Moonrise Kingdom. Wes Anderson.














Entre los múltiples carteles que se han lanzado para promocionar Moonrise Kingdom no falta esa fotografía de grupo que lanzaba Los Tenenbaums.

Ficha técnica:

Título original: Moonrise Kingdom.
País: USA.
Año: 2012.
Duración: 94 minutos.
Dirección: Wes Anderson.
Guión: Wes Anderson y  Roman Coppola.
Dirección de Fotografía: Robert Yeoman. Color.
Música: Alexandre Desplat.
Montaje: Andrew Weisblum.
Producción: Wes Anderson, Scott Rudin, Jeremy Dawson y Steven M.Rales.
Diseño de producción: Adam Stockhausen.
Vestuario: Kasia Walicka Maimone.
Compañías: Scott Rudin Productions, American Empirical Pictures, Indian Paintbrush.

Intérpretes:

Bruce Willis: Capitán Sharp,
Edward Norton: Ward,
Bill Murray: Walt Bishop,
Frances McDormand: Laura Bishop,
Tilda Swinton: asistenta social,
Jason Schwartzman: Ben,
Kara Hayward: Suzy Bishop,
Jared Gilman: Sam Skolsky,
Harvey Keitel: Comandante Pierce,
Bob Balaban: Narrador, usual en el cine de Wes Anderson.

Sinopsis:

Dos adolescentes, Sam,(Jared Gilman), vestido de boy scout y con el sombrero de trampero a lo Davy Crockett,  y Suzi, (Kara Hayward), con  una boina rosada a lo Bonnie Parker, huyen por bosques y montañas y se instalan en un lugar edénico en la  costa de Nueva Inglaterra en 1965, donde colocan  su tienda de campaña y bailan,  se abrazan y se besan por primera vez, mientras escuchan en un viejo reproductor de discos una canción de Françoise Hardy, Le temps de l'amour. Cuando las autoridades intentan rescatarles, una  tormenta surgida de improviso trastorna a la  pacífica comunidad de la isla New Pensanze.

Críticas:

Más cerca de los avatares de la familia Tenenbaum y de las experiencias acuáticas de Steve Zissou que de las primeras comedias de Wes Anderson, Moonrise Kingdom ofrece una  lectura tragicómica y surreal de unos amores pre-adolescentes enmarcados en una época, verano de 1965, y un contexto, la cultura del boy scout, dinamitados con su particular sentido del humor por el director. (Quim Casas. Mundos absurdos y emotivos. Dirigido por, Junio 2012 ).

 Localizada en un microuniverso compuesto de microuniversos aislados, “Moonrise kingdom” se disfraza de sencilla ─en términos narrativos─ fábula romántica para hablar de emociones y realidades fuertes y terribles, desde la soledad al abandono, pasando por la inseguridad, la hipocresía..(José Arce. La Butaca ).


Comentario.

Formal y discursivamente el mimado por la crítica, con excepciones como la de Carlos Boyero, lanza una mirada corrosiva y cruel hacia el mundo de la familia (¿la suya propia?) norteamericana de clase media alta, que disfruta de un alto nivel de vida (maletas de Louis Vuitton en  Viaje en Darjeeling ), viven en grandes mansiones y hacen del  síndrome de Peter Pan un modo de vida que su estatus económico les permite.Es el retrato de esa alta burguesía que tiene algo más que dinero, pero que con frecuencia se desliza por la ladera del ridículo, imponiendo como bien mayor a sus retoños una jerarquía y disciplina propios en  ciertos campamentos de boy scouts con nombres medievales como Ivanhoe, aunque sus actividades no tengan nada de heroico, medieval o aventurero, o  educando de tal forma a los niños que  los hijos ( Bill Murray y Frances McDormand, (Laura Bishop ),  oyen música clásica por la radio, actividad lo más alejada posible de la  cultura viva, la auténtica,  de los jóvenes. De este modo Anderson se asegura la complicidad de los que viven y padecen en estas familias, y los que disfrutan  viendo cómo las destruye, aunque su mirada no está carente de cierta complacencia y cariño.

