WWW: What a Wonderful World. Faouzi Bensaidi





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Ficha técnica:

Título original: WWW: What a Wonderful World
País: Marruecos
Año: 2006
Duración: 99 minutos

Dirección: Faouzi Bensaïdi
Guión: Faouzi Bensaïdi
Casting: Nezha Rahil
Dirección de Fotografía: Gordon Spooner
Música: Jean-Jacques Hertz y François Roy
Montaje: Faouzi Bensaïdi, con la colaboración de Véronique Lange
Sonido: Patrice F.Mendez y Tobias Fleig
Decorados: Majid Lahouass

Diseño de Vestuario: Asmaa Rahibit
Maquillaje: Amina Elhalbouti
Peluquería: Said Hamcani

Productores: Laurent Lavolé, Isabelle Pragier, Bénédicte Bellocq y Souad Lamriki, asociado con Bettina Brokemper y Johannes Rexin
Gloria Films, Agora Films, Heimatfilm, en co-producción con Soread 2M, ZDF-Das Kleine Fernsehspiel con la cooperación de Arte y la participación de Canal  +; Centro National de la Cinématographie, Centre Cinématographique Marocain, Filmstiftung Nordrhein-Westfalen

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Intérpretes:

Nezha Rahil: Kenza
Faouzi Bensaïdi: Kamel
Fatima Attif: Souad
El Mehdi Elaâroubi: Hicham
Mohammed Bastaoui
Hajar Masdouki: FatimaPadre de Hicham

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Sinopsis:

Kamel es un asesino a sueldo que reside en Casablanca y recibe sus encargos en clave por Internet. Realizados sus trabajos, suele llamar a Souad, aunque siempre responde el teléfono su amiga Kenza, agente de tráfico y responsable de la glorieta más importante de la ciudad. Kamel no tarda en enamorarse de esa voz y de empezar a buscarla. Mientras, Hicham, un hacker informático, que sueña con emigrar a Europa, se infiltra por casualidad en los planes de Kamel.


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Comentario:

Faouzi Besaïdi, un realizador cuya política de autor se inclina por la política del encuadre, de gran riqueza narrativa y semántica, con montajes muy tranquilos pese a inscribir el film en un género de ácción'; se aleja del cine costumbrista que el espectador espera de los países del sur, y realiza su denuncia con un formalismo vanguardista de notable calidad, del que son un paradigma algunos planos como aquel en el  que una mujer habla por un teléfono móvil, que alquila una policía de tráfico, Kenza,  a la población más depauperada:  en  un extremo de la pantalla vemos unos bloques de viviendas más o menos modernos, y, en el otro una zona sin asfaltar, desértica, con algunas chabolas dispersas. Imágenes con contrastes de este tipo se suceden sin solución de continuidad: transportes variopintos: camiones abarrotados de gente, autobuses saturados que escupen gente por las ventanas, caballos, etc., sobre fondos de edificaciones lujosas y modernas, en las que viven asesinos como Kamel o  prostitutas  como Souza y su amiga, una 'mujer de orden'; grandes almacenes que podrían ubicarse en cualquier moderna ciudad europea, en los que de pronto, una acción criminal inesperada pone a todo el mundo en un movimiento anárquico que roza la comicidad...

Las diferentes secuencias que  presentan estos contrastes duros de la ciudad  de la Casablanca , idealizada por Michael Curtiz en 1940, que no osó salir de la zona internacional en la que convivían emigrados políticos importantes y mujeres con glamour, e internarse en el mundo de los magrebíes, van construyendo un discurso visual de notables diferencias, filmado sin brillantez ni colorido distorsionador de una realidad que se presenta como distópica en un país en el que conviven la ciencia y la tecnología actuales, dotado de modernos parques tecnológicos, y el atavismo ancestral de unos grupos condenados a una economía de subsistencia. Contrasta la racionalidad de las imágenes, limpias, minimalistas, sin filtros azulados tan de moda en el cine de los países desarrollados de Occidente, propias de las zonas residenciales burguesas, con el romanticismo de la imagen de la pobreza, que nos llega a través de una fotografía quemada por la luz del desierto.

La mezcla de texturas y lenguajes visuales como el cómic construye  imágenes chocantes, en las que el travelling que sigue a Kamel  en su recorrido habitual a un  laboratorio fotográfico, que se repite en varias ocasiones,  funciona como conector, nexo de unión entre las partes en que el cineasta ha dividido su relato visual carente de una historia que lo unifique, de un sujeto y un predicado, ha suscitado ciertas evocaciones que relacionan estilísticamente  a Bensaïdi con Quentin Tarantino o Jacques Tatí. El realizador marroquí practica ante todo un ejercicio de estilo,  en el que la palabra apenas se usa para dar ciertas pistas y en el que los personajes se definen por sus acciones captadas por una 'cámara indiscreta' que revela a la agente como una mujer pluriempleada, a la que su simple sueldo no da para vivir dignamente; un sicario solitario que se enamora de la policía, una empleada de hogar que cuida, lava y seca el pelo a un delincuente, mientras espera la llegada de la policía ante la que lo ha denunciado.

Enfrentamientos entre quienes buscan trabajo en el exterior y los agentes de emigración, granjeros y policías, autobuses tercermundistas que llevan a una población depauperada a las playas, jóvenes con camisetas llenas de símbolos, frente a hombres asomados en terrazas tomados en forzados contrapicados que marcan las diferencias. El ojo de la cámara de Bensaïdi va almacenando celosamente los signos externos de los poderosos contrastes que se dan en su país entre ricos y pobres, entre quienes han accedido ya a la nueva era tecnológica y quienes pagan por el alquiler de un teléfono móvil a una funcionaria corrupta del régimen, que tienen su reflejo en el interior de los hogares de los ricos, en los que conviven los aparatos eléctricos más modernos con  muebles y elementos de decoración heredados del viejo gusto orientalizante, al que dedica una secuencia.

Esta convivencia constante del mundo antiguo y de la modernidad no se resuelve en una mirada complaciente a un país que se moderniza en las formas, pero que va dejando atrás a amplias capas de la población que viven como en la época en que los aborígenes residían en  jaimas y no tenían acceso a los suministros de agua, luz, gas o teléfono (secuencia de un hombre al que ¿su hijo? lava en una bañera vieja en la calle, enjuagándolo con pozales de agua ). Una crítica muy dura a su país, hecha desde la modernidad, de la que nadie sale bien parado y en la que la denuncia alcanza a todas las clases sociales; un país en el que es posible que surja el amor entre un asesino y una policía, porque ambos se mueven en los mismos escenarios y del que la gente que quiera vivir con dignidad sólo tiene una solución: la patera o la masacre a manos de los mafiosos o la policía. 

Con frecuencia el absurdo hace acto de presencia en la represión de las manifestaciones, en las que la policía persigue a los que miran y los manifestantes a la policía, un signo de un país que quiere ser moderno pero que es víctima de un estado fallido. La ineficacia de una policía, incapaz de mantener el orden, la existencia de miles de sicarios en potencia, contrastan con las tristes imágenes de las pateras, cruzándose con lujosos buques de crucero de quienes hacen turismo a países exóticos, y con jóvenes exhaustos arrastrándose por las playas de lugares extraños en los que les espera una fría acogida.

Un film que revela la trayectoria interesante que está siguiendo el cine en Marruecos.


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