombres y deja el botín a sus hijos para que no pasen penalidades; en la cárcel coincide con el predicador que elabora un plan diabólico para robar el dinero, que se inicia con la conquista de la madre, a través de cuya seducción y obnubilación intenta llegar a los niños que guardan un secreto sellado con un juramento al padre. Laughton mantiene la tensión y el miedo hasta el último minuto del film.

Cahiers du Cinema recupera un texto de Margherite Duras sobre este film en el contexto del homenaje que realiza a los Hermanos Coen ante el estreno de Valor de Ley, en cuyo final se escucha la canción que cantan el reverendo Harry Powell y la anciana Rachel Cooper, un espiritual negro, Leaning on the Everlasting Arms, y la función dramática que jugaba en el film de Laughton . La escritora identifica al padre biológico y su aparente sustituto, y no consigue ver al padre vivo; no ve la vida creada, sino la muerte creada.

Es ahora cuando para Marguerite Durás empieza La noche del cazador, la verdadera película, que sólo dura diez minutos; antes de llegar a este momento los personajes son prototipos del bestiario cinematográfico norteamericano, en el que no está presente la persona, ni el autor, y se instala en el espectador la creencia de que nada inesperado va a suceder. Pero al llegar la noche, el fin de la persecución, los personajes se reunen en torno a la buena y severa, loca y eficaz anciana, en un lugar de confluencia entre la casa, el jardín que la rodea y la carretera que pasa por allí, y se produce un hecho insólito: un comportamiento inventado por la anciana y retomado por el criminal, y según Durás ya no sabemos qué pasa ni donde estamos; los niños encerrados con la anciana, como el dinero en la muñeca, en una casa sólida con grandes aberturas, por las que se ve al criminal y se es visto por él. Un criminal de cine, guapo y risueño, con su caballo negro frente a los cuerpos expuestos de los niños, pero al que ya ha empezado a alcanzar la muerte que quiere producir. El canto de la anciana se convierte en una muralla infranqueable para el crimen, que en principio canta por él, para que sepa que está ahí y mantenerle a distancia, y después para que el crimen se aleje del espacio de los niños, que el crimen se distraiga, se olvide de matar y alivie al criminal de su insana carga.
Al final, en una noche que se convierte en iniciática, los niños reencuentran al padre en el criminal, como si no lo hubieran conocido hasta entonces. Ese padre que ha creado al mismo tiempo vida y muerte, lo que produce la confusión entre el progenitor verdadero y falso, que va a morir de tanto querer matarlos. Sorprendentemente los niños, arrastrados poir el amor corren hacia el padre, se le ofrecen, rompen la muñeca de trapo y le dan el dinero, y no es posible explicar esta sinrazón de los niños. Este final desorientó al público e hizo que la película no funcionase en taquilla. (Fragmento de "Los ojos verdes". Cahiers du Cinema nº 312-313, junioi 1980).
Roberto Cueto en su artículo Ídolos de perversidad, establece una relación entre este film y el desenlace de Valor de Ley de los Hermanos Coen. El rreverendo Powell, creado por Davis Grubb, está inspirado en un personaje histórico, Harry Powers, que fue ejecutado en 1932 por el asesinato de dos viudas y tres niños, símbolo de una maldad intemporal difícil de entender.




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