Betty Anne Waters. Tony Goldwyn



Ficha técnica:

Título original: Conviction
País: Estados Unidos
Año: 2010
Duración: 107 minutos


Dirección: Tony Goldwyn
Guión: Pamela Gray
Casting: Kerry Barden y Paul Schnee
Diseño de Fotografía:  Adriano Goldman
Música: Paul Cantalon; supervisor: Liz Gallagher
Edición: Jay Cassidy A.C.E.
Coordinador de especialistas: Rick LeFevour
Director artístico:  Stephanie Gilliam
Decorador del set: Rena DeAngelo

Diseño de Vestuario: Wendy Chuck
Departamento de maquillaje: Vivian Baker
Responsable de maquillaje: Steven Anderson
Departamento de peluquería: Bonnie Clevering
Responsable de peluquería: Rita Parillo

Productores: Andrew Sugerman, Andrew S. Karsch, Tony Goldwyn
Productores ejecutivos: Hilary Swank, Markus Barmettler. Tim Smith, Alwyn Hight Kushner y Myles Nestel
Co-Productores: Ed Cathell III,  Dama Claire
Diseño de producción: Mark Ricker
Omega Entertainment presenta una producción de Longfellow Pictures y Andrew Sugerman en asociación con Oceana Media Finance y Presciencie.

Intérpretes:

Hilary Swank: Betty Anne Waters
Sam Rockwell: Kenny Watters
Minnie Driver: Abra Rice
Melissa Leo: Nancy Taylor
Peter Gallagher: Barry Scheck
Ele Bardha: Don
Juliette Lewis: Roseanna Perry.

Sinopsis:

Betty Anne Waters es la historia verdadera de una mujer que dedicó 18 años de su vida a liberar a su hermano  de la cárcel. Cuando Kenneth Waters es condenado a cadena perpetua por el asesinato de una mujer en Massachusetts, su hermana, Betty Anne, empleada en una cafetería, casada y con dos hijos decide luchar para demostrar su inocencia. Sin estudios previos, realiza la hazaña de licenciarse en derecho para poder reabrir el caso y defenderlo ella misma ante un tribunal.

Comentario.

En la primera secuencia el realizador procede a la deconstrucción de los elementos del thriller y a la presentación de los personajes. Se ha cometido un crimen y  un travelling se aproxima a la cabaña  donde se han producido los hechos y penetra, recorriendo las estancias cuyas paredes y muebles  muestra ensangrentados hasta que se detiene ante el cuerpo  de la víctima en penumbra, en el estrecho espacio entre la cama  y la pared, apenas perceptible sin la mirada atenta del espectador. A continuación presenta el perfil psicológico y socioeconómico de los dos principales actores de la tragedia Kenni yBetty Anne  Waters, emblematizados , de forma indirecta,   a través de  los respectivos espacios de sus modestos hogares: el del acusado de asesinato  desvela a un joven  de escasa formación por medio de unas cuartillas escritas con una letra infantil, un bloque de cartas que lo relacionan con una vida ociosa y unas fotos con su hija Mandy; el de ella, unos años más tarde,  nos la muestra como cabeza de una familia monoparental, delante de su ordenador y atendiendo a sus hijos adolescentes acostumbrados desde pequeños a convivir con una madre entregada en cuerpo y alma a demostrar la inocencia de su hermano encarcelado, situación que había provocado la ruptura de su matrimonio. Una imagen posterior nos recuerda que una vida entregada a defender una causa tan difícil no sale gratis, y, mientras ella ha progresado muy poco económicamente desde la infancia en hogares maltrechos y casas de acogida, su ex-marido  vive en una casa unifamiliar acorde con un estatus de la clase media americana. Pero hay una cosa en la que ella ha  salido ganando: sin haber recibido una formación de calidad constructivista, la necesidad inexcusable de sacar de la cárcel a Kenny había sido el motor para obtener el título de licenciada en derecho, la única de su promoción que utilizaba sus estudios de forma práctica para resolver un caso, lo que la hacía más eficaz. Nunca se dedicó al ejercicio de la abogacía privada o pública, sino que siguió trabajando en el bar, con cuyo sueldo pudo estudiar la carrera,  y dedicó su vida al Proyecto Inocencia, entregado a salvar inocentes, entre cuyos éxitos se  cuenta el haber sacado del corredor de la muerte a 17 personas, basándose en las pruebas de ADN.

