Enamorado de mi mujer. Crítica

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Daniel Auteil pierde el norte y nos involucra en una historia sonrojante

Ficha técnica, sinopsis, lo que se dice, cartel y fotografías (Pinchad aquí)


Crítica:


Daniel Auteuil construye un relato con un background vergonzoso y un foreground sonrojante al servicio de una historia que ya hace mucho tiempo no hubiera pasado ningún control de verosimilitud y ni tan siquiera de calidad de la concepción y la estructura de los significados que quiere trasladar al espectador. No es ni siquiera real que una mujer atractiva como Emma, interpretada por la española Adriana Ugarte pueda hacer enloquecer de pasión a cualquier hombre, por muy maduro que sea. Hace falta algo más, e incluso al diseñar este personaje nuclear, en torno al cual se generan todas las pasiones, ya sean deseos, envidias, prevenciones, o cualquier tipo de toxicidad, construye un prototipo de mujer 'malota' pero naïf, que no parece buscar otra cosa que destruir matrimonios y marcharse después como una 'Mary Poppins' que no llega a un lugar en crisis para resolver los problemas que atormentan a los afectados y se va, como un heroina de western, sino todo lo contrario: aterriza en lugares donde reina la armonia, planta su semilla del mal, destruye las parejas y se larga como una villana.

Más no hay que alarmarse, la joven no es tan mala a no ser en la psique de Daniel (Auteuil), que está cansado de una mujer correcta, amable, culta, con la que vive en paz y dispone de la tranquilidad necesaria para desempeñar su trabajo de editor, un empresario culto, de cuyas paredes cuelga un cartel de cine, el 'La terra trema', el primer film de la que se llamó trilogía siciliana' o 'meridional', seguido de 'Rocco y sus hermanos', ambas incluidas generalmente en el neorrealismo italiano y 'El Gatopardo', una adaptación de una novela de Giuseppe  Tomasi di Lampedusa, que pone el foco en la nobleza del sur. Un signo de distinción de los habitantes de la casa, cuyas paredes están tapizadas de libros. Emma supone la entrada de aire fresco, una mujer que apenas cubre su cuerpo con un trozo de tela y con la que se puede fantasear incluso con el chocolate de los profiteroles; que es perversa, pero lo disimula. Mas al final todo es una gran fantasía que Daniel Auteuil construye en forma de un bucle sin solución de continuidad. Lo malo es que el espectador no tarda en descubrir su juego y el divertimento ya no lo provocan las situaciones ni los diálogos, sino el ridículo. Por otra parte duele que, de nuevo, como en Las chicas de la sexta planta de Philippe Le Guay (2010), la joven que llega a buscar el éxito a Paris sea una española que vive en Barcelona, cuya familia canta y baila flamenco, y la mujer culta y bien situada sea interpretada por Sandrine Kiberlain, que protagonizaba a la señora estirada, rodeada de criadas españolas que vivían en el  último piso de las lujosas casas del centro de la capital del Sena.  Clasista, sexista y casposa.




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