House IV. Lewis Abernathy




Ficha técnica:

Título original: House IV (AKA: House IV : De Repossession )
País: Estados Unidos:
Año: 1992.
Duración:  94 minutos.
Dirección: Lewis Abernathy.
Guión: Geof  Miler y Deildre Higgins.
Casting: Julie Hughes, C.S.A., Barry Moss, C.S.A. y David Giella.
Música: Harry Manfredini.
Edición: Seth Gaven.
Dirección de Fotografía:  James Mathers.
Producción: Sean S. Cunningham.
Diseño de producción: Milo.
Productor asociado: Deborah Hayn  Cass.
Productora: Sean S. Cunningham  Films.

Intérpretes:

Terry Treas: Kelly Cobb.
Scott Burkholde: Burke,
Denny Dillon: Verna Klump,
Melissa Clayton: Laurel Cobb,
Dabbs Greer : Dad,
Ned Romero: Ezra,
Ned Bellamy: Lee,
John Santucci: Charles
William Katt: Roger  Cobb.


 Sinopsis:


Tras el trágico accidente de tráfico que acabó con la vida de su marido y que llevó a su hija a una silla de ruedas, Kelly decide mudarse a la vieja casa que heredó George. Lo que no sabe es que entre las cuatro paredes reside una fuerza sobrenatural, que reacciona a las agresiones de los colonos blancos. 

Comentario:

Lewis Abernathy vuelve a los orígenes  con una película que no ha gustado nada a sus fans, porque a pesar de sus esfuerzos no consigue generar tensión ni  provocar miedo. Por primera  vez parece que la protagonista va a ser la casa, una mansión encantada que se va a rebelar contra sus habitantes, pero de nuevo las expectativas quedan defraudadas, porque los problemas proceden sobre todo del exterior, de afanes especulativos y urbanísticos, algo que se combina con una antigua  violación de un lugar sagrado, un manantial donde los espíritus  de los indios encontraban alivio y serenidad, hecho histórico que ha servido de base para grandes filmes de terror como Polstergeist de Tobe Hooper, realizada diez años antes con mucha más fortuna.

Se recurre al actor de la primera película de la franquicia, William Katt, que muere en un extraño accidente, quedando atrapado entre esos dos mundos que caracterizan a la saga, y se opta por una  fotografía envejecida de tonos ocre-amarillentos, en paisajes medio quemados en  los que emerge una casa vieja y polvorienta, no demasiado grande, destartalada y necesitada de múltiples reparaciones para hacerla habitable; si a ello añadimos el uso de tópicos del género como  el manido efecto de  los grifos  que emanan  sangre y las celebradas tomas de Hitchcock de mujeres en una bañera con las cortinas corridas, enfocando persistentemente la alcachofa por la que salen los hilos de agua proféticos, hay que concluir que, pese a todo esto,  el resultado es pobre a causa de una edición sin tensión ni  entusiasmo.

Lugares sagrados, acciones mafiosas, paisajes decadentes, indios y  tesoros sagrados, algún que otro policía infiltrado, y el complejo de culpa de la esposa que ha decidido la desconexión de su marido de la máquina que le ataba a la vida, a lo que se sum la presencia de la urna con sus cenizas  en la repisa de la chimenea, no parecen ser elementos suficientes  para alarmar al espectador. No es muy normal que una mujer se acueste a dormir y apague la luz de su mesilla de noche tras haber recibido un baño de sangre en la ducha, mientras la hija descansa tranquilamente en la habitación contigua; tras un corte directo de Kelly ensangrentada, en el siguiente fotograma la vemos pintando alegremente con su hija,  de 'blanco tiza',  la habitación de Laurel.  Si los protagonistas no parecen tener miedo, poco pueden transmitir. El milagro final carece de todo sentido y emoción.

Aunque Lewis Abernathy ha querido volver a la estética de las primeras películas, algo bizarras pero con toques de ironía y humor  muy desarrollados, no consigue divertir ni aterrorizar. La saga había llegado a su fin.


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