Secuela de El diablo se viste de Prada. David Frankel.
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Del lenguaje visual al 'brilli-brilli': El vacío de la secuela de El diablo se viste de Prada
Referencia:
Ficha Técnica
Título: El diablo se viste de Prada 2 (Estreno en Disney+)
Dirección: David Frankel
Reparto: Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci.
Género: Comedia dramática / Moda.
El reciente estreno en Disney+ de la segunda parte de El diablo se viste de Prada nos deja una amarga certeza: a veces, el dinero y la ostentación no bastan para sostener el cine. David Frankel regresa con el mismo reparto estelar —unos actores visiblemente más maduros pero con el mismo talento intacto— para firmar una propuesta donde el relato se diluye por completo. Ya no hay subtexto ni crítica; solo queda la exposición escandalosa de riqueza, vestidos de alta costura y un «brilli-brilli» neoyorquino que asume que el estatus económico es lo único que cuenta.
Para quienes analizamos el cine desde la teoría crítica y los seminarios feministas impulsados en las academias norteamericanas, el chasco es doble. En la primera entrega, Frankel manejaba con absoluta precisión las dinámicas de la mirada (male gaze) y los conceptos que investigadoras como Laura Mulvey definieron teóricamente. Ya en su momento, al analizar Femme Fatale de Brian de Palma, explicaba cómo el uso de «partes del cuerpo fragmentadas» proyectadas a cámara lenta rompe la ilusión de profundidad para convertir a la mujer en un icono o recortable, donde la figura masculina ejerce la escoptofilia fetichista y el voyeurismo.
En la primera El diablo se viste de Prada, Frankel hacía gala de este mismo uso del lenguaje cinematográfico. Cómo olvidar la icónica escena de la transformación de Andrea Sachs (Anne Hathaway): su salida del metro, la cámara encuadrando esos enormes tacones golpeando el pavimento y el despliegue visual aprovechando la fisonomía de la actriz. Había una intención clara en fragmentar el cuerpo para escenificar la métrica del esteticismo y la adaptación de la mujer a la norma social del espacio laboral dominado por el patrón patriarcal.
En esta segunda entrega, sin embargo, esa riqueza narrativa desaparece. La fragmentación ya no sirve para criticar el modelo, sino para exhibir marcas; el vestuario pasa de ser una herramienta de subordinación a un simple catálogo publicitario.
La realidad, como de costumbre, acaba imitando a este tipo de dinámicas. Imposible no recordar cuando la entonces alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, organizó una fiesta de Prada en el emblemático Mercado Central: un evento de caras marcas donde, significativamente, ni a la propia alcaldesa le permitieron el acceso a la sala reservada donde se reunían las élites que verdaderamente dominan ese mundillo.
David Frankel ha malgastado a un reparto brillante en una película que renuncia al discurso para quedarse en la superficie. Frente a la vacuidad de esta secuela, nos queda al menos el consuelo de volver a la primera entrega y confirmar que, cuando el cine quiere, sabe retratar a la perfección las trampas del poder y del esteticismo.
Nota de la autora / Colaboración:
Este artículo ha sido desarrollado y editado en colaboración con mi asistente Sileno, articulando la revisión crítica del filme con los marcos teóricos de los seminarios feministas y la teoría cinematográfica de Laura Mulvey.
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Ficha y Estreno:
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Rita Barberá,Fiesta Prada Valencia,Desempoderamiento,Estilo de vida neoyorquino.



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