El cuarto mandamiento. Orson Welles. Crítica.





Ficha técnica, sinopsis (Pinchad aquí)


Crítica:


Al éxito de Ciudadano Kane siguió la  desconfianza de los estudios respecto al joven y desafiante director. El cuarto mandamiento, montado por el cineasta Robert Wise,  a la sazón editor, le fue arrebatado y reeditado en los estudios, y el resultado fue alguna secuencia inexplicable y sin sentido, como aquella en la que la joven Lucy Morgan entra en una farmacia y pide unas sales para ahogar su disgusto. La película  narra un momento en que la propiedad de grandes mansiones, como la de los Amberson, cuyo poder sobre la ciudad creció  a partir de 1873,  era un emblema  del stablishment y los jóvenes cachorros eran unos petimetres y unos lechuguinos, que vestían a la moda, usaban chistera (llamada chimenea por la plebe insolente) o  sombrero hongo de cuchara, botas, botines, y jamás  pantalones con raya, cosa de plebeyos, una marca evidente de que habían estado depositados en un estante y que por lo tanto eran de serie. La clase pudiente era ociosa, tenía todo el tiempo a  su disposición para hacer excursiones al campo, serenatas o fiestas; el exceso en una de estas serenatas, a las que acudió borracho,  echó a  Eugene Morgan, (Joseph Cotten), para siempre, del corazón  y la compañia de Isabel (Dolores Castello). La población, inmersa en una experiencia vicaria, era partícipe del esplendor de  los Amberson, como si la propiedad fuera un apéndice natural de su pueblo

El desarrollo de la revolución industrial y el advenimiento del automóvil fue una oportunidad para el joven Eugene, un espíritu inquieto e innovador, que  forjó una fortuna fabricando coches sin caballos. Pero el hijo malcriado de Isabel Amberson, un niño  vanidoso y soberbio que no respetaba  a nadie, ni siquiera a las personas de avanzada edad, tenía como principio rector de su vida, acabarla sin hacer nada. La comunidad comenzó a ansiar que llegará el día en que el terrible niño recibiera su merecido. Cuando ese día llegó, algo inevitable en una sociedad que progresaba ininterrumpidamente, ya habían muerto los que desearon que recibiera su merecido, o se habían olvidado de él. El film da un oportunidad al retoño de la familia de los Amberson, una posibilidad de regeneración a  un ser parásito, insoportable para todos, excepto para su madre, que incluso dio su vida por él  en un viaje alrededor del mundo, una huida del viejo  amor  que sólo satisfacía a su hijo. Con su muerte  se esfumaron todos los recursos económicos y el joven tuvo que desempeñar los trabajos  de peón más peligrosos para mantener a su entregada tía Fanny Minafer (Agnes Moorehead). Es estremecedor el relato de esta mujer de las penurias económicas que había padecido para mantener un poco de la dignidad perdida y buscar una humilde pensión donde vivir con el sobrino; la madre muerta se libró de la amargura de ver a su adorado hijo en la miseria. Al abuelo materno, el Mayor Amberson, (Richard Bennett)  y al hermano de la madre, Jack (Ray Collins), les ronda constantemente por la cabeza la incógnita de si alguna vez tuvo remordimientos al pensar en el dinero malgastado. El  pretencioso joven, despectivo y violento con los que consideraba inferiores, tenía un caballo de  nombre Pendennis, un homenaje a William Makepeace Tackerai, un  mal estudiante y gran derrochador, pero finalmente un célebre escritor, que dejó obras como La Historia de Pendennis, Barry Lindon o La Feria de las Vanidades.

De los hombres del film solo el oscuro Wilfor Minafer, marido de Isabel y padre de George era un hombre pragmático e industrioso, pero con mala  fortuna en sus  negocios e inversiones equivocadas en productos textiles  sin visión de futuro. Orson Welles trata este tema con su estilo ampuloso y desmedido, barroco, egocéntrico y confuso, pero en el fondo ordenado bajo esa apariencia de desequilibrio. Tras su experiencia en  El cuarto mandamiento (traducción al castellano de The magnificent Ambersons) emigró de los Estados Unidos y se estableció en Europa, donde podía dar rienda suelta a su postura existencial, liberal y filosófica,  trabajar  como actor para financiarse sus propias películas o por gusto interpretativo (J.M.Caparrós  Lera. Breve Historia del cine americano), influyendo incluso en las realizaciones en que participaba, como en El tercer hombre (Carol Reed, 1949)

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