La calle iguala a todos.


El cineasta Tim Burton sostiene que la línea divisoria que separa la ficción de la realidad es muy fina. El hombre olvida las malas experiencia y tiende a idealizar y reinventar los buenos momentos. Estoy de acuerdo.

Ayer era el día de la música y algunos acreditados artistas, que los medios de comunicación encumbran, independientemente de su valía, salen a la calle y concitan a su alrededor menos gente de la que se agrupa en torno a los auténticos músicos callejeros, a los que se niega toda oportunidad. Un día, un joven al que tengo mucho cariño me dijo: "En tu blog promocionas a gente a la que no se dan espacios públicos", Yo le conteste, ante su asombro: "Justo, Eso es lo que quiero hacer".

En la calle no hay subterfugíos. Si te equivocas, cosa que le ocurría y le ocurre a todo el mundo, no hay posibilidad de ocultarlo, las condiciones acústicas son peores y desaparece la frontera que separa al mito del pueblo: la puesta en escena espectacular, puro artificio.

Hoy, dia en el que la impotencia se ha apoderado de todos los hombres a los que no se da acceso al metalenguaje críptico y elitista de los que, formados en las mejores universidades, han sumido a la población mundial en un caos aparentemente irresoluble, el espectador da la espalda a iniciativas en las que ya no cree, mientras las administraciones públicas reducen el número de contratos millonarios a los músicos del 'famoseo', que serían mal entendidos por el contribuyente cuando se proponen grandes sacrificios a la población.



Esta es la otra cara de la moneda: el concierto financiado por las instituciones madrileñas, con gran promoción e inversión de medios para generar una orgía colectiva y una visión pseudomágica de la realidad. La música es lo que menos cuenta.



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