Día de lluvia en New York. Woody Allen. Crítica.




WOODY ALLEN ATRAPADO EN EL TIEMPO


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Crítica:


La última película de Woody Allen produce, sobre todo decepción, ya que su cine da en los últimos tiempos las mismas vueltas en torno a un eje central que las que recorre un vinilo que repite siempre la misma canción, una melodía diletante a mayor gloria del cineasta, cuyas películas han perdido gran parte de su atractivo cuando el realizador ya no las protagoniza, ni representa en pantalla su hipocondría, sus miedos, sus inseguridades, que conectaban con las nuestras, y es sustituido por una nueva generación, que vive una situación privilegiada y hace gala de una cultura que huele a naftalina, porque no representa a su generación, sino a la de sus abuelos. Esta impresión no la subsana el hecho de que esta nueva generación esté representada por  Timothée Chalamet, que encarnó al joven Elio en la película de Luca Guadagnino, Call Me by Your Name. Aquella era un gran película.

Con su manido y cansino estilo. -música de jazz, soul y temas propios de la época en que Hollywood era la estrella que más brillaba en el firmamento -, una presencia permanente de un narrador en off visual, y unos personajes que hablan sin parar, nos cuenta una historia tonta, que gira en torno a dos jóvenes, -capitolino él, un fashioned llamado Gatsby, con resonancias de los relatos de F. Scott Fitzgerald; provinciana, relamida y vulgar, ella -, que desembocan en New York, ocasión que aprovecha el cineasta (guionista y director) para hacer un recorrido casposo por sus lugares más emblemáticos, recalando en el Museo Metropolitano de Arte de la ciudad, un recorrido subrayado por comentarios pretendidamente eruditos, un gusto por la época impresionista, con telas enmarcadas en barrocas estructuras de madera dorada, que se extienden por los salones de una clase media-alta neoyorquina con un gusto más que bizarro, reservando un giro que podríamos calificar de marciano para poner fin a una historia en la que se exhiben las diferencias entre el hombre culto de ciudad y la resabida joven de la Norteamérica 'vaciada'. Una rotunda decepción.

Gatsby se muestra en todo momento como el muñeco que mueve el ventriloquo Allen, que reproduce sus gestos, su aparente timidez, y su perfil de joven que no encuentra su camino, que no cuadra en ninguna Universidad, viajando de las más prestigiosas a las más modestas, y que define a los músicos que antes habitaban en el Soho ahora gentrificado, como aquellos que van emigrando de barrio en barrio hasta acabar en casa de sus padres. Este no es el caso de Gatsby ni de sus amigos, que se pueden permitir el lujo de disponer de grandes y costosas cámaras para hacer sus propias películas; no da la impresión de que la presentación de esta realidad suponga una visión crítica de la depresión que hace estragos en la sociedad norteamericana, sino de que disfruta presentando un mundo pretendidamente agradable, mediante una feel good movie que acaba aburriendo a su público, a pesar de disfrutar de un elenco de lujo en el que figuran, además de los protagonistas, actores secundarios como Jude Law, Liev Schreiber o Rebeca Hall.

Un film que busca la complacencia de una clase media americana y europea, que todavía no ha caído en la cuenta de que el mundo camina en dirección opuesta a esta posición autocomplaciente y diletante, que ha dejado sin respuesta a los participantes de una sesión de cine-club que se celebra en la multisalas Lys de Valencia, sencillamente porque nadie tenía nada que decir, unos espectadores epatados por un cine indie muermo, que parece dar la razón a Pedro Vallin, periodista de 'La Vanguardia',  en su último libro 'Me cago en Godard!

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