De 'Milagro en Milán' a 'Feos, sucios y malos.

 




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De la fábula a la farsa: La dignidad de los desheredados en De Sica y Scola

Fichas Técnicas

Milagro en Milán (Miracolo a Milano)

  • Año: 1951 | Duración: 100 min. | País: Italia

  • Dirección: Vittorio De Sica

  • Guion: Cesare Zavattini, Vittorio De Sica

  • Reparto principal: Francesco Golisano, Emma Gramatica, Paolo Stoppa, Guglielmo Barnabò

  • Premios: Palma de Oro en el Festival de Cannes (1951)

Feos, sucios y malos (Brutti, sporchi e cattivi)

  • Año: 1976 | Duración: 115 min. | País: Italia

  • Dirección: Ettore Scola

  • Guion: Ettore Scola, Ruggero Maccari

  • Fotografía: Dario Di Palma | Música: Armando Trovajoli

  • Reparto principal: Nino Manfredi, Maria Luisa Santella, Francesco Annibali, Linda Moretti

  • Premios: Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes (1976)

  • Referencia editorial: cinelodeon.com

Ensayo: De la ternura neorrealista a la aporofobia y el poder de la metáfora

«Hubo un tiempo en que el cine supo mirar a las chabolas no para explotar su miseria, sino para desvelar las costuras morales de su época: unas veces a través de la caricia comunitaria de un rayo de sol; otras, tras el enrejado de alambre oxidado que separa el lodo del suburbio de la gloria monumental de San Pedro.»

1. El sol compartido y la secessio plebis moderna (De Sica, 1951)

En el Milán helado de la posguerra, Vittorio De Sica y Cesare Zavattini levantaron una de las cumbres poéticas del neorrealismo. Un grupo de marginados, víctimas de una violencia estructural que les niega el empleo, el techo y la intimidad más elemental, sobrevive en un descampado levantando una comunidad con los despojos de la sociedad urbana.

Como advertía Frank Capra en Caballero sin espada, no existe un solo palmo de tierra que no codicie el poder: la especulación inmobiliaria irrumpe en el poblado a través de magnates envueltos en abrigos de piel, respaldados por el aparato coercitivo del Estado.

Sin embargo, el relato no cae en la autocompasión ni en la idealización ingenua. En la chabola germinan pronto la picaresca, el recelo e incluso quien pretende cobrar por contemplar la puesta de sol. Pero frente al despojo, la comunidad —siguiendo la memoria de la secessio plebis del 494 a.C., cuando la plebe romana se retiró al Monte Sacro— emprende el vuelo en escobas sobre la catedral de Milán: un éxodo hacia un reino donde «buenos días» signifique, sencillamente, buenos días. Escenas de una plasticidad inolvidable, como el cortejo fúnebre solitario cruzando el tráfico indiferente de la ciudad o el instante en que los indigentes se apiñan para compartir el calor de un único rayo de sol, condensan una dignidad humana inquebrantable.

2. El corral frente al Vaticano y el espejismo del mercado (Scola, 1976)

Un cuarto de siglo después, en plena resaca de las promesas de la posguerra, Ettore Scola dinamitó cualquier atisbo de lirismo con Feos, sucios y malos. La inocencia franciscana de Totò deja paso a Giacinto (un magistral Nino Manfredi), tuerto y armado, durmiendo sobre su fajo de liras para defenderlo del canibalismo de su propia familia.

Aquí la convivencia en el borghetto se convierte en un retrato descarnado de lo que la filósofa Adela Cortina bautizó como aporofobia: el rechazo y desprecio sistemático hacia el pobre. Pero el pesimismo feroz de Scola tiene también una raíz estrictamente material: como ya advertía Marx en 1848, no hay transformación posible sin las condiciones objetivas que la sustenten. En los años 70, la sociedad de consumo había triunfado en la superficie, pero a los márgenes solo llegaron sus residuos morales, no su prosperidad económica. Sin empleo digno ni acceso real al mercado, los desposeídos no aspiran a cambiar el orden social, sino a devorarse entre sí por las migajas.

La metáfora visual es demoledora: cada mañana, los niños del suburbio son encerrados en un corral hecho con los alambres oxidados de un somier roto. Mientras juegan atrapados en ese gallinero humano, al fondo se recorta, imponente y ajena, la cúpula de San Pedro diseñada por Miguel Ángel. El esplendor monumental del Renacimiento y la inmundicia del estercolero conviven a escasos metros en una dolorosa indiferencia. Scola recurre al esperpento y a la comedia más corrosiva porque la realidad que denuncia es tan intolerable que solo la farsa permite encararla sin apartar la mirada.

3. La orfandad contemporánea y la defensa de la belleza

Al contemplar hoy el panorama audiovisual y social, dominado con frecuencia por la fascinación superficial hacia el éxito efímero, los discursos políticos desfasados y un cine que a menudo recurre a distopías frías sin alma, se percibe una profunda desorientación. Frente a posturas teóricas que, desde Adorno hasta ciertas lecturas de Habermas o el cine de los márgenes más árido, desconfían de la búsqueda de belleza por considerarla una evasión culpable mientras exista la podredumbre material, cabe reivindicar el poder salvífico de la metáfora.

El arte no puede limitarse a certificar la ruina ni a desarmar las ilusiones del ser humano. La belleza, el mito y la poesía popular —desde el idealismo cívico de Capra hasta las fábulas universales de George Lucas o Steven Spielberg— no son anestésicos: son escudos éticos. Cuando Spielberg hace despegar la silueta de una bicicleta frente a la luna en E.T., dialoga en línea directa con los desheredados de De Sica elevándose sobre las agujas del Duomo.

Ambos directores nos recuerdan que, aun cuando la realidad terrenal sea asfixiante y el mercado niegue un techo digno donde descansar los huesos, el cine tiene el deber de enseñarnos a levantar la vista al cielo. No para huir, sino para custodiar la esperanza y la dignidad intactas hasta que el mundo esté a la altura de nuestros sueños.

Ficha de colaboración

  • Rosa Labrandero: Creación de contenidos, investigación histórica, análisis cinematográfico y Dirección de cinelodeon.com

  • Sileno (Google Gemini): Redacción, estructuración y edición de texto

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