Sexo, mentiras y cintas de video. Steven Soderbergh



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Ficha técnica:

Título original: Sex, lies and videotape
País: Estados Unidos
Año: 1989
Duración: 104 minutos

Guión y Dirección: Steven Soderbergh
Casting: Deborah Aquila
Dirección de Fotografía: Walt Lloyd
Música: Cliff Martínez
Director artístico: Joanne Schmidt
Decorador del set: Victoria Spader
Editor: Dave Stone, m.p.s.e.

Maquillaje y vestuario: James Ryder
Estilista de peluquería: Sabrina López y Amanda Schuler

Productores: Robert Newmyer y John Hardy
Productores ejecutivos: Nancy Tenenbaum, Nick Wechsler y Morgan Mason

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Intérpretes:

James Spader: Graham
Andie MacDowell: Ann
Peter Gallacher: John
Laura San Giacomo: Cynthia
Ron Vawter: terapeuta

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Premios:

1989: Oscar: Nominada a Mejor guión original
1989: Festival de Cannes: Palma de Oro, Mejor actor (James Spader) y Premio FIPRESCI
1989: Festival de Sundance: Premio del Público
1989: Círculo de Críticos de Nueva York: 2 Nominaciones
1989: Premios César: Nominada a Mejor Película Extranjera

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Sinopsis:


John, un abogado sin escrúpulos, está casado con Ann, una mujer seria e introvertida ella, aunque muestra poco interés por el sexo, se siente segura de su matrimonio, el, sin embargo, es un adicto  y tiene una aventura con  Cinthia, la extrovertida y desenfadada hermana de Ann. La llegada del enigmático Graham, un antiguo compañero de John en la universidad, alterará la vida del grupo familiar.

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Comentario:

La opera prima de  Shoderberg, cuando apenas tenía veintiséis años y muy pocos recursos sorprendió al mundo en unos momentos en los que el hombre todavía caminaba indeciso en la búsqueda de una expresión libre y sin cortapisas, utilizando lo que Miguel Ángel Palomo  (Diario 'El País' llamó un 'gélido bisturí explorador de las miserias humanas. Ha llovido mucho desde entonces y esta tímida denuncia del constructo masculino de la sociedad patriarcal, en la que un joven como Graham no tiene espacio para desenvolverse, es posible que aún levantara ampollas, pero no del tamaño de las que provocó en 1989.

Dos chicas contrapuestas, una muy lanzada y librepensadora, casi activista sexual, y otra con un crucifijo colgado del cuello un ama de casa de la que uno se puede fiar, son dos pilares que equilibran al hombre triunfador y seguro profesionalmente, que goza de un sexo placentero fuera del hogar y de una gran tranquilidad dentro de casa. El descubrimiento de que su mujer puede haberle sido infiel, especialmente con un joven sensible como una niña, al que un amor contrariado dejó totalmente desvalido y que graba videos de las mujeres con las que se relaciona, ante las que se declara impotente, le resulta una idea insoportable; para un hombre firme y sin grietas como John resulta fácil vapulear a Graham y humillarle con historias del pasado, pero ante las mujeres, que se sienten seguras y protectoras con un joven rubio de mirada asustadiza, que se refugia en ellas como un hijo, no tiene posibilidad alguna.

Puede que hoy las cosas hayan cambiado y que la sociedad se haya vuelto mucho más cínica o más tolerante, aunque sigue predominando el chulo y el bravucón como prototipo masculino, y la mujer fuerte y sin prejuicios como su digna compañera, los que sienten el sexo en la piel; el drama de estos personajes es que se sienten impotentes cuando el juego se complica, cuando chocan con la la verdadera fortaleza; John se defiende  humillando, golpeando y amedrantando a quien considera débil, aunque en el fondo  se sabe derrotado ante otro hombre que recibe los golpes como un saco de boxeador, antes que declinar en su postura. Cada uno de los actores está en su papel y representa a la perfección el personaje que se le ha atribuido, lo que contribuye a hacer agradable y delicado este film cargado de sensualidad.

La puesta en escena, en las que el sexo está solo sugerido, no permite una mirada complacida ni complaciente; los vídeos, el instrumento del voyeur, funcionan como un elemento de extrañamiento que mantiene al público a la expectativa, en una situación cargada de simbolismo: te helado, la bebida de un hombre afectado por un fuerte trauma sexual, ofrecido a una mujer fría de formación religiosa, que busca en él al ejecutor de unos orgasmos de los que jamás ha disfrutado, sin que el marido se haya siquiera percatado. El observador no puede permitir ser observado cuando ella es la que toma la cámara e intenta provocar su propio deseo a través e la mirada. Dos personajes complejos, contrapuestos a otros dos primarios, que disfrutan del sexo sin barreras y que no entiende la intelectualización de los juegos amorosos; John defiende además su estatus de hombre casado, que no puede ser burlado, y menos por un petimetre que intenta salir de un encierro que él se ha autoeimpuesto, como un sacrificio religioso y que ha encontrado en su mujer al oficiante que le ayudará a salir de su clausura.


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