Indiana Jones. En busca del Arca perdida. Steven Spielberg





Ficha técnica:

Título original: Raiders of the lost ark.
País: Estados Unidos.
Año: 1981.
Duración: 111 minutos.
Dirección: Steven Spielberg.
Guión: Lawrence Kasdan, basado en una historia de Geoge Lucas y Philip Kaufman.
Casting: Mike Fenton y Jane Feinberg, Mary Selway.
Dirección de Fotografía: Douglas Slocombe.
Música: John Williams.
Director artístico: Leslie Dilley.
Decorador del set: Michael Ford.
Productores asociados: Robert Watts.
Editor: Michael Kahn, A.C.E.
Producción: Frank Marshall
Diseño de producción: Norman Reynolds.
Productores ejecutivos: George Lucas y Howard Kazanjian,
Vestuario: Deborah Nadoolman.
Maquillaje: Dickie Mills.
Peluquería: Mike Lockey..
Diseño de sonido: Ben Burt.
Lucas Film THX, Paramount Picture, Lucasfilm Ltd. Production.

Intérpretes:

Harrison Ford: Indy,
Karen Allen: Mario,
Paul Freeman: Belloq,
Ronald Lacey: Toth,
John Rhys-Davies: Sallah
Alfred Molina: Satipo
Wolf Kahler: Dietrich,
Anthony Higgins: Gobler,
Denholm Elliot: Brody.






Sinopsis:

La película de culto  Indiana Jones: En busca del arca perdida ha sido meticulosamente restaurada y remasterizada fotograma por fotograma, incluyendo su banda sonora en THX, con sonido Dolby Digital Surround. Acompañada por su divertida e independiente ex-novia Marion Ravenwood (Karen Allen), los dos intrépidos arqueólogos inician una emocionante búsqueda del Arca de la Alianza, que deben encontrar antes de que lo hagan los nazis, sobreviviendo a venenos, trampas, serpientes y traiciones...

Comentario:


Aquí está. La reinvención del cine de aventuras a cargo de Spielberg -el director más listo de Hollywood-, y el salto al megaestrellato del gran Harrison Ford, todo en un irresistible paquete. Ya un clásico del cine moderno, esta primera entrega de las peripecias del apuesto arqueólogo Indiana Jones es una entretenidísma y trepidante aventura, deudora del cómic y las historietas gráficas, donde la acción, la diversión y la intriga se combinan magistralmente para gozo de toda la familia. (Pablo Kurt: FILMAFFINITY).

Esto escribía Pablo Kurt  acerca de uno de los padres del cine moderno, Steven Spielberg, que asaltaba las pantallas en compañía del gran genio  George Lucas, que había diseñado un  cuento moderno, como él lo llama, al estilo típico de las matinales de los sábados, y que en sus comienzos y por dificultades de financiación se había previsto adaptarlo a la televisión. Indiana Jones, en principio Indiana (nombre del perro de Lucas) Smith, algo parecido a llamarse Pérez en España, era un arqueólogo que buscaba objetos antiguos dotados de un aura sobrenatural o sagrada. Un urbanita para el que todos los 'bichos' que habitan el medio natural se transformaban en enormes tarántulas, nidos inmensos de todo tipo de insectos y especialmente en  temibles y asquerosas serpientes, que con frecuencia se confunden con su látigo, arma que maneja con gran  destreza, como lo hacía el Sheriff Makenna, interpretado por Gregory Peck,  con su cinturón  (El oro de Makenna, J. Lee Thompson , 1969, película en cuyo making off colaboró Lucas, en su etapa de estudiante). Este profesor universitario, cuyas alumnas escribían en sus párpados 'I love you' tenía una doble vida, en la que su partner femenino era una aventurera tan aguerrida como él, bebedora, luchadora,  en constante competición con los hombres que se movían en su universo, y a la que un traje de diseño le sentaba como a un ' Cristo unas pistolas'.

Entre Lucas, Spielberg, Lawrence Kasdan y Deborah Nadoolman  crearon el famoso icono, reconocible  únicamente por su sombra, con un sombrero que lo emblematizaba y que cumplía una función de antorcha que algún día recogerá su heredero, aunque aún no ha llegado  el  momento (Indiana Jones.El reino de la calavera de cristal, 2008). Lucas lo describe como un  héroe que se mete en líos continuamente sin estar a la altura del  clásico, y en esta paradoja radica su elegante ironía y comicidad. Pocas veces se ha construido un film de acción  ininterrumpida con una concatenación de planos secuencia de una belleza y maestría singular, de una sencillez encomiable, producto de la claridad de ideas, cuya imaginería y plasticidad visual han servido de guía a posteriores cineastas.

Fue difícil llegar al actor idóneo, pero la identificación que se ha producido en el imaginario popular entre el personaje y el actor Harrison Ford lo ha convertido en un constructo indisociable, un buen paradigma de las teorías de Ortega y Gasset sobre el espectador y el lenguaje, en este caso cinematográfico. Un buen motivo, merecedor de un homenaje del finado Andy Warhol, al ser reconocible por las masas con un simple boceto de su sombra en la pared, tal como lo plasmó Spielberg en su primera aparición en el bar de Marion en Nepal.  El uso del  tópico cinematográfico consolidado, consistente en trasladar la acción a lugares lejanos, con cultura e idiosincrasia diferentes  a las del protagonista y  la forma abreviada de  mostrar el itinerario de la aventura por medio de un mapa esquemático que recoge el trayecto  del avión en que se desplaza el héroe, se  ha convertido en la forma usual de informar al espectador de la saga y evitar seuencias innecesarias.

Spielberg quiso rendir un homenaje a la Paramount, que financió un proyecto dudoso en principio, como ocurrió con La Guerra de las Galaxias, y lo hizo mediante un fundido entre la montaña del logo de la compañía y  la que  constituye el punto de fuga del primer encuadre. Una nueva trilogía que se iba a convertir en un proyecto de culto  no sólo para los norteamericanos, y que encumbraba definitivamente al ya emblemático Harrison Ford, que   había pasado definitivamente a la historia del cine en su interpretación de Han Solo. El impacto del film en la vida real se materializó en el aumento del número de estudiantes que se matricularon en la carrera de Historia, en la especialidad de Arqueología, tras el estreno del film, buscando emular al famoso personaje de fición; actualmente Ron Howard ha convertido en semiólogo al héroe de su saga del Código Da Vinci, basado en la obra escrita de Dan Brown, que no se aceca ni de lejos al creado por Spielberg. Este director, que participó como actor en American Graffiti (1973),  también llevó al cine una historia de George Lucas: Willow.

Yo, que he tenido la oportunidad de viajar con adolescentes a Roma, he podido verlos, mapa en mano, buscando los lugares en los que se desarrolla la acción tanto de El Código Da Vinci como de  Ángeles y demonios. La fuerza icónica del protagonista de Howard  no admite la comparación con la de sus compañeros y amigos Spielberg y Lucas, pero el efecto sobre las nuevas generaciones aún no ha sido  suficientemente  valorado. Para bien o para mal; la comparación de la  calidad cinematográfica no es discutible.


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