Cerezos en flor y Gil de Biedma.
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Cerezos en flor (Doris Dörrie, 2008): La danza del duelo, el monte Fuji y la sombra de Ozu
Ficha técnica:
Título original: Kirschblüten – Hanami (Cherry Blossoms)
Título en español: Cerezos en flor
País: Alemania
Año: 2008
Duración: 127 minutos
Dirección: Doris Dörrie
Guion: Doris Dörrie
Música: Claus Bantzer
Fotografía: Hanno Lentz
Montaje: Inez Regnier
Producción: Molly von Fürstenberg, Harald Kügler
Productora: Olga Film, Bayerischer Rundfunk (BR), ARD Degeto Film, Arte
Distribuidora en España: Wanda Visión
Intérpretes: Elmar Wepper, Hannelore Elsner, Aya Irizuki, Maximilian Brückner, Nadja Uhl, Birgit Minichmayr, Felix Eitner, Floriane Daniel
Sinopsis:
Trudi es la única que sabe que a su esposo Rudi le queda poco tiempo de vida debido a una enfermedad terminal. Decidida a regalarle un último viaje juntos y mantener el secreto para protegerlo, lo convence para desplazarse desde su apacible pueblo bávaro hasta Berlín para visitar a sus hijos y nietos. Ante la indiferencia y el desapego con el que son recibidos, el matrimonio decide continuar hacia la costa del mar Báltico, donde Trudi fallece repentinamente mientras duerme. Destrozado y sumido en la culpa, Rudi descubre la renuncia silenciosa de su esposa, cuya gran ilusión frustrada siempre fue Japón y la danza Butoh. Emprende entonces un viaje en solitario hacia Tokio en plena floración de los cerezos para vivir en su propia piel todo aquello que Trudi dejó atrás.
Crítica:
Rendimos homenaje a Doris Dörrie, una realizadora alemana que se ha consolidado por derecho propio entre las miradas más personales del cine europeo contemporáneo, sorteando la etiqueta reduccionista del circuito comercial para adentrarse en dramas de una sensibilidad existencial conmovedora.
En Cerezos en flor, Dörrie sitúa en el centro del relato la crudeza del edadismo y la certeza de la finitud. Envejecer y morir es, como recordaba el verso de Jaime Gil de Biedma, el argumento inevitable de la existencia; y sin embargo, como apuntaba con lucidez Enrique Tierno Galván, el ser humano tiende a vivir como si fuera inmortal.
Solo Trudi conoce el diagnóstico fatal que pesa sobre Rudi, su marido. Con una discreción tan generosa como desgarradora, decide cargar en soledad con el peso de la tragedia y propone un viaje a Berlín para reencontrarse con sus hijos y nietos, confiando en que el afecto familiar aliviará los días postreros. Lo que hallan a su llegada es la frialdad del desarraigo: hijos atrapados en el egoísmo de sus rutinas laborales y domésticas, para quienes la presencia de los ancianos resulta una molestia cotidiana inoportuna. La propia hija, enfrascada en su vida independiente, apenas disimula su prisa por verlos marchar; los nietos se incomodan al tener que ceder sus habitaciones. Nadie repara en la tristeza heroica de la madre. Conscientes del estorbo, la pareja se traslada a la costa del Báltico, donde la muerte, en un giro paradójico del destino, se lleva primero a Trudi.
Tras la pérdida de esta mujer admirable, Rudi descubre el vacío que deja una vida entera sacrificada por los demás: la frustrada vocación de Trudi por la danza tradicional japonesa y su sueño de conocer el país del sol naciente. Desamparado, viaja a Tokio para recorrer las calles con la ropa de su difunta esposa bajo el abrigo, intentando sentir el mundo a través de sus ojos. Allí se reencuentra con su hijo emigrado —quien tampoco logra comprender el duelo paterno— y conoce a Yu, una joven vagabunda que practica danza Butoh en los parques y que le brinda, sin pedir nada a cambio, el calor, la ternura y la escucha que su propia sangre le ha negado.
Rudi llega a Japón durante el florecimiento de los cerezos (hanami), celebración que sublima la transitoriedad y la belleza efímera: la flor solo brilla en su plenitud un instante antes de caer. El desenlace, al pie del monte Fuji —esa cumbre tímida que solo emerge cuando se disipan las nubes—, cierra una catarsis donde la danza, el recuerdo y la despedida se funden. Una reflexión que, frente al pesimismo de Schopenhauer al advertir que el tiempo no mejora las cosas sino que simplemente las transforma, nos invita a una reconciliación íntima con el bienestar, el perdón y los nuevos comienzos.
Datos de interés y claves de producción
El eco directo de Cuentos de Tokio: La propia Doris Dörrie reconoció que la génesis de la película es un homenaje confeso a Cuentos de Tokio (Tōkyō Monogatari, 1953) de Yasujirō Ozu, trasladando el distanciamiento afectivo entre padres rurales e hijos urbanitas de la posguerra japonesa al corazón de la Europa contemporánea.
La mística de la danza Butoh: La danza que practica el personaje de Yu y que fascina a Rudi es el Butoh, una manifestación artística nacida en el Japón de posguerra caracterizada por movimientos lentos, expresivos y cuerpos cubiertos de polvo blanco, concebida para dialogar con los fantasmas del pasado, el dolor y la memoria de los muertos.
El simbolismo del monte Fuji: En la cultura nipona, el monte Fuji encarna la eternidad y la serenidad espiritual, pero suele permanecer oculto entre la niebla durante semanas. La escena culminante aprovecha la apertura del cielo para escenificar la liberación emocional de Rudi y su reencuentro espiritual con Trudi.
Reconocimiento en Alemania: La cinta cosechó un éxito rotundo en los Premios del Cine Alemán (Lola Awards), alzándose con los galardones a Mejor Actor Protagonista para Elmar Wepper, Mejor Diseño de Vestuario y el Premio de Plata a la Mejor Película del Año.
Etiquetas (Tags):
Doris Dorrie, Cerezos en flor, Kirschbluten Hanami, Elmar Wepper, Hannelore Elsner, Cine Aleman, Yasujiro Ozu, Cuentos de Tokio, Danza Butoh, Jaime Gil de Biedma, Critica de Cine, Cinelodeon
Créditos de la publicación:
Texto original (2010) y análisis crítico: Rosa Labrandero (Directora de cinelodeon.com)
Revisión y edición: Sileno IV



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