Peter Wier. El show de Truman.




Ficha técnica:


Título : El show de Truman.
País: EE.UU.
Año: 1998.
Duración: 102 minutos.
Dirección: Peter Weir ('Unico testigo'; 'El club de los poetas muertos').
Guión: Andrew Niccol.
Director de Fotografía: Peter Biziou, B.S.C.
Música: Berkhard Dallwitz.
Edición: William Anderson, A.C.E., Lee Smith.
Vestuario: Marilyn Matthews.
Producción: Scott Rudin, Andrew Niccol, Edward Feldman, Adam Schoreder.
Diseño de Producción: Dennis Gassner.
Productor ejeutivo: Lyn Pleshette,
Casting: Howard Feuer.
Compañías: Paramount Pictures, Scott Rudin Production.


Ficha artística:

Jim Carrey, Laura Linney, Noa Emmerich, Natascha McElhone, Holland Taylor, Brian Delate, Una Damon, Paul Giamatti, Ed Harris.


Por si no nos vemos luego ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!
(Mi amigo Daniel Vivas me entenderá)

Sinopsis

Truman Burbank ( Jim Carrey ) es el protagonista de un programa de Televisión, sin ser consciente de ello. El joven había nacido, realizado sus estudios, se había enamorado e incluso casado en un inmenso plató lleno de actores, entre los que se encontraban sus padres y su esposa, dirigido por un productor, guionista y realizador, Christof (Ed Harris). Pero llegado a la edad en que uno se enamora, madura, comienza a darse cuenta del montaje. La primera pista se la dará, aunque no la llegue a comprender, un foco que cae del cielo.

Comentario:

Es un film muy interesante, en el que se muestra al espectador que si el cine persigue el sueño de Frankenstein (Noël Burch ), de llegar a representar lo más fidedignamente la realidad, reconstruirla en la pantalla, y con este objetivo se van incorporando nuevas tecnologías, más o menos afortunadas, la Televisión acaba convirtiendo este objetivo en un auténtico show, cruel y despiadado. Creador (Christof, Ed Harris) y criatura (Truman, Jim Carrey) se erigen en el emblema de un canal, la televisión, y sus destinatarios. La política del creador es generar la ilusión de que su programa lleva la felicidad a millones de personas, y su criatura es la protagonista de la odisea; el interés del personaje reside en que es real, no sigue un guión, como los actores, ni precisa de efectos especiales. Lo que esconde es que es un preso, privado de libre albedrío, y aunque pueda no estar errado cuando afirma que fuera de los muros de su ficción no está la verdad y que el mundo que ha creado para él reproduce las mismas mentiras y engaños que el exterior, le ha negado la posibilidad de crear su propio universo, de rebelarse ante las injusticias y de enamorarse libremente. Truman elige la inseguridad, el miedo, el amor, y todo aquello que conforma la esencia del ser humano.

Peter Weir nos hace ver a Truman a través del ojo de la cámara, nos descubre las bambalinas del espectáculo, los groseros anuncios, y vamos descubriendo la farsa a la par que su personaje. El realizador televisivo ha llegado aún más lejos y como en El mundo feliz de Huxley, ha creado un trauma en Truman: el miedo al agua, de la que está rodeado el inmenso plató, réplica de una ciudad, Seahaven, lo que impide a su víctima escapar; el amor que siente por una joven extra le hará ir descubriendo la verdad, los invonvenientes que obstaculizan el guión, que si existe, hasta llegar a la inmensa pared que simula el cielo y se dé de bruces con la realidad. Como dice su amigo Marlon, todo es real , pero está controlado; la pulcra mujer plantea la cuestión de los límites entre lo público y lo privado, pero hay algo más: la ausencia de transición entre el show y la publicidad, práctica cada vez más habitual en EE.UU., donde los actores de los diferentes programas se transmutan en anunciantes, sin previo aviso, lo que va contra cualquier norma deontológica.

Al ser humano le apasiona inmiscuirse en la vida de los demás, cotillear, y la televisión coloca un gran ojo, un gran hermano, que permite a los espectadores estar horas ante la pantalla observando cómo hombres y mujeres realizan las acciones más cotidianas. Generalmente los protagonistas de los reality-shows se prestan a jugar este papel; el plan de Christof se perfecciona al moldear a un ser humano que ignora su condición, que ha nacido en el plató y espera que muera en él. Truman rompe el encanto el día de la emisión número 10.909, luchando con su creador que está dispuesto a acabar con él, ante la repugnancia de patrocinadores y miembros de su equipo técnico.

La competencia entre cadenas de televisión está llegando muy lejos, y no sería extraño que el sueño de Christof tomara por fin cuerpo real. Actualmente todavía existe cierta frontera entre la vida pública y privada, con la excepción del mundo del famoseo, en el que los strepteases morales de los contertulios de programas del corazón dan escalofríos a una parte de la audiencia, pero colman las aspiraciones de sectores importantes de la población.

El show de Truman de Peter Weir bien merece un hueco en nuestra videoteca.





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