El Gran Hotel Budapest. Crítica de Mar Antonino de la Cámara para Cinelodeon






La historia que aquí se trata no es presentada al espectador de manera abrupta, sino que le traslada poco a poco hasta un lugar remoto. Aprovechándose de fragmentos de la obra de Stefan Zweig (donde se denuncia la barbarie del mundo que está por llegar  sin renunciar al mundo civilizado, el mundo de ayer) no se limita a la presentación de una trama, sino que se encarga de dar cuenta y recuperar, incluso en cine, el sentido de la narración. Un testimonio que se sirve de la palabra oral, más tarde puesto por escrito y leído, es  puesto, al fin, al servicio del espectador que no es esta vez relegado por una cámara omnipotente y objetiva. Por el contrario, uno se ve interpelado por alguien que tiene algo que contarnos. Esto confiere al largometraje el aura de un cuento, acentuada por una estética colorida, la paródica radicalización de los caracteres (¡qué malos parecen los malos!) y la graciosa y azarosa secuencia de los episodios, que están inmersos en casualidades y absurdos. Y es que de forma deliberada Anderson prescinde de una historia solemne en la que los acontecimientos se encadenan de forma inexorable, sustituyéndola por una sucesión de aventuras disparatadas que, sin embargo, satisfacen el próposito del relato: contar la historia, no tanto de un hombre, sino del Gran Hotel Budapest. Efectivamente, lo que parece ser meramente el escenario de fondo de diferentes acontecimientos cobra un protagonismo sutil, pero eficaz, transformando la historia en la de su permanencia, de lo que fue en sus tiempos de gloria y del espíritu que reside también en el momento de su decadencia. 

Todo esto enmarcado en un escenario delicioso, con un decorado que bien podría tratarse de las ilustraciones de un cuento, un ritmo trepidante, un ingenioso y peculiar sentido del humor y una banda sonora, fruto de la genialidad de Alexandre Desplat, que salpica de matices cada delicia visual. No se queda atrás el reparto, encabezado por un Ralph Fiennes que dota a su interpretación de delicadeza y rigor, acompañado por Tony Revolori  aportando frescura y espontaneidad al tándem protagonista. Anderson nos regala la aparición de cameos de sus habituales que provocan la hogareña sensación de complicidad con el resto de sus películas.  

El resultado de este trabajo es una joya, que podría calificarse como la mejor obra de Anderson por completa, por ambiciosa, por lo suave y delicado de la crítica a la brutalidad. Crítica que atraviesa casi imperceptiblemente la trama principal, pero que, sin duda, deja un sabor agridulce y melancólico, testigo de que lo  importante, si no ha quedado dicho, sí ha sido mostrado.

Mar  Antonino de la Cámara

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