Una vez presentados los hechos, el escenario del crimen y los personajes, un flashback nos pone en antecedentes de la educación de los dos hermanos, hijos de una prostituta que les dedica escasa atención, por lo que ansiosos por tener un hogar de verdad, como los demás niños, ocupan viviendas, entre ellas la de la mujer que años después será asesinada, en cuyas camas quedan dormidos a causa del bienestar que les produce una cama bien hecha, por lo que con frecuencia son  sorprendidos por la policía y trasladados a casas de acogida, que en la mayor parte de los casos supone su separación física. Las carencias de la vida familiar durante la infancia fortalece los lazos entre los dos hermanos, lo que explicaría el que Betty Anne Waters dedicara 18 años de su vida y sacrificara su bienestar y el de su familia, para sacar de la cárcel a su hermano, al tiempo que se formaba humana e intelectualmente en un duro proceso de superación personal. Secuencias de la Facultad de Derecho, la cárcel y los hermanos, ya adultos, en momentos de diversión van alternándose para construir un discurso que va definiendo los caminos divergentes a los que con frecuencia se ven abocadas las personas: el de Betty la conduce a ocupar un puesto privilegiado en defensa de la justicia y contra la inercia judicial cuando el encausado carece de recursos económicos para defenderse; el de Kenni, un joven alocado, sin formación, dispuesto a la pelea a la mínima provocación, le convierte en carne carcelaria, con la sola condición de encontrarse con un funcionario policial justiciero, corrompido y corruptor que, dotado de poder, lo ejerce a su gusto, sin preocuparle si manda a la cárcel a un inocente; el avance de la ciencia va a suponer un freno a estas actitudes de abuso de poder. Tony Goldwyn insiste en demostrarnos la gravedad de los errores policiales y judiciales, e, incluso  la negligencia de los funcionarios que, por desidia no buscan con cuidado las pruebas para reabrir los casos, aunque esta actuación suponga la permanencia en la cárcel o la muerte de un inocente, y lo hace mostrando insistentemente en primeros planos muy explícitos  las enormes alambradas de espinos que separan a un hombre de su libertad.

Hilary Swank toma partido en esta cuestión, no sólo interviniendo en el film como protagonista, lo que no siempre significa algo, sino produciendo la película. Sam Rockwell, el espléndido protagonista de  Moon de Duncan Jones, o el enloquecido personaje de La Milla Verde de Frank Darabont, es el actor apropiado para representar las dos caras de un mismo hombre extrovertido, gritón y llamativo, que concentra en exceso la atención de todos convirtiéndose en víctima propiciatoria, pero también el de la víctima que debe sufrir impotente la consunción de  su vida  que se va extinguiendo sin esperanza. Una buena pareja para un nuevo drama, un alegato contra la evidencia de que la justicia no es esa mujer con los ojos vendados que lleva en su mano una balanza, que casi siempre se inclina en contra de los pobres. Los políticos partidarios de la mano dura contra los desgraciados  se muestran muy reacios a rectificar una decisión que han tomado en el desempeño de su cargo, aun a sabiendas de que es injusta,  y ese es precisamente el momento, y nunca antes, en el que la prensa libre les  puede obligar  a cambiar de actitud. Y esto es lo que hace la gobernadora de Massachussets cuando se entera de que los periódicos de más relevancia del país están al acecho.

Ray Bennett (The Hollywood Reporter)  la interpreta como  un film que se integra en la tradición del cine que lucha contra el sistema, una historia tomada de la realidad como Erin Brokovich, que debe interesar a un público adulto. Frente a esta crítica  a Sergi Sanchez, del diario español 'La Razón' le parece una historia pequeña bien contada. El público se mueve entre estos dos extremos, y resulta curioso que uno vea como algo habitual e intrascendente, cuya repetición acabe aburriendo, el que alguien se pase media vida en la cárcel indebidamente, y que, si bien no se le pueden devolver esos años de privación de algo tan esencial como la libertad, la negligencia y el abuso de unos pocos los debe pagar la sociedad entera. Es muy comprensible que todos queramos introducirnos en historias donde la realidad se esconde detrás de bellas metáforas  de  ficción o ciencia-ficción y que no queramos estar siempre ante el espejo observando nuestra cruda y tremenda realidad, pero algo muy diferente es que minimicemos aquellas situaciones que generan nuestros miedos y fantasmas: el temor a la enfermedad, la muerte, la minusvalía o la condición de falso culpable. Nada duele más que la  privación de libertad.

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