Los Bishop son una continuación de los Tenenbaum, a través de Viaje en Darjeeling, en el que los  conflictos entre los adultos, cuyo único nexo de unión es la familia, son narrados con un lenguaje visual tan 'soso' como el tono general que le atribuye Carlos Boyero, filmados en casas espaciosas con atrezzo de colores vivos tratados de forma opaca, sin agresividad, que provocan esa sensación de apatía de que son portadores  sus habitantes, un toque de irrealidad-cotidianeidad, un contraste más del trabajo de Anderson. El resultado es una especie de fabulación americana que muestra el reverso de la estética de  Norman Rockwell operando a veces sobre el ideario de aquel minucioso retratista del american way of life (Quim Casas).

Wes Anderson atrae por lo que sorprende, por la anarquía y el inconformismo  de unos personajes que se lo pueden permitir, con los que se muestra complaciente a la par que agresivo. No se le puede tomar en serio, pero tampoco en broma, dicen algunos. Sus productos son deliberadamente desleídos, contradictorios, satíricos e inteligentes, y retratan a esta burguesía que no se conforma con ganar dinero, fichar en los conciertos o llevar buenos coches; necesitan viajar en Darjeeling a la India, vivir en tiendas de campañas iluminadas instaladas en sus amplios salones, como Richie Tenenbaum, disfrutar de experiencias lisérgicas  o escapar a playas desiertas para escuchar a Françoise Hardy, cosas que vienen haciendo desde antes del asesinato de John Lennon. Todavía queda en la memoria la  exposición  de Joko  Ono consistente en  decenas de pequeños naranjos plantados en reducidos féretros, que dio la vuelta al mundo. Anderson mete su cámara en este mundo y el resultado es otra cotidianeidad diferente, que algunos se toman a mal.

El tratamiento visual de la mansión de los Bishop es el emblema de las contradicciones que estamos señalando y que trabaja como nadie Wes Anderson; nadie sabe ser a la par tan amable y tan corrosivo, provocando la sonrisa, cuando no la risa abierta del espectador. La vivienda  es  contemplada  por la cámara como una  casa de muñecas, que un travelling recorre de arriba a abajo, como si no tuviera pared frontal. Posteriormente entra en las estancias y las mira en posición fija, a lo Ozu, mostrando espacios geométricamente distribuidos, funcionales en los tres lados que se muestran, como si de un escenario se tratara,  y con una espacio para recostarse horizontalmente, sin romper la distribución racional  de los muebles y los objetos que decoran la estancia, equilibrio que contrasta con la anarquía de los habitantes de la casa: la Sra,  Bishop deambula por las habitaciones o se traslada en bicicleta por el campo, vulgarmente vestida, comparte porros con su amante  el Capitán Sharp (Bruce Willis), y  anda provista de un altavoz para dirigirse a los miembros de su familia; el Sr. Bishop ( Bill Murray) sorprende  con el torso desnudo, exhibiendo michelines, y cortando ramas de los árboles en plena noche, sin el más mínimo complejo o pudor.

Pero son  Sam y Suzy, los dos niños obligados a asumir el papel de adultos los que hacen más patentes las carencias de sus mayores, ya sean padres  biológicos o aquellos que hacen de la adopción un negocio: el fuma en pipa, ella se maquilla  la cara, y ambos mantienen los roles masculino/femenino convencionales. En la escapada ella coge sus libros, su gato, la comida del minino, y el tocadiscos con su dico preferido de Francoiçe Hardy; el lleva la tienda, la comida, utensilios de pesca y armas defensivas, y, como no podía ser de otra forma, transporta todos los bártulos. Reconducida la situación. Sam es adoptado por el capitan e ingresa a su tierna edad en el cuerpo de policía, mientras ella sigue soñando y mirando el mundo a través de sus prismáticos, despreciando todo lo que queda fuera de su campo  visual. Todos vuelven a su universo habitual: los abogados Bishop a su  trabajo y su hobbies, los boys scouts siguen reclutando jóvenes durante  el verano. No ha habido efecto catártico, y el narrador, Bob Balaban, nos hace el resumen de las consecuencias del huracán que ha atravesado la isla.

Magnífico trabajo, muy desacralizador, de todos los actores, incluídos los niños. Especialemente llamativa, por el cambio de registro,  es la colaboración  de Edward Norton, en un papel cómico muy sorprendente. Wes Anderson no sólo logra arrancar carcajadas de los espectadores, sino un buen aplauso final de agradecimiento. Películas así nos encaminan de nuevo al cine.


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